viernes, 25 de julio de 2008

Un acercamiento al intrigante ‘otro yo’ de Pablo Ramos

Pablo Ramos creó a Gabriel para que fuera su alter ego literario, ese personaje a través del cual cuenta lo que tiene en su alma.
Gabriel, el muchacho de la vida dura, llena de golpes y de caídas, ese que sigue viviendo a pesar de todo, es el protagonista de El origen de la tristeza y La ley de la ferocidad, novelas que el escritor argentino presentó esta semana en Bogotá.
En la primera, Ramos le da a un Gabriel adolescente un mundo complicado, lleno de miedo y violencia, en el que debe sobrevivir y sobretodo crecer.
En La ley de la ferocidad, el muchacho ya es todo un hombre que escribe para sacarse la rabia, estando borracho o drogado, o después de sus encuentros fortuitos con amantes de turno.
Ramos, el titiritero tras bambalinas, nació en 1966. Antes de ser narrador escribió poesía, y ahora desconfía de los escritores que nunca escribieron versos.
En su libro de poemas lo Pasado pisado –malos poemas según confiesa-, Gabriel respiró por primera vez para luego saltar a una historia de largo aliento, que además de las dos novelas que presentó en Colombia, se narra en un par de volúmenes más.
Uno de ellos, ya terminado, describe la muerte del personaje a los 74 años, el otro, cuenta la historia desde su punto de vista de su madre.
El argentino, un hombre que habla sin afanes, asegura que le dio vida a Gabriel, como una instancia para que el lector llegue a él como escritor.
“Creé ese personaje para poner un velo, un poco de pudor, entre el lector y Pablo Ramos, porque de alguna manera estoy hablando de mí”, dijo el escritor en conversación con El PERIÓDICO.
Y es que la de Gabriel, según explica el argentino, es su historia, no al pie de la letra, pero sí en esencia.
“Con los escombros de mi vida construí los ladrillos de mi literatura -dice emulando a Sartre- Nadie podría encontrar en los libros detalles de mi vida privada, pero sí un mapa de mi alma, las vivencias de mi realidad, puesta en un mecanismo de ficción, en una mentira enorme que trata de hablar de una verdad más profunda”.
Esa realidad podría definirse como una fotocopia de una fotocopia de la vida de Pablo Ramos, a través de la cual se exorciza, saca todo aquello que lo atormentó en una vida ligada a las drogas y a los desatinos. “Me parece interesante tomar un personaje, llevarlo y explotarlo al máximo.
El objeto de mi literatura y de mi preocupación es el fenómeno humano. Escribiendo desde el personaje puedo llegar a explorar ese tema.
No el ser humano como objeto, sino como fenómeno que se desarrolla y se manifiesta”, asegura el autor refiriéndose a Gabriel, quien además de ser el centro de cuatro novelas, aparecerá de pasada en una novela que corte policial.
A estas alturas resultaría un sacrilegio que el personaje hubiera sido bautizado al azar por Ramos. “Gabriel Alejandro es el nombre de mi hermano, la persona más sensible y hermosa que dio la humanidad, y que no para de meterse droga, y que no puedo ayudar. No puedo hacer nada”.

Mi video con la película de la operación de Jaque (Publicada el mismo día que la columna de Daniel Samper sobre el mismo tema)

Ahora resulta que la mentadísima operación Jaque será llevada al cine. Son como 10 los estudios interesados en la historia, definitivamente muy acorde a los principios hollywoodenses de la sensatez y proporcionalidad: varios militares que se hacen pasar por miembros de una misión humanitaria para rescatar a 15 secuestrados, con un final muy feliz.
Lejos de los no pocos cuestionamientos que despertó la maniobra militar, la idea de ver a Ingrid y compañía -aunque sean representados por actores- en la pantalla grande, causa ilusión y a la vez, como nos sucede casi siempre, algo de temor.
Quiero aprovechar, como colombiano común y corriente, para pedir desde ya algunos favores a aquellos que sean escogidos para rodar la cinta.
Para empezar, de por Dios, que la película sea en español. Me pasa un frío por la espalda sólo con imaginarme al actor que represente al teniente Raimundo Malagón diciendo en la escena en la que los secuestrados suben al helicóptero en medio de la selva, “I’m the lieuteniant Malagon, of the glorious Colombia’s National Army, kidnapped for multiple factors” (“Yo soy el teniente Malagón del glorioso Ejército Nacional de Colombia, secuestrado por múltiples factores”). Peor resulta hacerme una imagen del sargento José Ricardo Marulanda, ya en Catam, gritando emotivamente “Welcome to the freedom!” (“¡Bienvenido a la libertad!”).
Sigo. En segundo lugar quisiera rogar que, en lo posible, les den la oportunidad a actores colombianos de representar a colombianos. Lo que pasa es que me incomoda ver siempre a mexicanos encarnando a mis compatriotas en el cine en películas como ‘Riesgo en el aire’ de Nicolas Cage. No todos tenemos dientes de oro, ni somos tuertos, ni usamos mostacho.
Desearía también que en las escenas de la película en las que se haga referencia a Bogotá, la capital no sea representada como una ciudad repleta de palmeras, sin semáforos o puentes, en la que las gallinas pululan en las esquinas, y que los bogotanos no seamos mexicanos tropicales en guayabera y pantalón blanco que cargan bazucas en el pantalón, como en Señor y señora Smith, la peli de la Jolie y Pitt.
Por favor, no les cambien el nombre a los personajes. Que Ingrid Betancourt no se convierta en Sharon Williams. No permitan que el sargento Erasmo Romero se llame Mark Woolf o Sthephen McCain. Eso es fundamental, no lo olviden.
Sé que una de las imágenes recurrentes en Hollywood es la del ‘súperpresidente’. En Air Force One, Harrison Ford se metió en los zapatos de James Marshall, mandatario de Estados Unidos, quien en uno de sus viajes es secuestrado por un grupo de rusos. Pues Marshall se agarra a golpes con los malos y los mata a casi todos. ¿Sería mucho pedir que en la película al presidente Uribe -por favor, que no se llame Charles Reeves- no le dé por hacer parte activa de la operación Jaque, disfrazándose de militar para ser una suerte de Rambo?
Les agradezco tomar nota de estos sencillos puntos aunque sinceramente creo que los pasarán por alto.

Conversaciones con Alberto Salcedo Ramos

Salcedo, autor de los libros De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas y El oro y la oscuridad -un confrontante retrato de Kid Pambelé-, y colaborador habitual de las revistas El Malpensante y Soho, es uno de los más de cuarenta periodistas que se reunirán desde hoy en el encuentro ‘Los nuevos cronistas de Indias’, que hace parte de la programación de la Feria del Libro.
Junto al colombiano, figuras de la talla del mexicano Juan Villoro, el argentino Martín Caparrós, el peruano Julio Villanueva Chang, el chileno Juan Pablo Meneses y la venezolana Sandra Lafuente, conversarán de su oficio ante el público capitalino, en uno de los eventos más importantes de la feria.
Fue precisamente entorno a la crónica y al cronista que EL PERIÓDICO conversó con Salcedo Ramos, a vísperas de su participación en el encuentro.
¿Cuáles son esas características fundamentales que debe tener un buen cronista?
Yo siempre les he huido a las fórmulas.
Sin embargo, si me pones una soga al borde del cuello y me obligas a citar algunas virtudes necesarias, te hablaría, en primer lugar, de la sagacidad en la mirada, de la necesidad de tener una voz propia para nombrar el mundo que se va a contar.
También mencionaría una cualidad de la que casi nadie habla: la paciencia.
Hay que estar en el lugar de nuestra historia tanto tiempo como sea posible, para conocer mejor la realidad que vamos a narrar.
La realidad es como una dama esquiva que se resiste a entregarse en los primeros encuentros.
Por eso suele esconderse ante los ojos de los impacientes. Hay que seducirla, darle argumentos para que nos haga un guiño.
Alfred Hitchcock decía que el “cine es como la vida pero sin los momentos aburridos”. Yo le robo siempre esa frase para definir la crónica.
Muchos de los más importantes cronistas del continente están presentes en el encuentro ¿qué opinión le merecen?
Es una maravilla estar en el mismo espacio con cronistas a los que admiro tanto. Estar con ellos en el mismo sitio, hablando del oficio, es algo bonito, algo grato.
Y asustador, también. Muchos de ellos son cronistas que están ya en su punto más alto de producción.
Han alcanzado lo que podría llamarse sin ningún titubeo el estadio de la maestría.
Por ejemplo, Caparrós, Villoro, Leila Guerriero y Villanueva Chang, ya son maestros de la crónica.
¿Y usted en qué nivel está?
Me queda complicado decirlo a mí mismo, pero sé que haré mejores trabajos de los que he hecho hasta ahora.
El espacio que había para las crónicas ha tendido a desaparecer en los periódicos, y han surgido muchas revistas que se especializan en el género ¿qué piensa de esta marginación de los diarios?
Pienso que hay miopía de parte de los editores.
En algún momento de nuestra historia reciente se puso a circular el rumor de que la crónica “no vende”. Muchos compraron esa idea, y dejaron de darle al género el espacio que necesita para contar el país.
Juan José Hoyos, un maestro del periodismo al que admiro y quiero, contaba que para publicar sus crónicas tenía que mandarlas al periódico los jueves, porque ese día los editores jugaban golf y entonces no había nadie que se las rechazara.
Me gustaría ver más crónicas en los periódicos, no como reemplazo de las noticias, que siguen siendo indispensables, sino como complemento de ellas.
¿Para qué sirve la crónica?
Para ponerle rostro humano a los hechos y para convertir la información en memoria.
La crónica es un género periodístico para narrar temas esenciales del ser humano, para narrarlos e interpretarlos.
Julio Villanueva Chang cree que el buen cronista es un traductor de significados profundos. Me gusta esa manera de ver el tema.
Un buen cronista debe ser, de entrada, un reportero diligente. Una persona que se unte de barro, que se sumerja en ríos, que haga su trabajo de manera humilde para interactuar con la realidad.
No me gusta el cronista que está lejos, en un espacio cerrado, creyendo que él es muy inteligente y muy listo, y que por eso, desde su cubículo intocable va a comprender el mundo y a revelarlo ante nuestros ojos.
Me gusta el cronista que no pierde las ganas de andar a pie y de escuchar a la gente.
¿Cuál ha sido su crónica más sufrida?
Estoy escribiendo sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia. Recorrer esa zona minada y hablar con la gente fue una experiencia dura.
Pero en general te podría decir que la palabra sufrimiento no figura en mi diccionario para describir un oficio que me apasiona, como es este de contar historias.
Recomiende una crónica que todo cronista debería leer.
‘Cosas que escuché en La Habana’, de Juan Villoro. Un compendio de inteligencia, de sagacidad, de observación, de sensibilidad, de belleza, de humor.
La recomiendo por todo eso.
¿Y en Colombia?
‘Un fin de semana con Pablo Escobar’, de Juan José Hoyos.

Opinión: No coja el cine colombiano a patadas

Imagínese esto. En los últimos meses usted ha dedicado todo su tiempo a pintar un cuadro. Ha pensado cuadro, comido cuadro y dormido cuadro, por días y días. Se ha gastado sus últimos centavos en el lienzo, pinturas, pinceles y demás.
Incluso ha vendido su reloj para sustentar los gastos que conlleva el pintar un cuadro.
Finalmente y después de dejar el alma en el proyecto, el cuadro está terminado. Es suyo. Es lo que pensó.
Es una obra de arte que nació hace mucho de una idea pequeña y que fue madurando a base de esfuerzo y trabajo.
En cada pincelada usted, el pintor, puso toda su pasión. Cuando los trazos no iban de acuerdo al plan usted se preocupó y se quemó las pestañas componiendo el camino.
Pero ya todo pasó y tiene en frente su obra.
Para celebrar decide ir a la cocina a tomarse un café y cuando regresa cinco tipos están acabando el cuadro a patadas y usted no puede hacer nada.
Son muchos y no hay forma de detenerlos. Lo único que puede hacer es, con lágrimas en los ojos, ver cómo estos personajes acaban en dos minutos con su sueño.
Pues el pintor es el equipo de producción de la película colombiana ‘Perro come perro’ que lleva casi un mes viendo como la gente que compra películas piratas le acaba el cuadro a patadas.
Y es que es muy fácil conseguir una copia de la cinta en país plagado de piratas.
Incluso he escuchado de gente a la que le han ofrecido ‘Perro come perro’ por mil pesos.
Señores, eso no costó ni el sánduche que se le dio a un extra durante el rodaje. Con mil pesos uno compra una gaseosa y una menta, listo.
El trabajo y el sacrificio de varios años de un grupo de personas que quieren que este país haya industria cinematográfica, queda reducido a ‘pinches’ mil pesos.
De verdad que eso no tiene ninguna justificación. Muchos piensan que el director y compañía se van a enriquecer si la gente va a las salas a ver la película. Qué va. Muchas veces con esa plata ni siquiera se recupera la inversión.
Yo hablé con Carlos Moreno, director de la película, a finales de 2007, cuando se supo que ésta iba a estar en el Festival de Sundance.
Ese día, después de ver el filme, con el orgullo del que ve al hijo izando bandera, Moreno me contó cómo ‘Perro come perro’ era un sueño que había nacido cuando él y varios de sus colaboradores estaban en la universidad.
A la falta de plata le pudo el talento, le pudieron las ganas y la película se hizo realidad.
Después vinieron los tipos a desbaratar el cuadro a patadas.
Si a usted le duele un rayoncito en la puerta del carro que compró ‘apretándose el cinturón’, imagínese lo que pudieron sentir el equipo de producción y el grupo de actores de ‘Perro come perro’ al enterarse de que se habían robado la película para venderla en los semáforos y sanandresitos.
Eso pasa todos los días y por eso nuestra industria no crece.
Hoy es ‘el perro’ que ha dejado muy en alto el nombre del país en varios festivales del mundo, mañana podría ser cualquier otra película colombiana.
Le propongo algo: si no ha visto la película vaya a cine y disfrútela.
Acuérdese de que los martes, y todos los días antes de las 3 de la tarde y después de las 10 de la noche, la boleta es más barata.
Si la compró pirata, nada, a lo hecho pecho.
Coja ese DVD que ‘huele a picho’ y bótelo, y después vaya a cine y vea ‘Pero come perro’, como toca, porque a nadie le gusta que le desbaraten el cuadro a patadas. No coja el cuadro de Moreno a patadas.

Opinión: Escritores o escribidores: cuestiones semánticas

Es sencillo: uno puede creerse el cuento de ser un escritor mientras la gente se ríe de semejante disparate. Si bien en cierto que el quiera puede escribir lo que se le dé la gana y publicarlo cuando se le dé la gana, esto no quiere decir que eso inmediatamente conceda el estatus de ‘escritor’.
De ninguna manera.
Eso es algo que se gana a pulso, con trabajo, y sobre todo, con talento. No hay otro camino, y aunque mucha gente lo tiene claro, otra tanta se obstina en seguir ‘prostituyendo’ este oficio.
‘Ilustradora/filósofa/escritora’: de esa manera se presenta en un blog una jovencita que está haciendo el deber de tener un proyecto literario, pero que hasta ahora está arrancando.
Es esa actitud la que propicia que mucha gente con talento para llegar a ser alguien en el mundo de las letras se frustre para siempre, es esa actitud la que llena de malos libros las librerías y es esa actitud la que concibe miles y miles de seudo bohemios/seudo mamertos, que no creen en nadie porque se ven como la reencarnación de Borges o Cortázar. No, no y no. Así no funcionan las cosas.
No es suficiente con publicar un cuento en Internet, para poder estar gritando a diestra y a siniestra que uno es escritor, tiene mucho mérito, pero no basta.
Después de darle vueltas en la cabeza creo que identifiqué el foco de este mal endémico.
La ignorancia rampante es la que genera esta situación. Muchos prospectos de escritores se conforman con tener modelos literarios muy básicos, a los que finalmente es muy fácil aproximarse y como consecuencia caen en la trampa de creerse maestros de las letras.
Leyendo a autores de ‘media petaca’ se llega a ser un escritor de ‘media petaca’ o lo que muchos han preferido llamar ‘escribidor’.
Quiénes prefieren leer grandes autores tienen claro que lo que hacen dista mucho de lo que puede considerarse literatura. Ese ejercicio genera la conciencia de que hay que trabajar muy duro para pulirse.
De eso da fe uno de los más grandes autores que ha parido este planeta: el excéntrico Truman Capote. El estadounidense se refirió a su vocación como escritor en el prólogo de Música para camaleones.
“Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal” escribió.
No tengo nada más que decir.