viernes, 9 de mayo de 2008

Cuento: A eso quedé reducido

Iba leyendo a Bolaño. Con el tiempo, y a fuerza de costumbre perfeccioné mi técnica para leer de píe dentro de un Transmilenio en movimiento y lleno de gente. Al principio costó algo de trabajo mantener el equilibrio sosteniendo el libro con ambas manos. La postura de un píe adelante y otro atrás, separados formando una suerte de arco, y procurando recostarme contra la puerta, o a una de la varillas de sujeción, o a cualquier cosa -o persona-, se hizo natural, instintiva. Iba leyendo a Bolaño, Llamadas telefónicas, Sensini. Una vez me monté en el gusano gigante -detrás de mí entró una horda que en un segundo me tiró contra la ventana-, me puse en posición, y sin mirar saqué de la maleta a Bolaño. El libro púrpura estaba nuevo. Me lo prestó Juaco. Lo compró esa tarde y yo lo destapé. Me lo dio en la universidad cuando le conté que por la mañana había terminado el de Borges. Estrénese este, dijo Juaco sacando Llamadas telefónicas de una bolsa. Tiene ocho días mientras yo termino el que estoy leyendo. No conocía al tal Bolaño pero lo recibí de buena gana, el Juaco tiene muy buen gusto. Iba para mi casa a ver una película, o a leer, o a dormir, o a aburrirme como todos los viernes, daba igual. El bus se movía intermitentemente, y en cada parada se embutía más gente quejumbrosa. El frenón más fuerte hizo que una señora me clavara el codo en las costillas, entonces me acordé de la vez que un tipo también me clavó el codo en las costillas jugando fútbol y de cómo mi primo le rompió la cara de un coñazo por eso. También me acordé de la vez en que mi primo, unos amigos y yo fuimos a escalar. Ese día se me rayó el reloj con una piedra, el que me costó cincuenta mil pesos en San Andresito. Hice cuentas mentalmente y cincuenta mil pesos era lo que tenía entre lo que había ahorrado esa semana y la plata que me dio Marcela por haberle hecho el ensayo de Unamuno, lo suficiente como para comprarme uno o dos libros y comer algo en Unicentro. Cerré el libro de Bolaño, y con trabajos me bajé en la siguiente estación, la de la 127.

No tenía afán así que caminé despacio hasta Unicentro pensando en el reloj que dañé escalando -cómo me gustaba-, en un idiota que llevaba el radio del carro a todo volumen, al punto que el chis-pum se nos metía en el pecho a todos los que íbamos por la acera, y en lo bonito que sería ir, desmontar el radio y bailar chis-pum encima de él. No te rayes, hubiera dicho Sofía si todavía estuviéramos saliendo. Y por algún tiempo -el que estuve con Sofía- no me rayé por nada, hasta que peleamos y volví a rayarme con cierta frecuencia. ¿Qué será de la vida de Sofí?. Unicentro estaba lleno de mocosos de colegio por todos lados. Claro, los viernes siempre es así, ojalá me hubiera acordado. Bueno, quería comprar Pedro Páramo y uno de Cortazar, el que fuera, y comerme un burrito. Antes que nada fui a lavarme las manos, tenerlas sucias me hace sentirlas pesadas como un par de barriles. Fui a la librería y empecé a recorrerla -cuando no hay prisa uno se toma todo el tiempo del mundo para ver libros- con el firme propósito de terminar mi paseo en la sección de Literatura Hispanoamericana en donde Rulfo y Cortazar iban a estar esperándome; después el burrito, pensé. Ya llevaba como veinte minutos leyendo contraportadas de libros cuando Antonio me sacudió de una palmada en la espalda. No nos veíamos desde hacia rato, como dos años, calculo. Toño y yo nos cansamos de hablar en medio de las estanterías de la librería y nos fuimos para el café del centro comercial. Mi plan era volver por los libros, en serio, pero se me embolató el camino, y no sólo ese día. La conversación fue igual que todas, Antonio habló de todo y yo de muy poco. El tipo se había ido a Inglaterra, había vuelto, se compró una moto y la vendió para comprar un carro, y lo vendió para irse para Australia, y terminó con Mariana, y volvieron, pero terminaron otra vez porque ella se fue a vivir a Lima con los papás, y ese día estaba en la librería comprando unos comics cuando me vio. ¿Y usted qué? preguntó, bien, dándole, respondí con simpleza, y es que Toño no es el tipo de persona a la que uno le cuenta que ya no anda con Sofía porque esa vaina no iba para ningún lado y que estaba mamado, o que ha decidido no volver a componer porque sólo sale basura, mucho menos, que uno está seguro de que su destino es estar sólo, porque por alguna razón no se aguanta ninguna vieja. Pero con todo eso quiero a Toño y es mi amigo, no el de hablar, más bien el de ver muy de vez en cuando –preferiblemente por casualidad- para tomarse un café en Unicentro una tarde en la que todo da lo mismo. Menos mal que Antonio está tan ocupado contando sus ires y venires que no se molesta en conocer con detalle los de los demás, así es mejor, prefiero no decir mucho. Me dio gusto hablar con él, me dio gusto encontrármelo, y me dio más gusto que pagara los cafés. Nos vemos en unos cinco años, pensé con algo de nostalgia cuando nos despedimos. De verdad que quiero al Toñito.

El principal problema para que usted no se meta con ninguna vieja es usted mismo, me dijo Juaco un día, es que se pasa de neurótico, con todo respeto, me advirtió, ese ego suyo es el caparazón en el que se esconde cuando lo intimidan, por eso cualquier vieja por bonita -o fea- que sea para usted termina reducida a una pobre bruta con la que no se puede ni hablar, se lo digo por puro cariño, porque los amigos se deben escupir esas vainas en la cara. ¿Por qué no les da una oportunidad? No le estoy diciendo que se las cuadre, pero siempre es bueno tener amigas, además, uno no puede ser sólo profundidad, hay que relajarse, vea que en cualquier momento llega la que le da tres vueltas sin importar lo bruta, y se le devuelve el taponazo.

Toño cogió para la izquierda, yo, por supuesto para la derecha, así tuviera que dar una vuelta larga para volver a la librería. El libro de Cortazar que quería, y ya estaba decidido, era Todos los fuegos el fuego, ese lo leí en el colegio y alguien me lo robó. Era un buen momento para recuperarlo y releerlo. Entré a orinar, luego seguí caminado y cuando pasaba frente a la tienda de discos la vi. Nadie lo notó estoy seguro. A ella seguramente no le hubiera gustado la forma en que la miraba. No, nada de morbo, más bien era un cóctel de miedo y extrañeza el que me estaba tomando. Supongo que a estas alturas es obvio que no fui capaz de quitarle los ojos de encima en un buen rato; me la aprendí de memoria, el cabello, los ojos, la piel, las manos, los labios brillantes, incluso el cuello largo. Debía ser tan alta como yo, pero no se fíen de mi habilidad para calcular esas cosas. Aunque me sonroje, espero que entiendan el que me quede así, debo reconocer que empecé a respirar agitadamente, y que una ansiedad se me metió en el cuerpo repentinamente, como si estuviera esperando una noticia de vida o muerte. Pero yo no era el único que la observaba, ya que sus movimientos, para nada vulgares, aclaro, no le permitían pasar desapercibida. Sin darme cuenta me acerqué hasta que la tuve enfrente, y atrás en tamaño natural, y a mi derecha en un afiche gigante. En la pantalla que tenía delante de mí ella seguía cantando sin parar de bailar. Venga míreme que yo sé cuando usted dice mentiras. No joda, es en serio, mucho imbécil, respóndame algo, ¿en qué momento se volvió tan guevón como para tragarse de una culicagada que vio en un DVD que tenían puesto en una tienda de discos?. No, que pena pero es en serio, usted definitivamente perdió el sentido de las proporciones. ¿Cuántos fue que cumplió? ¿2…?. Por eso, cómo un tipo de veintitantos años que ya terminó una carrera, y que va por la mitad de la segunda, que dizque lee y lee, que no se aguanta “la superficialidad que asfixia a la mayoría de la gente”, sale con una vaina de esas, Benjamín. La perorata de Juaco duró como dos horas. Hablaba y hablaba, y estoy seguro de que quiso darme en la jeta pero se contuvo. Estaba indignado, indignado y preocupado, tal vez más que yo. Bueno tiene que quitarse la pendejada, eso debe ser estrés o algo así. Fresco que yo lo apoyo para que recupere la sensatez y vuelva a ser el mismo de antes, y tranquilo que no le voy a contar a nadie. Lo más importante es que no vuelva a ver ese DVD. Ah, porque ese día me compré el DVD en que el salía Helena. Mi último resguardo de sensatez me lo gasté saliendo de la tienda discos. La vieja aguanta, pero no es para tanto, me dije intentando recordar el camino a la librería. No había dado ni veinte pasos cuando me devolví, compré el DVD, y procurando que nadie me viera, lo guardé en la maleta junto al libro de Bolaño. Con los cinco mil pesos que quedaron pagué unas pilas para el control remoto y me devolví a mi casa. Llegué, saqué el disco de Kill Bill Vol.1 del aparato y puse en el que salía Helena, un concierto que su grupo había dado en Buenos Aires. Lo vi toda la noche, especialmente las partes en las que Helena cantaba. Ella lo hacia bien, no era una cosa salida de lo común, no desbordaba talento, pero lo hacía decentemente. Verla y oírla me estremecía, no exagero, sus movimientos me cortaban el aliento.
Antes de contarle todo a Juaco yo mismo me dije mil o dos mil veces lo mismo que él casi me gritó haciendo un esfuerzo por no salirse de sus casillas. Lo que estaba pasando era una ridiculez descomunal y yo era su único doliente. Claro, luché a brazo partido, y no me resigné hasta el último momento cuando todo estuvo perdido. Eso -me excuso por ser tan genérico cuando me refiero a… a eso, si eso, a haberme casi enamorado de Helena, lo dije esta vez y no pienso repetirlo- me quitó media vida, no soy drástico, así fue. Me caí mal, muy mal, tanto que no quería volver a verme, porque ese no era yo, no, era un tipo que esperó pacientemente un instante de flaqueza, y me sometió con una llave de lucha libre, hasta que finalmente me rendí. Pero repito, di la pelea, traté de sacarme de la cabeza toda esa idiotez y recuperar la cordura, me encerré en el estudio, traté de escaparme a Troya, a Venecia, a París, a Barcelona, incluso a Macondo, pero todo fue en vano, y por las noches, con el cuerpo cansado de nadar contra la corriente, siempre terminaba en los brazos de Helena, es un decir, siempre terminaba frente al televisor viéndola mientras cantaba. Dediqué muchas horas a ver en cámara lenta y a repetir una y otra, y otra y tal vez otra vez sus guiños. A eso quedé reducido. Helena me convirtió en eso, en el campo de batalla de una guerra, en la que fui yo mismo el que puso los muertos -ahora poco a poco se recuperan-. Ella fue la culpable de que me cortara la cabeza y la botara por la ventana.
El día que firmé conmigo mismo las capitulaciones en las que me comprometí a asumir eso como un hombre así pareciera un adolescente, le conté todo a Juaco. Me prometí a mi mismo no cometer más estupideces, y afrontar eso con gallardía, nada de andar por ahí cantando las letras tontas del grupo de Helena, y mucho menos comprando afiches para pegarlos en el cuarto, y menos afiliarse a algún club de fans, eso hubiera sido demasiado. Una cosa era ella, y otra todo ese mundo fashion que la rodeaba. El hecho de ser valiente no significaba perder la dignidad pavoneándose por ahí de la propia miseria, por eso además de Juaco, nadie supo nada de eso. Cuando terminó el semestre, hablo de unas dos semanas después de ese día, todo estaba controlado. Mi vida continuó normal, con la salvedad de que tenía a Helena la mayoría del tiempo en la cabeza. Estaba siempre pendiente del final del noticiero para ver si de pronto ella salía en una entrevista. Creo que ella es un tanto tímida, si yo sé que al verla bailar no parece, pero así es, es de pocas palabras -¿o de pocos sesos?-, eso lo noté tras hacerle un profundo estudio a las respuestas que daba en televisión. Gracias a Dios nunca llegué a coleccionar recortes de prensa, ni a llamar para ganarme la camiseta oficial del grupo, ni cosas de esas que hacen los tarados que se fijan en alguien inalcanzable. Menos mal, porque ya me había rebajado suficiente. Por esos días escribí una canción, obviamente para Helena e irónicamente la mejor en mucho tiempo. No tiene nombre, siempre tengo problemas en esa parte de ponerle título a las cosas, incluso en este momento. Dice algo así como, bueno si tuviera un piano o una guitarra al menos, cantaría ahora mismo una estrofa, pero el pudor me impide hacerlo sin acompañamiento. Dejémoslo en que es una buena canción, por favor. También llené un cuaderno con posibles letras, está bien con ‘poemas’, que resultaron iguales de ridículos a toda la situación. Me gustaba pensar en Helena como mi Beatriz, idealizada cómo mi guía personalizada por el cielo; me servia como atenuante en el tamaño de pendejada que estaba viviendo. Por esos días leí poco, y eso es lo que más vergüenza me da de todo el asunto. Dejé tirados mis pobres libros que siempre han estado ahí, leales, para irme con una vieja. Inclusive me gasté la plata de Rulfo y Cortazar, de Rulfo y Cortazar, en un DVD. Llamadas telefónicas, el de Bolaño, se quedó con el separador en la pagina once hasta que volví a sacarlo para que me hiciera compañía mientras hacía una fila de cómo cinco horas, para comprar una boleta del concierto que iba a dar el grupo de Helena. Aunque yo había prometido conservar mi dignidad y no ceder a los fanatismos, no podía perder la oportunidad de verla, así la cita fuera en el Campín con treinta mil personas alrededor y pocas probabilidades de que me determinara. Lo siento Roberto. En la fila avancé como seis cuentos del libro a pesar de la gritería de los mocosos que también querían comprar su boleta -estaban extasiados ante la posibilidad de ver al grupito ese-, llevaban camisetas, carteles, pulseras y cuanta cosa consiguieron. Yo en cambio estaba ahí movido por un motivo muy noble, mi amor hacia Helena, para mí todo era una cuestión más profunda, visceral si se quiere. Por mí hubiera fumigado a todos esos niñitos a patadas en ese mismo instante. Cómo se puede ir por la vida enganchado a cosas tan tontas. Les decía: en la fila avancé como seis cuentos del libro. Hacia como un mes que no leía nada, y fue como salir de un cuarto en el que se echaron un pedo, casi me sentí como el de antes.

Cuando tuve la boleta en mi mano se me fueron las luces, casi me voy al suelo de la emoción. Para que no se arrugara la boletita la metí entre el libro, me subí en el Transmilenio, y durante todo el recorrido no descuidé la maleta ni un segundo, que tal que me la roboran. Juaco no supo nada del concierto, y así fue mejor, a él le dio muy duro todo este asunto, y apenas ahora está logrando volver a la normalidad. Quedaban menos de ocho días para que viera a Beatriz, esto, a Helena. La espera se tornó en un ¿ya casi llegamos?, ¿ya?, ¿ya casi?, ¿Ma ya casi llegamos?. Por eso tomé la decisión de ir a aeropuerto a recibir a Helena, por supuesto ella no sabía que yo iba estar ahí. Seamos realistas, me dije en el bus que me llevaba a El Dorado, hay muchas posibilidades de que ella me vea y le diga a alguno de sus asistentes que quiere conocerme, de que me lleve a su hotel, de que hablemos toda la noche y de que yo pueda contarle mientras se duerme todos los planes que tengo para nosotros. Tú puedes separarte del grupito ese y empezar a cantar sola mis canciones. Imagínate, yo acompañándote con el piano, le diría. La salida de los vuelos internacionales estaba llena de mocosos, yo claro, hice lo posible para no confundirme con ellos y hacer notoria la diferencia. Ajá, nada de mezclarse. La espera se prolongó y yo poco a poco me puse al frente, donde ella pudiera verme. Cuando apareció por la puerta usaba una gorra, tenía ojeras de cansancio, nada de maquillaje y pantalones anchos, estaba hermosa. Alzó la mirada, yo creo que me estaba buscando. Saludó a la gente, me miró por un instante, y yo con los ojos le dije que la necesitaba, después, siguió hacia una camioneta con vidrios polarizados. En el concierto tendría otra oportunidad. La multitud se dispersó rápidamente, yo preferí ir a orinar antes de irme.

¿Cómo supiste que llegaba hoy? Me preguntó Sofía cuando me la encontré saliendo del aeropuerto con un par de maletas. Ni siquiera me enteré de que te habías ido, respondí, ¿te digo algo?, últimamente he estado pensando mucho en ti.

Cuento: Control + Z

“¿Para quién?”. “Para Camilo, maestro” me dice el muchacho con una emoción que se le derrama por la cara. “Su obra me inspirado mucho”. Las palabras salen con tropiezos acompañadas de una respiración acelerada. “Estar aquí frente a usted, para que me firme uno de sus libros y poder estrechar su mano, es un sueño hecho realidad. Discúlpeme tanta alharaca, pero es que no puedo creer que lo tenga tan cerca”.
¿Maestro? ¿Firma?. “Este libro se ha vendido como ninguno en los últimos años” asegura el hombre que está parado a mi lado, sosteniendo un ejemplar entre sus manos. No puedo ver cómo se llama el libro pero qué importa, es mi libro, y además el mejor vendido en los últimos años. Eso sólo lo podemos hacer los más talentosos narradores. Siempre lo supe. Nunca me cupo la menor duda. Siempre supe que iba a ser uno de los más grandes escritores del país. “En el exterior ya se agotó la primera edición” me recuerda el hombre son una risita de satisfacción.
Qué digo del país, ¡del mundo entero!. “No te distraigas, faltan muchos libros por firmar”. Levanto la mirada. Parece que la librería va a reventar. La fila se enrosca como una culebra, formado un espiral que da varias vueltas dentro del salón. “Cada momento hay más gente. Estamos aquí hace horas y mira todo lo que falta”. Mi mano adormilada de tanto firmar, constata las palabras del hombre. “De aquí vamos a la feria del libro de Guadalajara, y la otra semanatenemos una rueda de prensa en Buenos Aires. Quedan miles de libros por firmar”, recuerda mientras revisa su agenda. No. Su agenda no. Mi agenda. Mi futuro no podía ser otro que este, el reconocimiento a mis facultades. Seguidores, para los que soy un ídolo en esto de las letras, a diestra y siniestra, esperando horas para tener mi autógrafo acompañado de una dedicatoria estándar. Seguramente también doy conferencias, y me invitan a conversatorios para que hable de mi experiencia creativa. Cuántos muchachos deben ver en mí a su maestro. Definitivamente te mereces esto Daniel Ramírez, por tu dedicación, tu esfuerzo, tu tenacidad. Ah. Estoy conmovido, tantos sueños hechos realidad.
Los flashes no paran de destellar, los de los seguidores y los de los periodistas. ¿Ese que está hasta atrás no es Rafael Castro? Claro que es. Todavía sigue trabajando en ese pasquín de dos pesos. Me mira con desdén. Debe ser la envidia, que para variar debe estarle dando una tunda sin tregua. ¿Qué piensa ahora cabrón? ¿Qué piensa? Yo sé que debe estar que se muere, pero qué le vamos a hacer, así son las cosas, y el talento se tiene o no se tiene. Yo lo tengo, y usted no, por eso yo firmo libros y me toman fotos, y usted está allá atrás. Siempre fue tan cuadriculado, Castro, visitando siempre los lugares comunes son su prosa sosa y perezosa. Desde la universidad se acostumbró a ser un segundón, lugar del que ni su zalamería recalcitrante lo pudo sacar. Bueno si quiere le doy unos consejos para que mejore su forma de escribir, no creo que sirvan de mucho, pero bueno, hagamos el intento.
¡Qué sorpresa! Susana, Susanita. Seguro que me reconociste. Se nota que no puedes esperar la hora de que llegue tu turno para tenerme enfrente nuevamente. Me tuviste cerca cinco años en la universidad y me desaprovechaste. Tranquila, ya te tocará. ¿Pero que haces aquí?, hasta donde me acuerdo tu gusto literario se inclinó siempre a los librejos de superación. Bueno, parece que eso era antes. No queda duda de que te has rehabilitado. Ahora lees libros interesantes, de narrativa envolvente y metáforas perfectas. Vas a recibir un regalo. Cuando llegues te voy a saludar como una amiga.
Todo esto resulta tan natural para mí, las cosas no hubieran podido ser diferentes. Por fin el gran escritor.
“¿Perdón para quién?”. “Para Camilo”.
“Ah si. Bueno, a ver”:

Camilo:
La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.
Con afecto.
Firma ¿Paulo Coelho?

Cuento. Relojito

"¡Tic-tac Relojito!, ¡tic-tac!" aulló el Pote Mejía desde el banco, mientras marcaba con las palmas el ritmo al que el jugador debía mover las manecillas. Claro, las manecillas. El Pote decía que el Relojito Salcedo no tenía piernas, sino manecillas, "Si no, no sería un reloj que da la hora exacta" le decía a todo el mundo.
El Relojito dio una mirada a la tribuna sin parar de estirarse. "Tic-tac" gritaba la gente señalando su reloj con el índice, y el brazo estirado hacía el centro de la cancha. "Tic-tac".
Hasta ese día, no el día del partido, sino el que el Pote Mejía vio a Nahúm Filemón Salcedo García -no le decíamos Relojito todavía- corriendo hacia la ferretería muy bien peinadito y con ropa nueva, apenas unos pocos se interesaban por el fútbol en el barrio. El mocoso iba por unas puntillas al trote y el Pote lo siguió con la mirada. Midió cada zancada, la forma en que Filemón movía los brazos y los gestos que hacía mientras andaba. Era perfecto. El Pote no vio otra cosa que elegancia, disposición para el juego fluido, facilidad. A decir verdad el niño corría chueco. En cada paso parecía que iba a descuadernarse y se notaba por encima que en la vida había pateado un balón. Nadie hubiera visto un crack en ese flacucho, además del Pote Mejía. Él de inmediato entendió que el chinp era como una hoja en blanco, limpiecita, en la que podía escribir todo el fútbol que tenía en la cabeza. ¿Cuánto? Mucho. Muchísimo. Tanto fútbol como se pueda aprender viéndolo día y noche, leyendo cuanto libro del tema se tenga a la mano, haciendo anotaciones de las cualidades y flaquezas de cada jugador conocido, analizando lo bueno y lo malo de todos movimientos posibles dentro de la cancha. Esa mañana y sin darle muchas vueltas, Mejía decidió enseñarle a jugar al niño que corría chueco, inyectarle el fútbol en las venas, y modelarlo a su antojo para que fuera -si yo sé que va a sonar demasiado romántico pero qué le vamos a hacer- el mejor de todos.
Siendo francos, el Pote era el mejor tutor que cualquier jugador pudiera tener y el tipo que más conocía de balompié en todo el país, más que los periodistas y dirigentes, y más que la mitad de los técnicos que cobran millones en las mejores ligas del mundo. De lejos era el único director técnico capaz de ponerle orden a la selección nacional y llevarla a un mundial otra vez. Lástima que nadie lo sabía, ni él mismo. De ahí que únicamente dirigió un equipo en toda su carrera: el Plateados F.C., el que conformó con pelaos de todo el barrio, para que Filemón tuviera en donde jugar de delantero. Eso sólo después de los años en los que se gastó los ahorros de paciencia que había acumulado toda su vida, buscando que el chino le cogiera cariño al balón, porque al comienzo lo miraba con desconfianza y lo golpeaba con timidez. A punta de coscorrones el Pote logró que lo pisara, que gambeteara a un lado y al otro, que levantara la cabeza para decidir qué hacer, que aprendiera a moverse por toda la cancha, que jugara con gusto y bonito. Dándole plenamente la razón a aquello de que “con la práctica se domina la técnica” que dijo no sé quien, Filemón consiguió moverse mejor que los jugadores que tenían talento innato, tan diferentes a él, moldeado de la nada por el pulso del Pote.

“Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar Relojito. Pote, dale cuerda a ese Reloj, harta cuerda que le dure hasta mañana”. El canto de Juan Ramón Cortés, o el ‘Caruso del gol’ como él mismo se puso, obviamente sin medir las proporciones, hizo que las graderías marcaran el ritmo del segundero con más fuerza. Eso no distrajo al Relojito, que seguía calentando: picando un rato, y trotando el otro. Estaba acostumbrado a los gritos de los hinchas del Plateados desde que su puntualidad lo convirtió en una estrella del fútbol aficionado. ‘El Caruso’ desde el puesto de transmisión improvisado en su Renault 12 anaranjado, volvió a acercarse el micrófono a la boca, para darle gusto a la gente y narrar cómo Nahúm Filemón se convirtió en el Relojito Salcedo. A ese cuento era que le debía sus hinchas el equipo del Pote. La historia se puede resumir en que Filemón en sus cuatro primeros partidos hizo goles en los minutos 25 y 70. Si, todo fue casualidad, una casualidad que atrajo seguidores en un barrio en el que si acaso había dos balones de fútbol. Todos, incluyendo al Pote, tuvieron la certeza de que la puntualidad de Salcedo era un presagio de lo constante que iba a llegar a ser en su carrera deportiva, y si hay algo constante es un reloj, ¿o no?. Siempre hace Tic.tac, así se atrase un poquito.
En los encuentros que vinieron la puntualidad del Relojito Salcedo siguió impecable. Ya no metía dos en el 25 y 70, pero tuvo rachas de cinco juegos haciendo goles en el primer tiempo; dos, mandándola al fondo de la red tres veces, un juego si y otro no empujándola de cabeza. Y siempre el Caruso y el Pote lograban encontrarle alguna periodicidad a las actuaciones del Relojito. Desde eso Mejía cogió la costumbre de poner todas las noches los guayos del pelao junto a un reloj para que descansaran al ritmo del Tic-tac, y no perdieran el pulso.
El Plateados ya estaba en la cancha esperando a su rival, mientras, Relojito Salcedo se metió la camiseta entre la pantaloneta, y se acomodó la cinta de capitán para que no se fuera a soltar con el trajín. La gente estaba tan emocionada como siempre acordándose sólo de las victorias. Ajá, los Plateados también perdían y con alguna frecuencia, con Reloj abordo y todo, y a pesar de ser un equipazo orgullo del Pote y cómplice perfecto de su Opera Prima, quien para su pesar no había podido superar un defecto.
"Mi única frustración con el Reloj es que no he logrado que se vuelva hincha" le confesó melancólico el Pote a su esposa una noche, cuando ya estaban acostados. "Si, le gusta el fútbol, y hay cracks a los que admira, pero ningún equipo le roba el corazón. Ajá, estoy seguro. Le he repetido hasta el cansancio que si no es uno de acá, que busque uno extranjero, pero nada, nada de nada. En últimas a mi no me importaría que fuera un equipo grande o chico". Es que esas cosas no pueden enseñarse, y eso mantenía preocupado al Pote. Él estaba convencido de que un jugador que no sabe lo que siente un hincha, no disfruta el juego del todo. "NI siquiera le gusta Millos, el mejor equipo del mundo y sus alrededores mija, figúrese".

“¡Que grite todo el que sea Plateadoooooo, porque ahí se vienen el rival: los Leones!” anunció Caruso sin respirar, “Ojala que cuando escuchen el Tic-tac del Relojito no sean capaces ni de hacer miau”. Los Leones salieron a la cancha y al Relojito le temblaron las piernas, no de nervios. La sacudida le subió al estómago y se le aceleró el corazón, empezó a respirar disparejo. La casaca carmesí de los once que tenía en frente lo hipnotizó, y fue incapaz de dejar de mirarla. Sin darse cuenta ganó el sorteo y escogió cancha. Lo que sintió en ese momento no podía igualarse ni siquiera con la emoción del primer gol de tiro libre que hizo. Fue amor a primera vista. Relojito quiso esa camiseta como si la conociera de toda la vida, como si hubiera festejado por ella cientos de veces. Sin que se diera cuenta el balón le pasó por el lado. Los llamados de atención de sus compañeros no surtieron efecto. El Reloj estaba atolondrado. No le cupo duda: estaba enamorado. En sus ojos se reflejaba la bandera roja con un león dorado de fauces abiertas en el centro. Sintió ganas de arroparse con ella y meterse en la tribuna a cantar. El rugido en su corazón lo estremeció. Él era un león que se había encontrado con su manada sorpresivamente. Un pitazo profundo lo sacó de su trance. Cuando miró a su lado, un león estaba tirado en el suelo a causa de un patadón plateado. Ansioso el Pote se metió a la cancha, y fue directo a donde estaba Relojito. “¡Muévete, búscala!. Quiero ver andar esas manecillas No te vayas a atrasar justo hoy. Por mí”. El pito puso a rodar el balón otra vez. Las palabras del Pote calaron profundo en el delantero. Casi pudo sentir los coscorrones. Cuando cogió la pelota empezó a moverla como sabía, con una amargura que casi le hace salir lágrimas. Un león gambeteando leones, y buscando herirlos de un derechazo. La tribuna contuvo la respiración cuando salió el zapatazo que finalmente se estrelló en la raíz del palo. El Relojito Salcedo no quiso ver, no pudo ver. El alma volvió al cuerpo del Pote, por fin el muchacho había encontrado el paso, y hacía tic-tac como siempre. Después de un saque de banda un león se desbordó por la derecha, Relojito fue en barrida pero el felino saltó, hizo una pared y mordiendo el área centró, el balón fue cazado en el área por una melena y se fue hasta el fondo. “No pasa nada señores, un gol no es nada cuando el Relojito es de los nuestros” animó el Caruso a la tribuna desinflada que cayó sentada después del golpe. “Que golazó” pensó el Relojito y empezó a saltar por dentro. El grito retenido casi le hace estallar los pulmones. Rumbo a la charla de medio tiempo Relojito tuvo que apretar la boca para no dejar ver la sonrisa que salía de corazón. Iba obnubilado echándose agua en la cara, tanto que no escuchó la charla del Pote a pesar de ir dirigida a él, solo recordó el “no te vayas a atrasar”. En el segundo tiempo los Plateados encimaron, tuvieron unas seis o siete llegadas estériles, que animaron a la tribuna. Las manecillas del Relojito estaban jugándose un partidazo, mientras su corazón hacía fuerza para que la pelota no entrara. “Aguanten que vamos ganando” suplicó entre dientes a los Leones. Sobre la línea bajó el balón con el pecho, y centró hacía atrás. Un plateado entró al área y desenfundó un cañonazo. Un león se barrió y, sin tocarlo, le movió la pelota, con lo que el atacante cayó al suelo, y aprovechando se revolcó un rato. La mano del arbitro señalando el penalti fue como un una lanza que atravesó el vientre del Relojito, era él quien siempre cobraba. Con el balón en el punto blanco Relojito Salcedo tomó impulsó, venciendo la ganas de salir corriendo. Miró al Pote que con sus dedos simulaba unas manecillas y no fue capaz de levantar la cabeza cuando empezó la carrera para pegarle al balón. Desde ahí el Relojito no sabía fallar. Le pegaba secó y colocado, siempre el arquero tenía que sacarla del fondo. Suspiró y le dio con toda sus fuerzas, engañando al arquero león que se estiró hacia el lado contrario. Sin duda un cobro a sangre fría, como de profesional. El balón fue ceñido al poste, tanto que lo tocó, desviándolo de la red. Giró por la línea hasta que el portero se le echó encima, asesinando cualquier posibilidad plateada. Aunque el fue un cobro perfecto no quiso entrar. Relojito quiso abrazar al arquero igual que los demás leones. Pitazo final 1-0 ganaron los leones. “Aun no se nos traza el Relojito” comentó el Caruso con a voz cortada, “peleó con toda, pero el viento le jugó una mala pasada desviándole un balón que tenía rótulo de gol. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar nunca Relojito. Arriiiiiiiiiiiba Plateados”.
El Relojito fue a buscar al otro capitán, le estrechó la mano con la misma emoción que lo hizo el Pote años atrás, cuando tuvo enfrente a Alejandro Brand. “¿Me cambia la camiseta?”, preguntó tembloroso. El león se quitó la carmesí y el Reloj la plateada. Sin importarle que estuviera sudada se la puso, con la sangre golpeándole el cuello de la emoción. Era el símbolo de su primer y único amor: los Leones. No pudo esperar para verse de rojo, era un Relojito carmesí. Era la alegría del hincha que se pone los colores de su equipo.

Opinión: Al cine colombiano apenas le está saliendo barba

El cine colombiano llegó a la adultez. La frase se puso de moda desde que algunos de los dueños de la palabra en cuestiones cinematográficas se apresuraron a cantarla a diestra y siniestra. Como siempre pasa, un comentario zalamero crece, crece y crece, y por supuesto como nuestro país no es precisamente el de las excepciones, éste creció, al punto de que -fisgoneando una conversación de tienda- escuché a un par de señores dando por sentado que en 2009 el Oscar reposaría en alguna vitrina colombiana.
Es que ya estamos para eso, no tenemos nada que envidiarle a los gringos, decía uno de los señores a los que era muy fácil diagnosticarles, a simple vista, serias fallas en el sentido de las proporciones.
No aprendemos ¿cierto? Nos fascina estarnos tragando nuestras palabras todos los años. Ahora nos convertimos en la gran potencia cinematográfica que va arrasar con los Oscar. Mesura, por favor mesura, qué tal que nos escuchen en el exterior y volvamos a quedar como un cuero.
No es que esté en contra del cine colombiano. Nada de eso. Yo soy de los que hincha pecho si en CNN hablan de Paraíso Travel, o de Bluff, o de Al final del espectro. Yo soy de los que estaban cansados de las mismas películas en las hacíamos gala de nuestra ramplonada, de nuestra chavacanería recalcitrante, y que por supuesto no gustaban en ningún lado ni iban a festivales.
Y es que el cine colombiano de hoy hace ver al que se hacia hace tres años como un desenfriolito. Las cosas han cambiado del cielo a la tierra. Ahora nos atrevemos -sí, nos atrevemos porque yo voy a cine y pago la boleta con la que se financian nuevas películas- a hacer historias sin ese tufo barrial que en un principio funcionaba, pero que se prostituyó porque todo el que quiso hacer cine se colgó de él. Ahora además de comedias hay dramas y hasta películas de terror hechas en Colombia.
Hace un par de semanas Marlon Moreno, uno de los actores de mostrar que hay en Colombia, se quedó con el premio a Mejor actor en el Festival de Guadalajara, uno de los más importantes de Latinoamérica, al que van los que saben de este asunto. Marlon se ganó el reconocimiento a pulso con una excelente actuación en Perro come perro, una película colombiana que no se ha estrenado pero que ya fue al Sundance. Menciono a Moreno por dos cosas. Uno. Su premio demuestra que se está haciendo buen cine en Colombia. Dos. En una entrevista que el actor concedió a este diario se le cuestionó acerca de la famosa llegada a la adultez, y la respuesta fue sencilla “No nos podemos a poner a pensar eso. Para mí ni siquiera estamos en la adolescencia” dijo y después explicó que lo estamos haciendo bien pero que falta. Totalmente de acuerdo, apenas nos está saliendo la barba en las lides del séptimo arte, pero ahí vamos, dándole fuerte, cada vez haciendo, más y mejor. Disfrutemos el proceso y tomémoslo con calma, que la sed de Oscar espere un ratico.

Opinión: Ya no me mamo a los críticos (I)

Estoy de acuerdo con Luis Ospina: en cuestión de cine, cantidad es calidad. Los realizadores colombianos deben apuntarle a hacer cuantas películas puedan y no pretender rodar una cinta cada cinco años, con la aspiración de que sea una obra maestra. Bajo el sol no hay nada oculto. En estos caminos del séptimo arte apenas nos están saliendo los dientes, por eso ese es el primer paso para convertir esto que hacemos ‘tímidamente’ en una industria de verdad. Vamos bien.
Pero esto tiene su ‘pelo en la leche’. Por un lado los directores, guionistas, productores, luminotécnicos, etcétera, etcétera, le apuestan al sueño de hacer cine. Por el otro, ‘algunos’ -repito, ‘algunos’- críticos parecen querer impedirlo a toda costa.
Y es que los críticos tienen el poder en sus manos. En un párrafo suben las películas al cielo, o en un par de líneas las tiran al suelo, rebajándolas sin piedad. En pocas palabras, convierten el trabajo de varios meses, en el que se han invertido millones –obtenidos después de hipotecas y carros vendidos- en una ‘basura que no merece ser vista’. Eso se lo dicen a sus lectores, y ellos, por consiguiente, ni se asoman a las salas a ver la cinta.
Lo peor de todo es que ‘algunos’ de esos críticos, que están en el grupo de los ‘algunos que no quieren que haya industria’, lo hacen de ‘mala leche’. En serio. De eso me convenció el director de una película que se estrenó este año, cuando me contó que un crítico se había encargado de despedazar su obra –antes del estreno-, y además había ‘pasado la bola’ a sus colegas, que también hablaron muy mal de ella. ¿Hay buenas intenciones en eso? No creo.
Otra muestra. El experto en cine de una reconocida cadena radial, catalogó ‘El colombian dream’ de Felipe Aljure como la peor cinta de 2006. Eso no tendría nada de llamativo si, en segundo lugar, no hubiera puesto a ‘Chiquito pero peligroso’. Palabras más, palabras menos, una seudo comedia gringa, floja, muy floja desde su título, tiene más merito que una propuesta colombiana hecha con las uñas. Muy objetivo, ¿cierto?.
Tengo claro que hay películas colombianas que son malas, pero también que si hay diez pésimas y una buena, ya estamos ganando. Por eso, entre más, mucho mejor. Para que haya más, necesitamos que la gente vaya a las salas, para recuperar alguna platica y volverla a invertir en cine. Por eso exhorto a los que hacen parte del ‘reducido’ grupo de ‘algunos críticos mala leche’, que si no les gusta alguna película colombiana, se limiten a poner una estrellita en la escala que le da cinco a una obra maestra. Con eso es suficiente. No hay necesidad de sobreactuarse. En serio, si lo que buscan es desquitarse, pues ahí tienen los filmes de Tarantino o Scorsese. Hablen pestes que a ellos no les importa.
Me despido con una frase del músico francés André Gedalce: “los críticos hacen pipí sobre la música, y creen que la están ayudando a crecer”.

Conversando con Montt

Nahum Montt y sus ‘memorias’de un magnicidio

Decenas de ojos miran fijamente a todo aquel que entra al estudio de Nahum Montt, desde unas pequeñas fotografías colgadas detrás del escritorio. Poe, Cortázar, Tolstoi, Twain, Freud, Dostoievski... dice el escritor señalándolas como quien presenta a sus amigos, para después aclarar que antes las tenía al frente pero que lo inquietaban y entonces decidió cambiarlas de lugar.

Esos ojos fueron testigos del nacimiento de Lara, una novela basada en hechos reales, en la que el escritor santandereano reconstruye literariamente los hechos que rondaron el asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, enmarcado en uno de los episodios más oscuros de la historia nacional.

¿Cómo nace la obsesión con la historia de Lara Bonilla?
Estoy tratando en este momento de exorcizarla. Siento que cada entrevista es una oportunidad para liberarme de esa obsesión. El libro fue una posibilidad, pero permanece. Cuando uno escribe una novela siempre hay una imagen nuclear, primaria. En este caso es una que tenemos buena parte de los colombianos con respecto a Lara, y es la del carro del ministro después del atentado.

Cuando escribí mi anterior novela, El Esquimal y la mariposa, que cuenta la muerte de Jaramillo y Pizarro en el noventa, yo decía, “sin embargo todo se originó la noche del 30 de abril de 1984 cuando fue asesinado el ministro Lara Bonilla”. El esquimal se ubica desde los criminales y la conspiración; en este libro se mira desde las víctimas. Siento que también es necesario narrar este país desde la mirada de las víctimas sin idealizarlas.

¿Por qué esa fijación de tomar la historia reciente como elemento central en sus libros?

No es algo conciente y deliberado que yo haya decidido. Uno nunca elige los temas. Ellos se terminan imponiendo. Ahora estoy tratando, en los proyectos que vienen, de exorcizar un poco más y distanciarme. Pero siempre termino contando las historias de este país.

No es cuestión de reivindicar a nadie, la literatura está más allá de eso. Hay que contar de la mejor forma esa historia en la que han quedado tantos cabos sueltos, como lo relacionado con la muerte de Lara Bonilla. En cierta forma la literatura nos ayuda a liberarnos de esos fantasmas históricos.

Muy cerca del principio de la novela hay una escena que le muestra al lector lo que puede esperar en adelante, es una conversación muy cercana entre Guillermo Cano y Lara ¿cómo los ‘hizo hablar’?
Eso es lo mágico y misterioso de la literatura, que nos permite darle vida a aquellos que han partido, nos da la posibilidad de volverlos a sentir cerca. Descubrí en Cano, un personaje bellísimo, que me servía para iluminar a Lara. Y esas conversaciones responden a esa intencionalidad estética.

Un personaje se construye en relación a su entorno y en su interacción con otros personajes. Desde ese punto de vista, Cano le dio fuerza a Lara.
Reconstruir, imaginar esa escena fue muy bonito, porque está en el centro de la paradoja, entre el rigor histórico -fueron más de dos años inmerso, rastreando todo- y por el otro la imaginación. Uno puede compensar una con la otra. Las dos se necesitan. Yo le aposté a que esos diálogos fueran creíbles.
Una de las virtudes de ‘Lara’ es que es un libro muy corto (214 pág.). Usualmente los libros fruto de grandes investigaciones son muy largos

¿Cómo logró que la historia fuera tan esencial?
Yo le aposté a la eficacia narrativa. Sabía que la novela tenía que ser eficaz sin dejarla ir entre las ramas. La historia me reclamó la necesidad de ser narrada así. En ‘El esquimal y la mariposa’ yo me regodeaba en los detalles, esta vez la novela me salió seca. Yo decía “le voy a meter atmósfera, y no, no era verosímil”. Siento que es una gran ventaja escribir de esa forma, en la que uno apunta a ser más contundente, y en la que el lector sabe que está leyendo un texto esencial.

Hablemos de la carpintería de ‘Lara’ ¿cómo va tomando forma la obra?
Después de rastrear información y de empezar a captar posibles imágenes del texto, no tenía la estructura todavía, pero sabía que la imagen del carro iba a ser muy importante.
Yo tenía un supuesto. En mis planes no estaba nombrar a Pablo Escobar, porque se ha convertido en una especie de fetiche literario. Cuando empecé a estructurar la novela, supe que tenía que darse el debate, el encuentro con Cano y hasta ahí.
Pero me di cuenta que el lector iba a quedar sin contexto para saber quiénes estuvieron detrás de la muerte de Lara. Por eso tuve que meter a Escobar como la figura del antagonista, y aumentar la tensión dramática.

¿Ha hablado con la familia del ministro Lara? ¿Qué piensan ellos del libro?
Es durísima esa imagen. Yo hice todo el proceso de reconstrucción de la historia y tuve plena autonomía.
Conversé mucho con ellos, sobre todo con Nancy Restrepo de Lara, la viuda, ella fue muy importante en este proyecto, y finalmente le dedico el libro a ella. Descubrí que el otro lado heroico de la historia era ella, quien entonces era una joven de 26 años que tuvo que largarse a Europa con sus tres hijos.
Cuando se la mostré a Rodrigo hijo le gustó, a pesar de que se incomodó un poco, porque aparece en algunas escenas finales. La lectura de Paulo José, el hijo menor, fue la que más me conmovió, el tenía dos años cuando pasó todo. El tenía imágenes fragmentarias, retazos de su padre. Él me dijo que agradecía esta novela porque por primera vez tenía una imagen completa de su padre, y que pese a conocer el final, quiso tener el poder de cambiarlo.

Algo de McOndo

McOndo: la gran rebelión contra el realismo mágico

En 1996, la publicación de una antología de nuevos escritores latinoamericanos hizo las veces de manifiesto que anunciaba la ruptura de sus páginas con el boom latinoamericano

VAMOS A hablar de McOndo. No se preocupe, está bien escrito. Sí. No es Macondo sino McOndo, como McDonald’s, como MacGyver, y como McIntosh.
McOndo es América Latina vista con otros ojos, un ‘país’ que, según sus promotores, dista mucho del pueblo de la familia Buendía, el de las mariposas amarillas, hombres con cola de cerdo y mujeres que vuelan.
En 1996, los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez publicaron la antología de cuentos McOndo -editada por Gijalbo-Mondadori-, en la que reunieron relatos de escritores de la nueva generación literaria latinoamericana, esa que según ellos es “post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual".
El nombre del libro fue suficiente para que la crítica del continente enfilara armas en contra Fuguet, Gómez y sus secuaces, quienes fueron vistos como herejes por atreverse a satirizar el hasta entonces sacrosanto nombre de Macondo, gran símbolo del tan venerado Realismo Mágico.
El prólogo de McOndo fue tomado como una declaración que anunciaba la ruptura de los nuevos narradores con el boom y postboom, y por supuesto, con su máximo baluarte cargado de mariposas amarillas, pese a que Fuguet y Gómez anunciaron en las líneas que precedían a los relatos que esa no era la intención de la compilación.
“Sabemos que muchos leerán este libro como un tratado generacional o como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones”, escribieron.

La otra orilla

El Realismo Mágico, garciamarquiano sobretodo, fungió por varías décadas como rector principal del código literario latinoamericano, como vara de medición de cuanta página se escribiera por estos lares. A partir de Cien años de soledad surgieron imitadores de la técnica -de la cual sólo Gabo posee las llaves- debido a la demanda internacional de historias sorprendentes venidas del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, lo cual castró muchos intentos de hacer cosas diferentes.
McOndo, sin desconocer el riquísimo valor literario de Macondo, quiso proponerse como una alternativa joven en la narrativa moderna.
“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países –declararon Gómez y Fuguet en el prólogo de la antología- pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercanos al concepto de aldea global o mega red”.
Y es que los nuevos narradores, los que aceptan ser llamados ‘MacOndianos’, querían dar al mundo una visión más amplia de nuestro continente, apartada del ruralismo de Gabo y Ruflo, pues según ellos América Latina, desde hace un par de décadas, no se limita al campo sino que está también integrada por grandes y desordenadas urbes que no son ajenas a las últimas tecnologías, que hacen parte de la modernidad (¿o postmodernidad?), fruto de una amalgama de culturas autóctonas e importadas a través de los medios.
“Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje”, escribieron.

Un poco de McOndo

Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato.
Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y Magneto, Soda Stéreo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.

Fragmento del prólogo de McOndo, (una anotología de nueva literatura hispanoamericana)

Muy cerca a Efraím Medina

El ‘video’ de Efraim Medina en su Cinema Árbol

El autor cartagenero presenta por estos días la nueva edición del libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura hace 21 años. La versión incluye nuevos relatos

Efraim Medina Reyes, escritor cartagenero radicado hace varios años en Italia, presenta la Extended version de Cinema Árbol, la colección de cuentos con la que obtuvo en 1995 Premio Nacional de Literatura de Colcultura, con algunas modificaciones, entre ellas la inclusión de nuevos relatos y la corrección y modificación de otros.

¿Por qué volver a Cinema Árbol?
El libro nunca fue comercial. Lo publicó el Premio Nacional de Literatura. Circuló, básicamente, a través de universidades, de bibliotecas, embajadas. Fueron mil ejemplares y en eso se fueron.
Pasó el tiempo, y empezaron a salir mis novelas, y era un libro que estaba ahí, y que yo estaba seguro de que iba a retomarlo, tanto para trabajarlo como para pulirlo con lo que fui aprendiendo con los años. También quería cerrar un ciclo que comprendería Cinema Árbol, y las tres novelas que he publicado hasta ahora. Además, el tono de lo que estoy haciendo ahora es diferente, porque soy una persona que ha cambiado con relación a eso en algunos aspectos, no lo esencial, porque la gente no cambia eso.
Sé que se inicia una segunda etapa que empieza con La mejor cosa que nunca tendrás, mi próxima novela, que pienso, va un paso más allá en lo que yo quiero ser como escritor, y en los temas que me interesan.


¿Qué significa para usted este libro?
Es como recoger veinte años de escritura, porque ese libro contiene mi cuento más antiguo y también el último de este período, escrito en el 2000. El más antiguo se llama Días iniciales y con él yo gané un premio en 1986. Además fui a México por el II Premio Latinoamericano de Cuento, de una revista que se llamaba Plural, del diario Excelsior. Cinema Árbol recoge todo ese tiempo. Es algo, para mí al menos, importante, de motivo de reflexión como escritor. Es como decir, esto es lo que he hecho, estos son mis elementos, y ante los lectores es la forma de hacer que se vea toda la trayectoria. Es una amalgama de cosas.

¿Quién era el Efraím Medina que escribió Cinema Árbol?
En realidad era como un híbrido entre alguien que empezó a escribir como una forma de defenderse, no solamente del mundo en su parte más física y cruel, sino también de las mismas taras y problemas. Alguien que encontró en esto un refugio. Como la mayoría, tuve una adolescencia muy atormentada y encontré en los libros, primero en la lectura y luego en el escribir, una especie de sosiego, de defensa, de respuesta a lo que me agredía. Después también fue como mi forma de llegar al mundo, de salir del encierro, de la oscuridad en la que me había metido. Creo que era alguien lleno de incertidumbres con muchos temores en torno a la realidad, y al futuro, y a todas esas cosas que ya no me preocupan tanto.

Suena extrañó que un escritor diga que entre un libro y un Cd, su elección siempre sería el disco ¿Por qué ?
Yo no me siento escritor, a mí me gusta escribir desde que tengo 18 años pero no me gusta ser escritor, porque me parece que hay una diferencia grande, porque yo conozco los escritores y sé que no soy como ellos, como Héctor Abad, o Santiago Gamboa, ni siquiera me llevo bien con ellos, con los que me llevo bien lo hago de una forma distante, sin las sensaciones que me produce la amistad. No soy como ellos se toman en serio, ellos piensan que eso que hacen es un fin en si mismo. Para mi la literatura es una excusa, es un forma de diálogo, pero no es una de las formas de la importancia. Yo no considero que la literatura sea trascendental, ellos piensan que sus libros les dan una categoría especial en el mundo, como si fueran particulares. Yo he escrito libros, y no me siento así, no creo que sea un escritor.
No es para atacar ni molestar a alguien, pero yo me siento más próximo a los músicos, es gente desenfadada, que sabe que lo que hace es un divertimento, que le puede gusta a algunos y a otros no, y que sólo tratan de comunicar honestamente. Además, a mi me parece triste que los escritores colombianos, los que conozco al menos, no tienen ningún compromiso, y no lo digo porque debieran escribir sobre ciertas cosas. Ellos como personas cuando se expresan en las entrevistas -yo los llamo escritores de juguete- no se han pronunciado en un país en el que se violan las mínimas reglas de la condición humana. Ni parece interesarles, es como si su literatura fuera una coartada, un ‘salvo conducto’ para olvidarse del mundo.

Encuentro con Alberto Fuguet

“Uno debe escribir para arriesgarse a que lo quieran menos”: Fuguet

Escritor, realizador y cinéfilo por vocación, este chileno ha logrado convertirse en una de las más importantes figuras de las letras latinoamericanas.

”El dar tantas charlas es como realismo mágico”, bromea Alberto Fuguet, refiriéndose a su apretadísima agenda durante la Feria del Libro de Bogotá. Es víspera de su viaje a Caracas y se nota complacido de estar un poco alejado del bullicio de Corferias.
Mientras se sienta en el sillón de una librería en la que un rato más tarde presentará Cortos, su nuevo libro de cuentos, Fuguet, -considerado anatema por ir en contra de los valores literarios del sacrosanto Macondo, toma café de una pequeña taza y observa los anaqueles a su alrededor.
Definitivamente el autor de Sobredosis, Mala Onda, Por Favor Rebobinar y Las películas de mi vida -entre otros libros- y director del largometraje chileno Se arrienda, ese que tengo en frente, no es el tipo soberbio y antipático que tantos pintan.
“Pregunta lo que quieras” dice.

¿Se sigue sintiendo cómodo hablando de realismo mágico?
Cada vez más cómodo porque cada vez me interesa menos, y cada vez se más como abordarlo. Me gustaría, de alguna manera, que no me lo preguntaran. Son como pecados de juventud, y al final tenés que hacerte cargo de eso. Tampoco creo que fue algo tan tremendo lo que hice. Creo que he aprendido a manejar ese pecado, que fue haber hablado...
Además, estoy de acuerdo con todo lo que dije, lo que no me gusta -y no tengo nada de que avergonzarme- es que se ha vuelto como repetitivo, y me da miedo que en mi obituario lo único que digan es que yo era McOndo, yo siento que soy mucho más.
Entonces ahora estoy tratando, simplemente, y aunque no puedo evitarlo, porque sería mala educación, de la mano del cine también, ser más que McOndo. Y a la larga, veamos, espero que mi obra sea más fuerte que el nombrecito, que en todo caso no me molesta, es simpático, es divertido oír “McOndo”- Sigo creyendo que en algunas cosas tengo la razón.
Te cuento un dato freak. Me acabo de enterar que en Venezuela, a donde viajo mañana, yo voy a presentar el libro del Alfaguara y de la RAE de Cien años de soledad. Eso me parece superdivertido. Todavía no se de qué voy a hablar porque no lo leo hace cuarenta mil años, pero voy a googlear a ver que han dicho otros. Eso puede ser una buena expiación. Después de que yo presente Cien años de soledad -voy a pedir que me tomen muchas fotos- nadie va a poder decir que yo odio a García Márquez, porque además no lo odio, simplemente no soy tan fan.
Aquí en América Latina la gente es muy blanco y negro, es muy histérica, y la vida no es así. Con el tiempo uno puede dudar de uno mismo, quizás hasta contradecirse. Capaz que el día de mañana me llega a gustar García Márquez, pero por ahora no me gusta mucho, y no creo que por eso deban asesinarme. Deberían estar orgullosos de él, pero también de otras cosas más.

Cortos es un libro diferente desde la portada. En su interior se manejan distintos tipos de fuentes, dibujos, e incluso algunos cuentos están escritos a manera de libreto de cine ¿por qué hacerlo de esta forma?
¿Por qué no?. Yo lo escribí con cansancio. Hay miles de libros, algunos de ellos muy, muy buenos, pero hay muchos de ellos que libros que yo no leo porque su formato me empezó a aburrir.
Yo soy partidario de la tesis de que no se puede escribir ahora igual que en el siglo XIX o en el XX. Hay libros increíbles que se han escrito en esa época. Si yo voy a escribir tengo que hacer algo distinto, pero no distinto porque sí, o como pose, o como para romper, sino por convicción.
Yo siento que la gente piensa en imágenes. El cine está super ligado a la literatura. No tengo muy claro por qué, pero más bien era un poco luchar contra el cuento clásico típico, que yo sentí que ya se estaba volviendo cómo formula, ese ‘cuento perfectito’. A mí me interesan mucho los personajes, para mí son lo más importante, por eso traté de hacer un libro de cuentos donde ellos importaban más que nada. En el fondo se podría titular el libro Nueve amigos, más que Nueve historias supoercreativas. Yo nunca me he sentido tan creativo para contar historias, pero si creo que puedo ser bueno para conectar con personajes que no son muy ganadores.

¿Los cuentos tienen algún parentesco?
Yo creo que sí. Uno, superficialmente, todos tratan de ser visuales, ligados al cine, unos literalmente y otros no. Dos, todos los cuentos son sobre gente que está en una edad en que está a punto de fracasar, o de no ser. A mí me parece fascinante el momento en que alguien se transforma en lo que es y no en lo que quiso ser, que un día se despierta, se ducha, se mira al espejo y dice “¡Oh, no fui el que quise ser, y voy a tener que matarme o aceptar que la vida no me trató también como yo quería”. Yo lo hago no riéndome de los personajes, sino más bien estando a su lado, como diciendo “no es tan malo”. Hay muy poca gente que llega a ser justamente lo que quiso. Yo me siento cercano a los que no les va también, a los que no se sienten seguros de sí mismos, los que llaman ‘looser’. Yo pienso que ser así no es tan malo, es como reivindicar la palabra. Todo el mundo trata de ser un ganador. Esto es diferente.

A propósito de Cortos ¿qué características debe tener un buen cuentista?
No lo sé porque en este libro quiero salirme de los buenos cuentistas. No se si estos son buenos cuentos, por lo menos en el modo tradicional. Existen libros y recetas que dicen que el relato debe golpear por knockout al final, que deben contar poco y sólo mostrar la punta, y yo no hago nada de eso. En general sea cuento, novela, crónica o poesía, la única clave es tratar de no mentir, de que te guste el tema. Esa es la única receta que uno puede dar sin sentirse un charlatán. Si vas a escribir escribe algo que te guste, y no para tratar de seducir a tu mamá, y menos a la crítica. No hay que publicar para tratar de vender y agradar a los demás. Tenés que escribir y arriesgarte a que todo el mundo te pueda hasta odiar. Una de las cosas que me molestan de García Márquez es una frase que aquí además la tienen puesta hasta en los eslogans: “Escribo para que me quieran más”. Para eso búscate una novia. Uno no puede escribir para que lo quieran más, debe hacerlo para arriesgarse a que lo quieran menos. Tenés que escribir a riesgo de que tu familia te quite el saludo.

¿Qué libro llevaría al cine?
Tendría que ser un libro ojalá no tan famoso para que no me comparen. Otra cosa es tomar uno malo, pero no me veo así. Clint Eastwood está super bien, adaptó un libro horrorosamente cursi para señoras como Los puentes de Madison e hizo una película muy buena. Ando con alguna idea. Ahora estoy adaptando un libro poco conocido de crónicas que se llama El empampado Riquelme, un periodista chileno que se obsesionó con un caso. Tengo otras ideas. Creo que me da mucho miedo adaptar, pero me atrae el hecho de que sea inadaptable, una novela de Ray Loriga que se llama Tokyo ya no nos quiere. También me encantaría llevar al cine –aunque todo el mundo me seguiría con lupa- Tokyo blues de Murakami.

¿Cuál no llevaría a la pantalla?
No sé si responder. Siento que no quiero ser mala persona y atacar a nadie gratuitamente pero diría que son millones, incluso muchos que no he leído. Yo ya, a estas alturas, no leo cosas que no me interesan o que no vienen muy recomendadas por alguien. No llevaría al cine, probablemente, los libros de Grisham o de los Clancy. No me veo haciendo películas sobre presidentes y espionajes. En cambio siento que podría, si me seducen bien, hacer algo de Stephen King.

Si le pido que me recomiende un libro ¿cuál sería?
Bueno, Tokyo Blues. No se sabe mucho de él pero es mejor, porque en España se ha vuelto una clase de ‘mito urbano’, y es que es distinto leer un libro que todo el mundo está leyendo y que se vuelve número uno o moda, como las películas ganadoras del Oscar, que unos las ve y dice “ah, no era pa’ tanto”, a uno no tan famoso. Tokyo Blues te lo recomiendo de corazón.
Hay otro que también me gustaría sugerirte, que aquí es un poco difícil de conseguir, que lo tiene Alfaguara, y que yo lo reedité Chile. Ha sido muy mal muy mal publicitado, porque es de no ficción. Habla de un tipo que lo encierran tres meses en un centro para abandonar la droga, es alguien que lo tiene todo y lo pierde todo. Además me encanta el título: En mil pedazos.

¿Y qué película?
Bueno, Se arrienda de Alberto Fuguet, que ha tenido problemas de distribución pero que creo que es una película cariñosa, quizás no parte tan bien, pero va creciendo. También sugiero una que me encantó, que tiene distintos títulos depende del país. A América Latina llegó como El latido de mi corazón y en España se llamó De tanto latir mi corazón se ha parado, el cual me parece un título para sacarme el sombrero. Es una película muy interesante porque es un remake de una película buena o más o menos buena, setentera, reinterpretada en Francia. Me encanta el hecho de que el personaje es la película, está rendida a los píes del personaje.

Conversaciones con Juan José MIllás

Juan José Millás y su historia ‘al otro lado del espejo’

El galardonado escritor español presentó en nuestro país Laura y Julio, su más reciente novela, en la que según los críticos, retoma el registro narrativo de sus inicios

Julio, recién separado, decide, sin que nadie lo sepa, ocupar el apartamento vacío de su vecino Manuel, a quien también usurpa su ropa, sus costumbres y su manera de mirar el mundo. Julio también se adueña de la forma en que su vecino lo ve a él y a su ex esposa. Esa es la historia de Laura y Julio, la más reciente novela del reconocido periodista y escritor español Juan José Millás.

¿Cuál fue el génesis de Laura y Julio?
La verdad es que es muy difícil rastrear, porque en general una obra que se escribe hoy empezó a fraguarse en la cabeza hace 10 años. Pero yo si tengo un dato, el más remoto, creo, que da origen a Laura y Julio. En mi adolescencia, yo tendría 13 ó 14 años, y mi madre me pidió que pasara a casa de la vecina a recoger una cosa. Yo nunca había estado en esa casa, y me sorprendí mucho al entrar y ver que el apartamento de la vecina era idéntico al nuestro, solamente que lo que en el nuestro estaba la derecha en el otro estaba la izquierda. Yo me quedé espantado, fue un proceso que para otra persona hubiera sido trivial, y que a mí me hizo el mismo efecto que el primer vaso de vino a alguien que va ser alcohólico. Hasta el punto que tengo la percepción de que cuando yo volví a mi casa era otro niño. Esta imagen nunca desapareció mi mente. Yo creo que la sospecha que se introdujo en mi en ese instante, aunque entonces no lo pude verbalizar, es que el mundo ha estado construido así. Que todo era un conjunto de reflejos, y que en el futuro me iba a ser muy difícil saber en qué lado del espejo estaba yo, cuál imagen era más real, la que estaba al otro lado del espejo o esta. Esa idea me persiguió durante toda la vida. Yo sabía que tenía que hacer algo con ella, pero no supe qué hasta que se me ocurrió empezar esta novela.

¿Por qué hacer que los espacios sean tan importantes dentro de la historia?
La única idea que tenía cuando empecé era la de dos casas vecinas idénticas, pero puestas en espejo, y la sospecha de que por eso los habitantes mantendrían entre sí una relación espectacular. Y empecé a trabajar en eso, y a medida de que iba avanzando, me di cuenta de que me interesaba mucho hablar de la relación entre original y copia; entre la realidad y la ficción. Es decir, lo que metaforiza la imagen del espejo. Acerca de los espacios, están meticulosamente trabajados porque yo sí tenía claro que quería que esos espacios físicos, conforme avanzaba la novela, se convirtieran en espacios morales, y que la conciencia dentro de ellos fueran sus habitantes.


La idea de que Julio se adueñe de la vida de su vecino ausente resulta muy interesante para el lector ¿De dónde surge?
Para mí fue un descubrimiento cuando me di cuenta de que el deseo de Julio era pasar al otro lado espejo, es decir, vivir en el piso de Manuel, a quien admira y detesta al mismo tiempo porque lo envidia, porque quiere ser como él, piensa que tiene lo que a él le falta. Eso es muy de los seres humanos, que creemos que el otro tiene lo que nos falta, y que de tenerlo nosotros estaríamos completos. Entonces surge este punto de partida en el que Manuel, por el destino, debe dejar el piso temporalmente. La pareja se deshace en ese instante y Julio pasa clandestinamente al apartamento de su vecino. Ésa fue la idea inicial, el que él quisiera pasar al otro lado del espejo para espiarse, para observar su mujer y observarse a si mismo. La pregunta todo el tiempo es ¿en dónde soy más real?
Fundamentalmente la novela establece la historia de una persona que va al otro lado del espejo y que regresa, y lo puede contar, porque hay gente que va y no regresa. Julio vuelve más articulado de lo que se fue, comprendiendo que el otro también tiene carencias, y que lo que tiene el otro lo tapan los agujeros de él.


El original y la copia. Hablemos de eso
En Laura y Julio a todo momento se están enfrentando el original y la copia y al final la novela busca definir qué es lo más verdadero. Julio hace decorados para películas, imita casas, justamente porque no está seguro de que las casas reales sean más reales que los decorados que él hace. Toda la novela está atravesada por ese cuestionamiento, está llevando al lector a una reflexión, no consciente, sobre las relaciones entre original y la copia. Yo tengo la impresión de que el mundo está dividido en dos mitades, y que la una es el reflejo de la otra. En la vida cotidiana se aprecia en la piratería, cuál es la diferencia entre un libro copiado y de un libro original, el precio, nada más. Todo se copia: la ropa, los discos... En muchos países hay estados paralelos. La pregunta es cuál de esos dos lados el real. Muchas veces la copia es mejor que el original.

jueves, 8 de mayo de 2008

Conversaciones con Roberto Ampuero

Roberto Ampuero y sus Pasiones griegas a flor de piel

Una de las figuras más importantes de las letras chilenas presentó en Colombia su nueva novela, que sigue el camino de Amantes de Estocolmo, su anterior libro

BRUNO GARZA encuentra una mañana un mensaje en el que su esposa Fabiana le dice que lo deja para siempre. Ese día cambió su vida que carecía de grandes emociones, salvo engañar a Fabiana.
Pero Bruno no está dispuesto a perderla. Viaja a Nueva York, sigue a Antigua de los Caballeros, en Centroamérica, y después a Grecia. Realiza una búsqueda desesperada, en la que no sólo irá tras su mujer, sino tras la razón que explique su vida, la rutina en que cayó su matrimonio, los quiebres del amor y la pasión perdida.
Esa es la historia de Pasiones griegas, la más reciente novela de Roberto Ampuero, sin duda uno de los escritores chilenos más importantes de los últimos años.

Hablemos del centro de Pasiones griegas
Es un tema que me viene inquietando desde hace un par de años, y que también esta muy fuerte en Los amantes de Estocolmo, mi novela anterior, y es el de las relaciones de pareja. Lo que me interesa es la pareja en el mundo moderno, actual, cosmopolita, globalizado, en el que la mujer es independiente. Cuáles son los vaivenes que enfrenta una pareja moderna, y cómo los enfrenta, una pareja que además está siendo bombardeada por todo tipo de estímulos. Los comerciales con cuerpos perfectos, gente siempre joven, donde todo tiene el mensaje subliminal de tipo erótico. Es muy interesante ver cómo todo esto incide en la relación de pareja, en el deseo, en la pasión, en el amor y en el desamor, este último no entendido como la reacción que está llena de odio y resentimiento, sino visto cuando ya no hay nada entre la pareja.

Bruno es un hombre complejo, con muchos conflictos ¿de dónde surge este personaje?
Yo creo que él representa mucho al hombre moderno. Profesional, dedicado a lo suyo, que ha considerado vivir la vida como una cuestión cuantitativa en la que hay planes que cumplir en términos de ahorro, y un hombre moderno también en el sentido de que está erróneamente convencido de que el amor es algo que permanece igual siempre. No se da cuenta de que el amor tiene que ser alimentado a diario, no lo hace porque nunca se ha preguntado cuán bien conoce a Fabiana, su esposa. Uno muchas veces se sorprende porque se desconoce a si mismo, porque hace cosas que nunca hubiera imaginado. Si uno no se conoce a si mismo, qué posibilidades hay de conocer a la persona con la que comparte su vida. Bruno no la conoce, fundamentalmente porque no la conoce.

¿El nombre del protagonista tiene algún significado especial?
Bruno Garza. Cuando uno busca los nombres, hay algunos personajes que los consiguen fácilmente. Para otros hay que buscar un poco más. Siempre tiene que mostrar, a mi juicio, algún tipo de identidad. Eso lo da la combinación del nombre y el apellido. Bruno tiene una ‘u’ y una ‘o’, eso es importante, es una mezcla severa, indagadora. Y Garza, es un animal frágil, delicado, tiene vocales abiertas. Me gustaba esa contradicción, que finalmente se refleja en la forma de ser de Bruno. Por otro lado, Fabiana tiene un sentido de frescura.

¿Desde el punto de vista creativo ¿cuál fue su mayor reto?
En estas novelas el reto más grande que uno tiene como escritor hombre, es que uno tiene una voz masculina, una visión masculina, y cuando escribe definitivamente escribe desde la perspectiva masculina. El desafío que se tiene, si se quiere escribir una novela sobre una pareja moderna, es incorporar la voz femenina, que hablara, opinara. De inmediato uno se da cuenta que la que supone Bruno como causa principal de la partida de su mujer, es otra. Eso me resultaba interesante. Esos dos mundos que vivían una historia común, con un lenguaje muy distinto.

Conversaciones con Gonzalo Mallarino

Los otros y Adelaida: el final del siglo de Mallarino

La tercera parte de la trilogía ‘Bogotá’ es un viaje al interior del delirio de una mujer que no ha podido superar la muerte de su pequeña hija y que busca redención

LOS OTROS Y ADELAIDA es la última puntada de la saga ‘Bogotá’ de Gonzalo Mallarino. Es el punto en el que se cierra el círculo que el autor empezó a ‘dibujar’ hace más de diez años con Según la Costumbre, y en el que quiso cubrir un siglo de historia de la capital.
Esta vez quien la cuenta es Adelaida, la nieta de Alicia -protagonista de Delante de Ellas, la segunda parte de la trilogía-, una mujer perturbada por la muerte de su hija en el atentado al DAS en 1989, que empieza a ver cómo su realidad se desdibuja, llevándola entre lo que es, y lo que no, en una suerte de drama y thriller psicológico.

¿Por qué la idea de hacer una trilogía?
Al principio no lo sabía. Yo estuve muchos años escribiendo versos y otras cosas, pero después llegó el momento, por diversas razones, de ensayar una novela, y fueron muchas vicisitudes, pero eventualmente salió la primera novela, y entonces me di cuenta de que podía seguir, que tenía oxígeno para hacer una cosa más larga y sobretodo más ambiciosa del tiempo, de forma que ya me empecé a plantear los confines de todo el siglo, las generaciones de toda una familia. Tuve claro, sin embargo, que las novelas tenían que empezar y terminar de forma independiente. Que lo que justificaba una saga, o lo que podría emparentar las novelas para que fueran primas o primas hermanas, tendría que ser primero, la ciudad, y segundo la estructura misma de las novelas. El tercer elemento, es el ámbito de lo lingüístico, están escritas con una sintaxis y puntuación muy especial. El idioma cambia, Adelaida, la heroína esta novela, no habla igual que su bisabuelo cien años antes. Es evidente que en Bogotá hemos cambiado la manera de hablar. Lingüísticamente era un reto muy grande.
Sin embargo son obras independientes. Si las uniéramos con un gran fresco de un siglo de vida en la capital, encontraríamos una riqueza adicional, frente al lector que sólo leyó una.

¿Por qué contar la historia desde el punto de vista de una mujer?
La presencia de la voz femenina es constante, es un elemento que también contribuye a la unión de las novelas de la saga. Los personajes femeninos están muy presentes, son muy intensos y estremecedores. Delante de Ellas también es narrada por una mujer. Contar 280 o 300 páginas en la voz una mujer es muy difícil, hay que hacer un largo ejercicio de búsqueda en las entrañas hasta que salga la voz. Hay que buscarla mucho, en el inconsciente, en los recuerdos, los sueños, en las mujeres que han estado en la vida, las hermanas, las primas, la madre, las que han estado en el pasado colectivo de todos los bogotanos. En el momento que el personaje habla y suena verosímil, yo ya tenía la novela. Lo más difícil en esto es encontrar la voz del personaje, el tono. El resto se va armando alrededor de eso.

¿En qué momento sabe que en esta última novela la protagonista va ser una mujer, y que además va ser ella quien va narrar su historia?
Cuando se publica la primera novela, y ya estoy metido en la idea de una trilogía, me voy y escribo el primer borrador de Los otros y Adelaida, antes que la segunda novela. Me doy cuenta de que voy a recorrer cien años, y voy buscando un personaje que no sé qué parentesco tendrá con el médico, pero ya sé que su mundo es femenino. Después, haciendo las cuentas, empiezo pensar quién puede ser ese personaje, lo ubico físicamente, y lo encuentro en un poema que publiqué en el noventa y pico que se llama Pablo VI, cuyo personaje es Adelaida, y me doy cuenta de que ella es la del otro extremo de la trilogía. Entonces escribo esa novela que es muy íntima, muy psicológica. Teniendo los borradores ahí, vuelvo a la segunda parte. Ya se va dibujando el siglo, los personajes, la trama. Escribo Delante de Ellas, y Adelaida esta esperándome para ver cómo llego yo allá para atar todos esos cabos, para que todo salga bien. Eso ya es pura labor de carpintería.

¿Quién lee sus cosas antes de que lleguen la editorial?
Carmen, mi esposa. Yo le digo, "estoy en esto" y escribo uno o dos capítulos, se los doy, y le pregunto si ella ve ahí una novela. Empezamos a discutir algunas cosas, y muchas veces ella dice "no te metas por ahí, o hasta esto tal vez". Si ella dice "está bueno" me lanzo a escribirlo todo, salvo que tenga dudas en cuanto a la estructura. En esos casos paro a la mitad y le doy unos 150 folios. Después hago las versiones finales que pueden ser 20 o 30, hasta que queda.

¿En qué está trabajando ahora?
Los otros y Adelaida la terminé en 2004. Al año siguiente, cuando volví de vacaciones, empecé tres novelas diferentes, y las tres veces fracasé. Incluso llegué a tener 30 o 50 páginas de alguna de ellas, y me di cuenta de que ahí no había novelas, así que las deje de lado. En noviembre estaba muy quebrantado, "me sequé, no voy a poder volver escribir nunca", pensé, "y yo que quería ser escritor el resto de mi vida". Me puse a pensar en que estaba cansado, que llevaba 10 años pensando en la trilogía, entonces lo dejé así, y en enero volvió a sonar, y volví a sentir muchas ganas de escribir. Y ahí voy, adelantado en una novela cuyo primer borrador puede estar listo a mediados del año entrante. Voy muy bien, sale y sale la historia, algo inconsciente. Me alejé de tanto quebranto, y estoy escribiendo algo que sucede en la calle mi infancia en Cali.

Conversaciones con Alonso cueto


Alonso Cueto escribe una historia profundamente femenina

El autor peruano, sin duda uno de los más importantes de las letras de su país, presentó El susurro de la mujer ballena, una novela de reencuentros

DESPUÉS de 25 años, Rebeca y Verónica, que fueron amigas en el colegio, vuelven a verse. Verónica es una mujer que goza de una vida plena, con todo lo que soñó. Mientras, Rebeca, soporta el tormento de su grotesca gordura. La soledad, la amargura y la rabia abonan su sed infinita de culpar a alguien. Ellas son las protagonistas de El susurro de la mujer ballena, la novela de escritor peruano Alonso Cueto, finalista de la primera edición del Premio Planeta-Casa América de Narrativa.
En la obra Cueto, un narrador con “exquisito talento” según la crítica, mira al interior de la mente femenina usando a Verónica como vehículo en un viaje a través de los complejos de Rebeca.


¿Por qué meterse en los zapatos de una mujer para contar una historia?
Esta es la historia de una amistad, de un reencuentro. Como se trataba de la historia de una amistad me parecía que era mejor, más interesante, y con más posibilidades que los dos personajes fueran mujeres, porque me parece que en general las mujeres están mejor dotadas para la amistad, tiene una mayor capacidad de compromiso emocional, y viven de una manera más plena las relaciones humanas. Los hombres estamos encerrados en nosotros mismos. No se puede generalizar, pero las mujeres son las que se acuerdan de los cumpleaños, por ejemplo. Por esto tenía más posibilidades de exploración narrativa. También me parece que el mundo interior de las mujeres es más vasto, más rico y más intenso que el de los hombres.
Es evidentemente un reto insertarse en una voz femenina, contar las cosas en primera persona desde esta perspectiva, y hacer que todos esto sea creíble. Conté con mucha ayuda, entre ella la de mi esposa, vi muchos programas femeninos y leí revistas, y ahí apareció un tema esencial, que me parece típico de nuestra época, lo que yo creo que es una religión en el siglo XXI, que es el culto al cuerpo, a la belleza. Ese es el contexto en el que está escrita la historia.

Rebeca es un personaje muy complejo ¿cómo fue tomando forma?
Todos hemos tenido en el colegio la experiencia de que ver algunos alumnos que son objeto de burla. En cierto modo los salones de clase son ‘mini sociedades’ en las que se reproduce las formas de violencia y opresión que después hay en la sociedad. La idea original es esa experiencia. Una vez, hace unos años, vi un programa de televisión que juntaba a alumnos de de la misma clase después de 25 años, y uno de ellos le decía a los demás “ustedes no saben todo lo que yo sufría con las burlas que me hacían”. Los demás respondían que eran bromas que no debían ser tomadas en serio. El hombre contestaba “es que esas ‘bromas’ significaron para mí cosas terribles”. Esa fue una idea que me quedó grabada. De ahí la idea de escribir sobre un reencuentro.

¿Por qué hacer a Verónica la narradora y no a Rebeca?
Me parece que Verónica es un ser más común, más promedio y entonces sirve mejor como mediadora entre el lector y Rebeca, que es un personaje excepcional, monstruoso. Si la historia hubiera sido narrada por Rebeca sería muy distinta.

Además del la gordura de Rebeca ¿se hizo una imagen física más minuciosa de ella?
Te voy a contar algo que me pasó cuando estaba escribiendo El susurro de la mujer ballena. Yo escribo muchas veces en una cafetería frente al mar, en las mañanas, cuando no hay nadie. Un día, cuando recién empezaba la novela entró a la cafetería una gorda inmensa, gigantesca. Yo la noté porque estaba escribiendo este libro. Empecé a mirarla, a lanzarle miradas obsesivas, y ella me miraba también. Esa mujer anónima fue el modelo. Todas las personas que hemos sufrido algún tipo de exclusión –que podemos ser todos en el mundo- estamos de alguna manera representados en este personaje.

Hablemos del eje de la historia
En El susurro de la mujer ballena es muy importante el tema del pasado. Como lo que hicimos en el colegio, o lo que hicimos cuando éramos jóvenes –o lo que dejamos de hacer- tiene un efecto tremendo en nuestras vidas, y es una sombra que se proyecta. De alguna manera Rebeca es una mensajera del pasado que regresa a confrontar y a pedir cuentas. La presencia y la vigencia del pasado es algo que siempre me ha obsesionado mucho. En el mundo quechua el pasado es algo que está delante de ti, y el futuro está detrás. En ese mundo el pasado es lo que ves y puedes verlo, está delante, como no sabes lo que hay en el futuro, pues está a tus espaldas. Yo creo que la armonía, felicidad, la tranquilidad de una persona depende de cómo puede relacionarse con su pasado de una manera que no sea culpable, dolorosa. Esa tranquilidad viene de que tengas una buena relación con tu pasado, de que puedas negociar y tus recuerdos y tranzar con tus culpas.