martes, 16 de diciembre de 2008
lunes, 1 de septiembre de 2008
Renato Cisneros: cuando un poeta se convierte en blogstar

El peruano es la mente y pluma detrás de ‘Busco novia’, uno de los blogs más exitosos de toda Latinoamérica.
Hablar con Renato Cisneros fue una labor algo esquiva. No por él, valga aclarar, por las circunstancias.
Primero vino el intercambio de correos electrónicos con el dueño de ‘Busco novia’, uno de los blogs -diarios o bitácoras en Internet, como se quiera- más leídos de Perú y Latinoamérica.
En algo más de un año Cisneros, poeta, periodista deportivo y político del diario El Comercio y profesor universitario, cosechó un inmenso séquito de lectores para su espacio en la blogósfera, ese mismo en el que relata con desparpajo sus tinos y desatinos amorosos.
Hablar con Renato Cisneros fue una labor algo esquiva. No por él, valga aclarar, por las circunstancias.
Primero vino el intercambio de correos electrónicos con el dueño de ‘Busco novia’, uno de los blogs -diarios o bitácoras en Internet, como se quiera- más leídos de Perú y Latinoamérica.
En algo más de un año Cisneros, poeta, periodista deportivo y político del diario El Comercio y profesor universitario, cosechó un inmenso séquito de lectores para su espacio en la blogósfera, ese mismo en el que relata con desparpajo sus tinos y desatinos amorosos.
E-mails iban desde Bogotá, e-mails venían desde Lima, hasta que acordamos una entrevista telefónica para hablar de cómo es que se desata un fenómeno como el de ‘Busco novia’: miles de visitas diarias y cientos de comentarios apenas unas horas después de publicar un post -actualización-, una Disneylandia para cualquier blogger cuerdo.
Nos cruzamos y no pudimos hablar de que fue tal la resonancia de ‘Busco novia’ que varias editoriales le propusieron convertirlo en un libro. Renato, quien tiene sobre su espalda 32 años y tres libros de poesía (Ritual de los prójimos, Máquina fantasma y Nuevos poemas italianos), después de varias negativas dio su brazo a torcer, y accedió a publicar ‘Busco novia: el libro del blog’ con la editorial Aguilar.
El lanzamiento de la obra durante la Feria del Libro de Lima fue todo un show. Más de mil asistentes, fotos, videos, entrevistas, filas interminables para lograr un autógrafo, conversatorios y conferencias.
Nos ponemos una cita en messenger. La idea era iniciar una videollamada pero fue imposible. Entonces surgió la ‘coincidencia tecnológica’, dos periodistas hablando de blogs a través de un chat.
Daniel dice: Hasta acá llegó el eco de todo el ruido que hace en Perú 'Busco novia'. ¿Cómo es que un poeta se vuelve blogger?
Renato dice: Pues de la única manera posible: involuntariamente. La idea fue del Editor de la Web de El Comercio, que luego del rediseño del portal on line me pidió abrir una bitácora. Le propuse temas muy aburridos, y él tuvo el acierto de decirme que no, que mejor escribiera sobre mis delirios amorosos. Y así empezó todo: por encargo.
Daniel dice: Y el encargo ya va en 15 meses. Renato, para todos los han tratado de hacer que un blog despegue, el ritmo de visitas que recibe el suyo, es definitivamente un 'sueño dorado'. Es muy difícil ganar ‘adeptos’. ¿Cómo fue que la gente comenzó a hablar de 'Busco novia'
Renato dice: Poco a poco fui descubriendo que el blog era un retrato generacional que tenía sentido a partir de una idea: cómo un chico de 30 años sobrevive sentimentalmente cuando todos sus amigos se van casando, y en medio de una ciudad en la que el matrimonio aún está idealizado
Creo que la propuesta se sostiene sobre tres patas: 1) El tema sentimental siempre va a ser atractivo, más aún cuando hay ciertos mitos que se van derrumbando (la fidelidad, el casamiento, etc); 2) El aire de 'reality' le fascina a los lectores, que sobreviven a la duda de si eso que leen es verdad o mentira; hay un morbo instalado ahí; 3) Finalmente, creo que es el tono: yo no sufro, me río. No entro en esa onda melancólica o Bridget Jones, sino que me río del looser que en el fondo soy.
Daniel dice: ¿Todo lo que publica en el blog es cierto?
Renato dice: El 98 por ciento sí.
Daniel dice: ¿Y el 2 restante?
Renato dice: Son matices, mínimas licencias
Daniel dice: que obedecen a...
Renato dice: A veces, como dice el español Juan José Millás, las mentiras sirven para contar mejor la verdad. El propósito de las licencias es encubrir la identidad de ciertas personas, dar ciertos golpes dramáticos, agudizar algunas situaciones paródicas.
Daniel dice: Supongo que el poeta intenta abrirse camino entre post y post.
Renato dice: Para mí fue difícil tomar el riesgo de la publicación porque podía propiciar la idea de que el poeta se estaba vendiendo un poco al mercado... pero creo que todas las voces que uno es capaz de articular se pueden enriquecer las unas con las otras...
No estoy escribiendo poesía ahora mismo, pero confío (y eso es solo una intuición) que cuando vuelva a escribir poesía, ella se defenderá sola.
Daniel dice: ¿No hay tiempo para escribir poesía o no hay disposición?
Renato dice: El 2007 publiqué un libro de poesía (Nuevos poemas italianos). Felizmente fue muy bien recibido. Ahora supongo que el registro del blog me distrae del tono poético. No me preocupa. Me da un tanto de miedo a futuro, pero hoy no me preocupa
Daniel dice: No me puedo quedar con la duda. ¿’Busco novia’ ha jalado mujeres?
Renato dice: Sí. Es increíble. Creo que la gente se siente curiosa respecto del personaje que escribe el blog (que, por otro lado, soy yo mismo: persona y personaje en un solo empaque), y eso hace que alguna gente se acerque
Daniel dice: El día del lanzamiento del libro había como mil personas (lo vi, hay videos por todos lados en la Web), creo que ni el más optimista de los bloggers espera que su idea lo ponga a la altura de una estrella de rock, que lo convierta en un blogstar (no lo digo yo, sino los medios y la editorial).
Renato dice: Fue una cosa que a mí mismo me abrumó. Fue una doble sorpresa: por el número de gente, pero sobre todo por la actitud, tan cariñosa, tan inesperadamente familiar. Me sentí un dibujo animado...salido de una caja de cereal.
Daniel dice: ¿Va a ‘buscar novia’ por mucho tiempo?
Renato dice: No tengo ningún plan trazado. No me imagino tener 40 años y seguir en el mismo plan. Eso ya no sería chistoso. Supongo que lo mantendré un tiempo más, pero si me enamoro algo habrá que hacer.
Daniel dice: ¿Y es que ha resultado tan difícil enamorarse?
Renato dice: Un poco difícil: mientras más viejo te haces más maniático y celoso de tu espacio te vuelves... eso hace que el compromiso sea algo pesado.
Nos cruzamos y no pudimos hablar de que fue tal la resonancia de ‘Busco novia’ que varias editoriales le propusieron convertirlo en un libro. Renato, quien tiene sobre su espalda 32 años y tres libros de poesía (Ritual de los prójimos, Máquina fantasma y Nuevos poemas italianos), después de varias negativas dio su brazo a torcer, y accedió a publicar ‘Busco novia: el libro del blog’ con la editorial Aguilar.
El lanzamiento de la obra durante la Feria del Libro de Lima fue todo un show. Más de mil asistentes, fotos, videos, entrevistas, filas interminables para lograr un autógrafo, conversatorios y conferencias.
Nos ponemos una cita en messenger. La idea era iniciar una videollamada pero fue imposible. Entonces surgió la ‘coincidencia tecnológica’, dos periodistas hablando de blogs a través de un chat.
Daniel dice: Hasta acá llegó el eco de todo el ruido que hace en Perú 'Busco novia'. ¿Cómo es que un poeta se vuelve blogger?
Renato dice: Pues de la única manera posible: involuntariamente. La idea fue del Editor de la Web de El Comercio, que luego del rediseño del portal on line me pidió abrir una bitácora. Le propuse temas muy aburridos, y él tuvo el acierto de decirme que no, que mejor escribiera sobre mis delirios amorosos. Y así empezó todo: por encargo.
Daniel dice: Y el encargo ya va en 15 meses. Renato, para todos los han tratado de hacer que un blog despegue, el ritmo de visitas que recibe el suyo, es definitivamente un 'sueño dorado'. Es muy difícil ganar ‘adeptos’. ¿Cómo fue que la gente comenzó a hablar de 'Busco novia'
Renato dice: Poco a poco fui descubriendo que el blog era un retrato generacional que tenía sentido a partir de una idea: cómo un chico de 30 años sobrevive sentimentalmente cuando todos sus amigos se van casando, y en medio de una ciudad en la que el matrimonio aún está idealizado
Creo que la propuesta se sostiene sobre tres patas: 1) El tema sentimental siempre va a ser atractivo, más aún cuando hay ciertos mitos que se van derrumbando (la fidelidad, el casamiento, etc); 2) El aire de 'reality' le fascina a los lectores, que sobreviven a la duda de si eso que leen es verdad o mentira; hay un morbo instalado ahí; 3) Finalmente, creo que es el tono: yo no sufro, me río. No entro en esa onda melancólica o Bridget Jones, sino que me río del looser que en el fondo soy.
Daniel dice: ¿Todo lo que publica en el blog es cierto?
Renato dice: El 98 por ciento sí.
Daniel dice: ¿Y el 2 restante?
Renato dice: Son matices, mínimas licencias
Daniel dice: que obedecen a...
Renato dice: A veces, como dice el español Juan José Millás, las mentiras sirven para contar mejor la verdad. El propósito de las licencias es encubrir la identidad de ciertas personas, dar ciertos golpes dramáticos, agudizar algunas situaciones paródicas.
Daniel dice: Supongo que el poeta intenta abrirse camino entre post y post.
Renato dice: Para mí fue difícil tomar el riesgo de la publicación porque podía propiciar la idea de que el poeta se estaba vendiendo un poco al mercado... pero creo que todas las voces que uno es capaz de articular se pueden enriquecer las unas con las otras...
No estoy escribiendo poesía ahora mismo, pero confío (y eso es solo una intuición) que cuando vuelva a escribir poesía, ella se defenderá sola.
Daniel dice: ¿No hay tiempo para escribir poesía o no hay disposición?
Renato dice: El 2007 publiqué un libro de poesía (Nuevos poemas italianos). Felizmente fue muy bien recibido. Ahora supongo que el registro del blog me distrae del tono poético. No me preocupa. Me da un tanto de miedo a futuro, pero hoy no me preocupa
Daniel dice: No me puedo quedar con la duda. ¿’Busco novia’ ha jalado mujeres?
Renato dice: Sí. Es increíble. Creo que la gente se siente curiosa respecto del personaje que escribe el blog (que, por otro lado, soy yo mismo: persona y personaje en un solo empaque), y eso hace que alguna gente se acerque
Daniel dice: El día del lanzamiento del libro había como mil personas (lo vi, hay videos por todos lados en la Web), creo que ni el más optimista de los bloggers espera que su idea lo ponga a la altura de una estrella de rock, que lo convierta en un blogstar (no lo digo yo, sino los medios y la editorial).
Renato dice: Fue una cosa que a mí mismo me abrumó. Fue una doble sorpresa: por el número de gente, pero sobre todo por la actitud, tan cariñosa, tan inesperadamente familiar. Me sentí un dibujo animado...salido de una caja de cereal.
Daniel dice: ¿Va a ‘buscar novia’ por mucho tiempo?
Renato dice: No tengo ningún plan trazado. No me imagino tener 40 años y seguir en el mismo plan. Eso ya no sería chistoso. Supongo que lo mantendré un tiempo más, pero si me enamoro algo habrá que hacer.
Daniel dice: ¿Y es que ha resultado tan difícil enamorarse?
Renato dice: Un poco difícil: mientras más viejo te haces más maniático y celoso de tu espacio te vuelves... eso hace que el compromiso sea algo pesado.
martes, 19 de agosto de 2008
Fanny y el retumbar de pasos de gigante
Grande entre los grandes, su nombre se fundió con la palabra teatro. Luchó a brazo partido por la cultura de un país, que ahora, tras su partida, no oculta la sensación de orfandad.
El mensaje con dos inmensas verdades llegó a decenas de celulares después de las 4 de la mañana: “Te aviso que a las 2:12 a.m. nuestra amada Fanny falleció”.
Nuestra, porque le dedicó su vida a concebir una verdadera cultura del teatro en Colombia, pese a haber nacido a miles de kilómetros. Amada por gente de la cultura -una buena parte, sin dudarlo- y cuando menos admirada y respetada.
Después de días de revuelo, de ires y venires, la función de Fanny Mickey, la mujer de pelo naranja cuidadosamente revuelto, alma y corazón de las artes escénicas nacionales en las últimas décadas, terminó.
Es Vicky Hernández, una de las grandes actrices que ha parido este país, quien en una frase logra reunir el dolor que causa entre artistas y espectadores la muerte de la ‘mujer orquesta’, como le gustaba que la llamaran.
“Hoy el teatro queda huérfano y los actores sin rumbo”, dice mientras que la inmensa nostalgia que sólo pueden entender los que han tenido que ver partir a sus amigos, hace que su voz se estremezca y sólo se pueda recuperar tras largos silencios.
Provocadora, cáustica si se quiere, visionaria, infatigable, Fanny fue una gigante que a su paso dejó huellas hondas. No dudó a la hora de tumbar de un soplido muros en favor del arte. Fue una de las responsables de sacar el teatro de los círculos bohemios y eruditos para traducirlo al lenguaje de la gente de a pie, de cualquiera con la sensibilidad necesaria para disfrutarlo y, ante todo, quererlo.
La energía desbordaba a Fanny Mickey. A sus 74 años, hace apenas unas semanas se embarcó en una nueva gira nacional. Después de revivir a petición del público en Bogotá su Perfume de arrabal y tango, un montaje al estilo café concierto –género que ella trajo al país en los setenta con la propuesta Mamá Colombia- decidió llevarlo a otras ciudades, entre ellas, por supuesto, a su Cali querida, tierra en la que aprendió a bailar salsa y en la que Colombia la enamoró.
De Cali en Cali
Sobre el escenario del Teatro Municipal de Cali, ese mismo en el que los vallunos la despidieron ayer en medio de una fiesta, dio su última función de ese espectáculo en el que, acompañada de orquesta y bailarines, dejaba que su voz se rasgara para cantar los tangos que más le gustaban, regalándose a un público, que antes que nada quería verla a ella, a la diva, al mito.
Fue en 1959 cuando la vida usó el amor como excusa para traerla a Colombia. La en ese entonces actriz de 25 años nacida en Buenos Aires, en 1934, llegó al país junto a Pedro Martínez, su pareja de entonces, un actor gaucho importado para darle vuelo a la naciente televisión nacional.
De nuevo la vida dio otro giro de tuerca. Fanny y Martínez terminaron en el Teatro Experimental de Cali -bajo la dirección del maestro Enrique Buenaventura- uno de los grandes laboratorios en los que se han forjado los ‘titanes’ de las artes escénicas nacionales.
Casi 50 años más tarde la vida la llevó de regreso a Cali para que dijera adiós. La Sultana del Valle vio la primera y última función de la actriz y directora en el país.
En medio de partos
“Fanny era un ser que no parecía de este mundo. Era toda bondad, toda desprendimiento. Vivía más por los demás que por ella misma, por eso emprendía labores titánicas”, dice con voz más grave que de costumbre Julio César Luna, actor y director, otro del puñado de grandes del arte nacional y un convencido de que nadie podrá reemplazar a la mujer que logró fundir su nombre con la palabra ‘teatro’, tras pasar 60 de sus años sobre los escenarios.
Fanny se fue, no cabe duda, teniendo la plena certeza de que sus hijos estaban listos para caminar solos. Daniel, fruto de su amor con el colombiano Carlos Álvarez, le heredó el gusto por el mundo cultural.
Los menores, la Fundación Teatro Nacional y el Festival Iberomericano de Teatro de Bogotá, también hicieron hace rato sus vidas.
La Fundación nació en 1978, después de que Mickey dirigiera cinco ediciones del Festival de Arte de Cali, de que administrara el Teatro Experimental de Cali, de que le diera vida junto a Jorge Alí Triana al Teatro Popular de Bogotá, de su regreso a Argentina y su retorno a Colombia, seducida por los Cien años de soledad, de García Márquez.
“Aquí aprendió a gritar ¡Macondo, güepajé!, y el acordeón fue el hermano de su bandoneón”, dice uno de los versos de la canción que hace un par de años el actor y músico César Mora, le escribió.
Ese, el segundo de sus hijos, ya celebró sus bodas de plata, teniendo tres sedes -La Castellana, La 71 y la Casa del Teatro- además de temporadas permanentes, más de 130 montajes en su haber, la visita de un centenar de grupos nacionales, y un récord histórico que supera las 13 mil funciones, las 60 giras nacionales y los 7 millones de asistentes, sin contar los conciertos y talleres.
“Fanny será siempre la reina del teatro en Colombia, ese lugar lo conquistó con su fe inquebrantable y su pasión por lo que hacía. Su vida fue teatro puro (...) Su legado a la vida cultural y artística de Colombia es inmenso. La despedimos con amor y gratitud, y le pedimos que desde el más allá nos siga inspirando con su gran espíritu” dicen sus amigos, los que quedan a cargo de la Fundación.
Fanny parió en 1988 el Festival -el más importante de su tipo en Iberoamérica- junto a Ramiro Osorio. Aunque muchos vieron al niño con desconfianza, como si padeciera una enfermedad que no lo dejaría vivir mucho tiempo, les ganó el pulso y este año cumplió veinte, trayendo lo mejor del teatro a Bogotá, casi mil compañías de los cinco continentes y millones y millones de espectadores.
En la más reciente edición del Festival, la undécima, Fanny se le midió a volar junto a los actores de Caídos del Cielo, una de las obras más impactantes del teatro aéreo mundial. Amarrada a un arnés y acompañada de ángeles, se elevó en la Plaza de Toros La Santamaría, en medio del espectáculo cumbre del evento. El momento mágico fue inmortalizado en uno de los programas de Pirry, y ahora suena a que la mujer que siempre reía estaba preparándose para partir. “¡Se lució, Fanny se lució!”, gritó el público ese día. Siempre se lució.
Ecos, ecos, ecos
“Sembradora de ilusiones, de festivales de pasiones, amiga de sus amigos. Ella vive por el placer de vivir” dice otro de los versos de la canción de Mora. Más que obras -participó en unas 200 como directora o actriz-, festivales y escenarios, Fanny Mickey cosechó amigos. Por décadas fue guía de principiantes que luego se hicieron grandes actores y directores, y que no dudan en llamarla maestra, ellos piden que el Teatro de La 71 lleve su nombre.
“Aún la recuerdo en medio de escenas, vestidos, textos y viajes. Su alegría y peculiar acento argentino la hicieron un ser inigualable (...) Juntas vivimos momentos de inmensa felicidad, pero también de mucha tristeza. El recorrido por el camino de la cultura siempre fue muy difícil, pero nunca bajó guardia. Ella estaba hecha de un material que muy difícilmente se vuelve a repetir” dice entre suspiros Vicky Hernández, para muchos la llamada a asumir las riendas del legado.
“Los actores tenemos un gran compromiso con la cultura y es seguir trabajando para que ese posicionamiento a nivel nacional e internacional no quede en el limbo -comenta- el teatro llora su ausencia pero, la mejor forma de recordarla es no dejar morir los sueños por los que a lo largo de su vida lucho incansablemente”.
“Nadie podrá reemplazarla, insisto”, sentencia Julio César Luna.
viernes, 25 de julio de 2008
Un acercamiento al intrigante ‘otro yo’ de Pablo Ramos
Pablo Ramos creó a Gabriel para que fuera su alter ego literario, ese personaje a través del cual cuenta lo que tiene en su alma.Gabriel, el muchacho de la vida dura, llena de golpes y de caídas, ese que sigue viviendo a pesar de todo, es el protagonista de El origen de la tristeza y La ley de la ferocidad, novelas que el escritor argentino presentó esta semana en Bogotá.
En la primera, Ramos le da a un Gabriel adolescente un mundo complicado, lleno de miedo y violencia, en el que debe sobrevivir y sobretodo crecer.
En La ley de la ferocidad, el muchacho ya es todo un hombre que escribe para sacarse la rabia, estando borracho o drogado, o después de sus encuentros fortuitos con amantes de turno.
Ramos, el titiritero tras bambalinas, nació en 1966. Antes de ser narrador escribió poesía, y ahora desconfía de los escritores que nunca escribieron versos.
En su libro de poemas lo Pasado pisado –malos poemas según confiesa-, Gabriel respiró por primera vez para luego saltar a una historia de largo aliento, que además de las dos novelas que presentó en Colombia, se narra en un par de volúmenes más.
Uno de ellos, ya terminado, describe la muerte del personaje a los 74 años, el otro, cuenta la historia desde su punto de vista de su madre.
El argentino, un hombre que habla sin afanes, asegura que le dio vida a Gabriel, como una instancia para que el lector llegue a él como escritor.
“Creé ese personaje para poner un velo, un poco de pudor, entre el lector y Pablo Ramos, porque de alguna manera estoy hablando de mí”, dijo el escritor en conversación con El PERIÓDICO.
Y es que la de Gabriel, según explica el argentino, es su historia, no al pie de la letra, pero sí en esencia.
“Con los escombros de mi vida construí los ladrillos de mi literatura -dice emulando a Sartre- Nadie podría encontrar en los libros detalles de mi vida privada, pero sí un mapa de mi alma, las vivencias de mi realidad, puesta en un mecanismo de ficción, en una mentira enorme que trata de hablar de una verdad más profunda”.
Esa realidad podría definirse como una fotocopia de una fotocopia de la vida de Pablo Ramos, a través de la cual se exorciza, saca todo aquello que lo atormentó en una vida ligada a las drogas y a los desatinos. “Me parece interesante tomar un personaje, llevarlo y explotarlo al máximo.
El objeto de mi literatura y de mi preocupación es el fenómeno humano. Escribiendo desde el personaje puedo llegar a explorar ese tema.
No el ser humano como objeto, sino como fenómeno que se desarrolla y se manifiesta”, asegura el autor refiriéndose a Gabriel, quien además de ser el centro de cuatro novelas, aparecerá de pasada en una novela que corte policial.
A estas alturas resultaría un sacrilegio que el personaje hubiera sido bautizado al azar por Ramos. “Gabriel Alejandro es el nombre de mi hermano, la persona más sensible y hermosa que dio la humanidad, y que no para de meterse droga, y que no puedo ayudar. No puedo hacer nada”.
Mi video con la película de la operación de Jaque (Publicada el mismo día que la columna de Daniel Samper sobre el mismo tema)
Ahora resulta que la mentadísima operación Jaque será llevada al cine. Son como 10 los estudios interesados en la historia, definitivamente muy acorde a los principios hollywoodenses de la sensatez y proporcionalidad: varios militares que se hacen pasar por miembros de una misión humanitaria para rescatar a 15 secuestrados, con un final muy feliz.
Lejos de los no pocos cuestionamientos que despertó la maniobra militar, la idea de ver a Ingrid y compañía -aunque sean representados por actores- en la pantalla grande, causa ilusión y a la vez, como nos sucede casi siempre, algo de temor.
Quiero aprovechar, como colombiano común y corriente, para pedir desde ya algunos favores a aquellos que sean escogidos para rodar la cinta.
Para empezar, de por Dios, que la película sea en español. Me pasa un frío por la espalda sólo con imaginarme al actor que represente al teniente Raimundo Malagón diciendo en la escena en la que los secuestrados suben al helicóptero en medio de la selva, “I’m the lieuteniant Malagon, of the glorious Colombia’s National Army, kidnapped for multiple factors” (“Yo soy el teniente Malagón del glorioso Ejército Nacional de Colombia, secuestrado por múltiples factores”). Peor resulta hacerme una imagen del sargento José Ricardo Marulanda, ya en Catam, gritando emotivamente “Welcome to the freedom!” (“¡Bienvenido a la libertad!”).
Sigo. En segundo lugar quisiera rogar que, en lo posible, les den la oportunidad a actores colombianos de representar a colombianos. Lo que pasa es que me incomoda ver siempre a mexicanos encarnando a mis compatriotas en el cine en películas como ‘Riesgo en el aire’ de Nicolas Cage. No todos tenemos dientes de oro, ni somos tuertos, ni usamos mostacho.
Desearía también que en las escenas de la película en las que se haga referencia a Bogotá, la capital no sea representada como una ciudad repleta de palmeras, sin semáforos o puentes, en la que las gallinas pululan en las esquinas, y que los bogotanos no seamos mexicanos tropicales en guayabera y pantalón blanco que cargan bazucas en el pantalón, como en Señor y señora Smith, la peli de la Jolie y Pitt.
Por favor, no les cambien el nombre a los personajes. Que Ingrid Betancourt no se convierta en Sharon Williams. No permitan que el sargento Erasmo Romero se llame Mark Woolf o Sthephen McCain. Eso es fundamental, no lo olviden.
Sé que una de las imágenes recurrentes en Hollywood es la del ‘súperpresidente’. En Air Force One, Harrison Ford se metió en los zapatos de James Marshall, mandatario de Estados Unidos, quien en uno de sus viajes es secuestrado por un grupo de rusos. Pues Marshall se agarra a golpes con los malos y los mata a casi todos. ¿Sería mucho pedir que en la película al presidente Uribe -por favor, que no se llame Charles Reeves- no le dé por hacer parte activa de la operación Jaque, disfrazándose de militar para ser una suerte de Rambo?
Les agradezco tomar nota de estos sencillos puntos aunque sinceramente creo que los pasarán por alto.
Lejos de los no pocos cuestionamientos que despertó la maniobra militar, la idea de ver a Ingrid y compañía -aunque sean representados por actores- en la pantalla grande, causa ilusión y a la vez, como nos sucede casi siempre, algo de temor.
Quiero aprovechar, como colombiano común y corriente, para pedir desde ya algunos favores a aquellos que sean escogidos para rodar la cinta.
Para empezar, de por Dios, que la película sea en español. Me pasa un frío por la espalda sólo con imaginarme al actor que represente al teniente Raimundo Malagón diciendo en la escena en la que los secuestrados suben al helicóptero en medio de la selva, “I’m the lieuteniant Malagon, of the glorious Colombia’s National Army, kidnapped for multiple factors” (“Yo soy el teniente Malagón del glorioso Ejército Nacional de Colombia, secuestrado por múltiples factores”). Peor resulta hacerme una imagen del sargento José Ricardo Marulanda, ya en Catam, gritando emotivamente “Welcome to the freedom!” (“¡Bienvenido a la libertad!”).
Sigo. En segundo lugar quisiera rogar que, en lo posible, les den la oportunidad a actores colombianos de representar a colombianos. Lo que pasa es que me incomoda ver siempre a mexicanos encarnando a mis compatriotas en el cine en películas como ‘Riesgo en el aire’ de Nicolas Cage. No todos tenemos dientes de oro, ni somos tuertos, ni usamos mostacho.
Desearía también que en las escenas de la película en las que se haga referencia a Bogotá, la capital no sea representada como una ciudad repleta de palmeras, sin semáforos o puentes, en la que las gallinas pululan en las esquinas, y que los bogotanos no seamos mexicanos tropicales en guayabera y pantalón blanco que cargan bazucas en el pantalón, como en Señor y señora Smith, la peli de la Jolie y Pitt.
Por favor, no les cambien el nombre a los personajes. Que Ingrid Betancourt no se convierta en Sharon Williams. No permitan que el sargento Erasmo Romero se llame Mark Woolf o Sthephen McCain. Eso es fundamental, no lo olviden.
Sé que una de las imágenes recurrentes en Hollywood es la del ‘súperpresidente’. En Air Force One, Harrison Ford se metió en los zapatos de James Marshall, mandatario de Estados Unidos, quien en uno de sus viajes es secuestrado por un grupo de rusos. Pues Marshall se agarra a golpes con los malos y los mata a casi todos. ¿Sería mucho pedir que en la película al presidente Uribe -por favor, que no se llame Charles Reeves- no le dé por hacer parte activa de la operación Jaque, disfrazándose de militar para ser una suerte de Rambo?
Les agradezco tomar nota de estos sencillos puntos aunque sinceramente creo que los pasarán por alto.
Conversaciones con Alberto Salcedo Ramos
Salcedo, autor de los libros De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas y El oro y la oscuridad -un confrontante retrato de Kid Pambelé-, y colaborador habitual de las revistas El Malpensante y Soho, es uno de los más de cuarenta periodistas que se reunirán desde hoy en el encuentro ‘Los nuevos cronistas de Indias’, que hace parte de la programación de la Feria del Libro.Junto al colombiano, figuras de la talla del mexicano Juan Villoro, el argentino Martín Caparrós, el peruano Julio Villanueva Chang, el chileno Juan Pablo Meneses y la venezolana Sandra Lafuente, conversarán de su oficio ante el público capitalino, en uno de los eventos más importantes de la feria.
Fue precisamente entorno a la crónica y al cronista que EL PERIÓDICO conversó con Salcedo Ramos, a vísperas de su participación en el encuentro.
¿Cuáles son esas características fundamentales que debe tener un buen cronista?
Yo siempre les he huido a las fórmulas.
Sin embargo, si me pones una soga al borde del cuello y me obligas a citar algunas virtudes necesarias, te hablaría, en primer lugar, de la sagacidad en la mirada, de la necesidad de tener una voz propia para nombrar el mundo que se va a contar.
También mencionaría una cualidad de la que casi nadie habla: la paciencia.
Hay que estar en el lugar de nuestra historia tanto tiempo como sea posible, para conocer mejor la realidad que vamos a narrar.
La realidad es como una dama esquiva que se resiste a entregarse en los primeros encuentros.
Por eso suele esconderse ante los ojos de los impacientes. Hay que seducirla, darle argumentos para que nos haga un guiño.
Alfred Hitchcock decía que el “cine es como la vida pero sin los momentos aburridos”. Yo le robo siempre esa frase para definir la crónica.
Muchos de los más importantes cronistas del continente están presentes en el encuentro ¿qué opinión le merecen?
Es una maravilla estar en el mismo espacio con cronistas a los que admiro tanto. Estar con ellos en el mismo sitio, hablando del oficio, es algo bonito, algo grato.
Y asustador, también. Muchos de ellos son cronistas que están ya en su punto más alto de producción.
Han alcanzado lo que podría llamarse sin ningún titubeo el estadio de la maestría.
Por ejemplo, Caparrós, Villoro, Leila Guerriero y Villanueva Chang, ya son maestros de la crónica.
¿Y usted en qué nivel está?
Me queda complicado decirlo a mí mismo, pero sé que haré mejores trabajos de los que he hecho hasta ahora.
El espacio que había para las crónicas ha tendido a desaparecer en los periódicos, y han surgido muchas revistas que se especializan en el género ¿qué piensa de esta marginación de los diarios?
Pienso que hay miopía de parte de los editores.
En algún momento de nuestra historia reciente se puso a circular el rumor de que la crónica “no vende”. Muchos compraron esa idea, y dejaron de darle al género el espacio que necesita para contar el país.
Juan José Hoyos, un maestro del periodismo al que admiro y quiero, contaba que para publicar sus crónicas tenía que mandarlas al periódico los jueves, porque ese día los editores jugaban golf y entonces no había nadie que se las rechazara.
Me gustaría ver más crónicas en los periódicos, no como reemplazo de las noticias, que siguen siendo indispensables, sino como complemento de ellas.
¿Para qué sirve la crónica?
Para ponerle rostro humano a los hechos y para convertir la información en memoria.
La crónica es un género periodístico para narrar temas esenciales del ser humano, para narrarlos e interpretarlos.
Julio Villanueva Chang cree que el buen cronista es un traductor de significados profundos. Me gusta esa manera de ver el tema.
Un buen cronista debe ser, de entrada, un reportero diligente. Una persona que se unte de barro, que se sumerja en ríos, que haga su trabajo de manera humilde para interactuar con la realidad.
No me gusta el cronista que está lejos, en un espacio cerrado, creyendo que él es muy inteligente y muy listo, y que por eso, desde su cubículo intocable va a comprender el mundo y a revelarlo ante nuestros ojos.
Me gusta el cronista que no pierde las ganas de andar a pie y de escuchar a la gente.
¿Cuál ha sido su crónica más sufrida?
Estoy escribiendo sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia. Recorrer esa zona minada y hablar con la gente fue una experiencia dura.
Pero en general te podría decir que la palabra sufrimiento no figura en mi diccionario para describir un oficio que me apasiona, como es este de contar historias.
Recomiende una crónica que todo cronista debería leer.
‘Cosas que escuché en La Habana’, de Juan Villoro. Un compendio de inteligencia, de sagacidad, de observación, de sensibilidad, de belleza, de humor.
La recomiendo por todo eso.
¿Y en Colombia?
‘Un fin de semana con Pablo Escobar’, de Juan José Hoyos.
Opinión: No coja el cine colombiano a patadas
Imagínese esto. En los últimos meses usted ha dedicado todo su tiempo a pintar un cuadro. Ha pensado cuadro, comido cuadro y dormido cuadro, por días y días. Se ha gastado sus últimos centavos en el lienzo, pinturas, pinceles y demás.
Incluso ha vendido su reloj para sustentar los gastos que conlleva el pintar un cuadro.
Finalmente y después de dejar el alma en el proyecto, el cuadro está terminado. Es suyo. Es lo que pensó.
Es una obra de arte que nació hace mucho de una idea pequeña y que fue madurando a base de esfuerzo y trabajo.
En cada pincelada usted, el pintor, puso toda su pasión. Cuando los trazos no iban de acuerdo al plan usted se preocupó y se quemó las pestañas componiendo el camino.
Pero ya todo pasó y tiene en frente su obra.
Para celebrar decide ir a la cocina a tomarse un café y cuando regresa cinco tipos están acabando el cuadro a patadas y usted no puede hacer nada.
Son muchos y no hay forma de detenerlos. Lo único que puede hacer es, con lágrimas en los ojos, ver cómo estos personajes acaban en dos minutos con su sueño.
Pues el pintor es el equipo de producción de la película colombiana ‘Perro come perro’ que lleva casi un mes viendo como la gente que compra películas piratas le acaba el cuadro a patadas.
Y es que es muy fácil conseguir una copia de la cinta en país plagado de piratas.
Incluso he escuchado de gente a la que le han ofrecido ‘Perro come perro’ por mil pesos.
Señores, eso no costó ni el sánduche que se le dio a un extra durante el rodaje. Con mil pesos uno compra una gaseosa y una menta, listo.
El trabajo y el sacrificio de varios años de un grupo de personas que quieren que este país haya industria cinematográfica, queda reducido a ‘pinches’ mil pesos.
De verdad que eso no tiene ninguna justificación. Muchos piensan que el director y compañía se van a enriquecer si la gente va a las salas a ver la película. Qué va. Muchas veces con esa plata ni siquiera se recupera la inversión.
Yo hablé con Carlos Moreno, director de la película, a finales de 2007, cuando se supo que ésta iba a estar en el Festival de Sundance.
Ese día, después de ver el filme, con el orgullo del que ve al hijo izando bandera, Moreno me contó cómo ‘Perro come perro’ era un sueño que había nacido cuando él y varios de sus colaboradores estaban en la universidad.
A la falta de plata le pudo el talento, le pudieron las ganas y la película se hizo realidad.
Después vinieron los tipos a desbaratar el cuadro a patadas.
Si a usted le duele un rayoncito en la puerta del carro que compró ‘apretándose el cinturón’, imagínese lo que pudieron sentir el equipo de producción y el grupo de actores de ‘Perro come perro’ al enterarse de que se habían robado la película para venderla en los semáforos y sanandresitos.
Eso pasa todos los días y por eso nuestra industria no crece.
Hoy es ‘el perro’ que ha dejado muy en alto el nombre del país en varios festivales del mundo, mañana podría ser cualquier otra película colombiana.
Le propongo algo: si no ha visto la película vaya a cine y disfrútela.
Acuérdese de que los martes, y todos los días antes de las 3 de la tarde y después de las 10 de la noche, la boleta es más barata.
Si la compró pirata, nada, a lo hecho pecho.
Coja ese DVD que ‘huele a picho’ y bótelo, y después vaya a cine y vea ‘Pero come perro’, como toca, porque a nadie le gusta que le desbaraten el cuadro a patadas. No coja el cuadro de Moreno a patadas.
Incluso ha vendido su reloj para sustentar los gastos que conlleva el pintar un cuadro.
Finalmente y después de dejar el alma en el proyecto, el cuadro está terminado. Es suyo. Es lo que pensó.
Es una obra de arte que nació hace mucho de una idea pequeña y que fue madurando a base de esfuerzo y trabajo.
En cada pincelada usted, el pintor, puso toda su pasión. Cuando los trazos no iban de acuerdo al plan usted se preocupó y se quemó las pestañas componiendo el camino.
Pero ya todo pasó y tiene en frente su obra.
Para celebrar decide ir a la cocina a tomarse un café y cuando regresa cinco tipos están acabando el cuadro a patadas y usted no puede hacer nada.
Son muchos y no hay forma de detenerlos. Lo único que puede hacer es, con lágrimas en los ojos, ver cómo estos personajes acaban en dos minutos con su sueño.
Pues el pintor es el equipo de producción de la película colombiana ‘Perro come perro’ que lleva casi un mes viendo como la gente que compra películas piratas le acaba el cuadro a patadas.
Y es que es muy fácil conseguir una copia de la cinta en país plagado de piratas.
Incluso he escuchado de gente a la que le han ofrecido ‘Perro come perro’ por mil pesos.
Señores, eso no costó ni el sánduche que se le dio a un extra durante el rodaje. Con mil pesos uno compra una gaseosa y una menta, listo.
El trabajo y el sacrificio de varios años de un grupo de personas que quieren que este país haya industria cinematográfica, queda reducido a ‘pinches’ mil pesos.
De verdad que eso no tiene ninguna justificación. Muchos piensan que el director y compañía se van a enriquecer si la gente va a las salas a ver la película. Qué va. Muchas veces con esa plata ni siquiera se recupera la inversión.
Yo hablé con Carlos Moreno, director de la película, a finales de 2007, cuando se supo que ésta iba a estar en el Festival de Sundance.
Ese día, después de ver el filme, con el orgullo del que ve al hijo izando bandera, Moreno me contó cómo ‘Perro come perro’ era un sueño que había nacido cuando él y varios de sus colaboradores estaban en la universidad.
A la falta de plata le pudo el talento, le pudieron las ganas y la película se hizo realidad.
Después vinieron los tipos a desbaratar el cuadro a patadas.
Si a usted le duele un rayoncito en la puerta del carro que compró ‘apretándose el cinturón’, imagínese lo que pudieron sentir el equipo de producción y el grupo de actores de ‘Perro come perro’ al enterarse de que se habían robado la película para venderla en los semáforos y sanandresitos.
Eso pasa todos los días y por eso nuestra industria no crece.
Hoy es ‘el perro’ que ha dejado muy en alto el nombre del país en varios festivales del mundo, mañana podría ser cualquier otra película colombiana.
Le propongo algo: si no ha visto la película vaya a cine y disfrútela.
Acuérdese de que los martes, y todos los días antes de las 3 de la tarde y después de las 10 de la noche, la boleta es más barata.
Si la compró pirata, nada, a lo hecho pecho.
Coja ese DVD que ‘huele a picho’ y bótelo, y después vaya a cine y vea ‘Pero come perro’, como toca, porque a nadie le gusta que le desbaraten el cuadro a patadas. No coja el cuadro de Moreno a patadas.
Opinión: Escritores o escribidores: cuestiones semánticas
Es sencillo: uno puede creerse el cuento de ser un escritor mientras la gente se ríe de semejante disparate. Si bien en cierto que el quiera puede escribir lo que se le dé la gana y publicarlo cuando se le dé la gana, esto no quiere decir que eso inmediatamente conceda el estatus de ‘escritor’.
De ninguna manera.
Eso es algo que se gana a pulso, con trabajo, y sobre todo, con talento. No hay otro camino, y aunque mucha gente lo tiene claro, otra tanta se obstina en seguir ‘prostituyendo’ este oficio.
‘Ilustradora/filósofa/escritora’: de esa manera se presenta en un blog una jovencita que está haciendo el deber de tener un proyecto literario, pero que hasta ahora está arrancando.
Es esa actitud la que propicia que mucha gente con talento para llegar a ser alguien en el mundo de las letras se frustre para siempre, es esa actitud la que llena de malos libros las librerías y es esa actitud la que concibe miles y miles de seudo bohemios/seudo mamertos, que no creen en nadie porque se ven como la reencarnación de Borges o Cortázar. No, no y no. Así no funcionan las cosas.
No es suficiente con publicar un cuento en Internet, para poder estar gritando a diestra y a siniestra que uno es escritor, tiene mucho mérito, pero no basta.
Después de darle vueltas en la cabeza creo que identifiqué el foco de este mal endémico.
La ignorancia rampante es la que genera esta situación. Muchos prospectos de escritores se conforman con tener modelos literarios muy básicos, a los que finalmente es muy fácil aproximarse y como consecuencia caen en la trampa de creerse maestros de las letras.
Leyendo a autores de ‘media petaca’ se llega a ser un escritor de ‘media petaca’ o lo que muchos han preferido llamar ‘escribidor’.
Quiénes prefieren leer grandes autores tienen claro que lo que hacen dista mucho de lo que puede considerarse literatura. Ese ejercicio genera la conciencia de que hay que trabajar muy duro para pulirse.
De eso da fe uno de los más grandes autores que ha parido este planeta: el excéntrico Truman Capote. El estadounidense se refirió a su vocación como escritor en el prólogo de Música para camaleones.
“Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal” escribió.
No tengo nada más que decir.
De ninguna manera.
Eso es algo que se gana a pulso, con trabajo, y sobre todo, con talento. No hay otro camino, y aunque mucha gente lo tiene claro, otra tanta se obstina en seguir ‘prostituyendo’ este oficio.
‘Ilustradora/filósofa/escritora’: de esa manera se presenta en un blog una jovencita que está haciendo el deber de tener un proyecto literario, pero que hasta ahora está arrancando.
Es esa actitud la que propicia que mucha gente con talento para llegar a ser alguien en el mundo de las letras se frustre para siempre, es esa actitud la que llena de malos libros las librerías y es esa actitud la que concibe miles y miles de seudo bohemios/seudo mamertos, que no creen en nadie porque se ven como la reencarnación de Borges o Cortázar. No, no y no. Así no funcionan las cosas.
No es suficiente con publicar un cuento en Internet, para poder estar gritando a diestra y a siniestra que uno es escritor, tiene mucho mérito, pero no basta.
Después de darle vueltas en la cabeza creo que identifiqué el foco de este mal endémico.
La ignorancia rampante es la que genera esta situación. Muchos prospectos de escritores se conforman con tener modelos literarios muy básicos, a los que finalmente es muy fácil aproximarse y como consecuencia caen en la trampa de creerse maestros de las letras.
Leyendo a autores de ‘media petaca’ se llega a ser un escritor de ‘media petaca’ o lo que muchos han preferido llamar ‘escribidor’.
Quiénes prefieren leer grandes autores tienen claro que lo que hacen dista mucho de lo que puede considerarse literatura. Ese ejercicio genera la conciencia de que hay que trabajar muy duro para pulirse.
De eso da fe uno de los más grandes autores que ha parido este planeta: el excéntrico Truman Capote. El estadounidense se refirió a su vocación como escritor en el prólogo de Música para camaleones.
“Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal” escribió.
No tengo nada más que decir.
viernes, 9 de mayo de 2008
Cuento: A eso quedé reducido
Iba leyendo a Bolaño. Con el tiempo, y a fuerza de costumbre perfeccioné mi técnica para leer de píe dentro de un Transmilenio en movimiento y lleno de gente. Al principio costó algo de trabajo mantener el equilibrio sosteniendo el libro con ambas manos. La postura de un píe adelante y otro atrás, separados formando una suerte de arco, y procurando recostarme contra la puerta, o a una de la varillas de sujeción, o a cualquier cosa -o persona-, se hizo natural, instintiva. Iba leyendo a Bolaño, Llamadas telefónicas, Sensini. Una vez me monté en el gusano gigante -detrás de mí entró una horda que en un segundo me tiró contra la ventana-, me puse en posición, y sin mirar saqué de la maleta a Bolaño. El libro púrpura estaba nuevo. Me lo prestó Juaco. Lo compró esa tarde y yo lo destapé. Me lo dio en la universidad cuando le conté que por la mañana había terminado el de Borges. Estrénese este, dijo Juaco sacando Llamadas telefónicas de una bolsa. Tiene ocho días mientras yo termino el que estoy leyendo. No conocía al tal Bolaño pero lo recibí de buena gana, el Juaco tiene muy buen gusto. Iba para mi casa a ver una película, o a leer, o a dormir, o a aburrirme como todos los viernes, daba igual. El bus se movía intermitentemente, y en cada parada se embutía más gente quejumbrosa. El frenón más fuerte hizo que una señora me clavara el codo en las costillas, entonces me acordé de la vez que un tipo también me clavó el codo en las costillas jugando fútbol y de cómo mi primo le rompió la cara de un coñazo por eso. También me acordé de la vez en que mi primo, unos amigos y yo fuimos a escalar. Ese día se me rayó el reloj con una piedra, el que me costó cincuenta mil pesos en San Andresito. Hice cuentas mentalmente y cincuenta mil pesos era lo que tenía entre lo que había ahorrado esa semana y la plata que me dio Marcela por haberle hecho el ensayo de Unamuno, lo suficiente como para comprarme uno o dos libros y comer algo en Unicentro. Cerré el libro de Bolaño, y con trabajos me bajé en la siguiente estación, la de la 127.
No tenía afán así que caminé despacio hasta Unicentro pensando en el reloj que dañé escalando -cómo me gustaba-, en un idiota que llevaba el radio del carro a todo volumen, al punto que el chis-pum se nos metía en el pecho a todos los que íbamos por la acera, y en lo bonito que sería ir, desmontar el radio y bailar chis-pum encima de él. No te rayes, hubiera dicho Sofía si todavía estuviéramos saliendo. Y por algún tiempo -el que estuve con Sofía- no me rayé por nada, hasta que peleamos y volví a rayarme con cierta frecuencia. ¿Qué será de la vida de Sofí?. Unicentro estaba lleno de mocosos de colegio por todos lados. Claro, los viernes siempre es así, ojalá me hubiera acordado. Bueno, quería comprar Pedro Páramo y uno de Cortazar, el que fuera, y comerme un burrito. Antes que nada fui a lavarme las manos, tenerlas sucias me hace sentirlas pesadas como un par de barriles. Fui a la librería y empecé a recorrerla -cuando no hay prisa uno se toma todo el tiempo del mundo para ver libros- con el firme propósito de terminar mi paseo en la sección de Literatura Hispanoamericana en donde Rulfo y Cortazar iban a estar esperándome; después el burrito, pensé. Ya llevaba como veinte minutos leyendo contraportadas de libros cuando Antonio me sacudió de una palmada en la espalda. No nos veíamos desde hacia rato, como dos años, calculo. Toño y yo nos cansamos de hablar en medio de las estanterías de la librería y nos fuimos para el café del centro comercial. Mi plan era volver por los libros, en serio, pero se me embolató el camino, y no sólo ese día. La conversación fue igual que todas, Antonio habló de todo y yo de muy poco. El tipo se había ido a Inglaterra, había vuelto, se compró una moto y la vendió para comprar un carro, y lo vendió para irse para Australia, y terminó con Mariana, y volvieron, pero terminaron otra vez porque ella se fue a vivir a Lima con los papás, y ese día estaba en la librería comprando unos comics cuando me vio. ¿Y usted qué? preguntó, bien, dándole, respondí con simpleza, y es que Toño no es el tipo de persona a la que uno le cuenta que ya no anda con Sofía porque esa vaina no iba para ningún lado y que estaba mamado, o que ha decidido no volver a componer porque sólo sale basura, mucho menos, que uno está seguro de que su destino es estar sólo, porque por alguna razón no se aguanta ninguna vieja. Pero con todo eso quiero a Toño y es mi amigo, no el de hablar, más bien el de ver muy de vez en cuando –preferiblemente por casualidad- para tomarse un café en Unicentro una tarde en la que todo da lo mismo. Menos mal que Antonio está tan ocupado contando sus ires y venires que no se molesta en conocer con detalle los de los demás, así es mejor, prefiero no decir mucho. Me dio gusto hablar con él, me dio gusto encontrármelo, y me dio más gusto que pagara los cafés. Nos vemos en unos cinco años, pensé con algo de nostalgia cuando nos despedimos. De verdad que quiero al Toñito.
El principal problema para que usted no se meta con ninguna vieja es usted mismo, me dijo Juaco un día, es que se pasa de neurótico, con todo respeto, me advirtió, ese ego suyo es el caparazón en el que se esconde cuando lo intimidan, por eso cualquier vieja por bonita -o fea- que sea para usted termina reducida a una pobre bruta con la que no se puede ni hablar, se lo digo por puro cariño, porque los amigos se deben escupir esas vainas en la cara. ¿Por qué no les da una oportunidad? No le estoy diciendo que se las cuadre, pero siempre es bueno tener amigas, además, uno no puede ser sólo profundidad, hay que relajarse, vea que en cualquier momento llega la que le da tres vueltas sin importar lo bruta, y se le devuelve el taponazo.
Toño cogió para la izquierda, yo, por supuesto para la derecha, así tuviera que dar una vuelta larga para volver a la librería. El libro de Cortazar que quería, y ya estaba decidido, era Todos los fuegos el fuego, ese lo leí en el colegio y alguien me lo robó. Era un buen momento para recuperarlo y releerlo. Entré a orinar, luego seguí caminado y cuando pasaba frente a la tienda de discos la vi. Nadie lo notó estoy seguro. A ella seguramente no le hubiera gustado la forma en que la miraba. No, nada de morbo, más bien era un cóctel de miedo y extrañeza el que me estaba tomando. Supongo que a estas alturas es obvio que no fui capaz de quitarle los ojos de encima en un buen rato; me la aprendí de memoria, el cabello, los ojos, la piel, las manos, los labios brillantes, incluso el cuello largo. Debía ser tan alta como yo, pero no se fíen de mi habilidad para calcular esas cosas. Aunque me sonroje, espero que entiendan el que me quede así, debo reconocer que empecé a respirar agitadamente, y que una ansiedad se me metió en el cuerpo repentinamente, como si estuviera esperando una noticia de vida o muerte. Pero yo no era el único que la observaba, ya que sus movimientos, para nada vulgares, aclaro, no le permitían pasar desapercibida. Sin darme cuenta me acerqué hasta que la tuve enfrente, y atrás en tamaño natural, y a mi derecha en un afiche gigante. En la pantalla que tenía delante de mí ella seguía cantando sin parar de bailar. Venga míreme que yo sé cuando usted dice mentiras. No joda, es en serio, mucho imbécil, respóndame algo, ¿en qué momento se volvió tan guevón como para tragarse de una culicagada que vio en un DVD que tenían puesto en una tienda de discos?. No, que pena pero es en serio, usted definitivamente perdió el sentido de las proporciones. ¿Cuántos fue que cumplió? ¿2…?. Por eso, cómo un tipo de veintitantos años que ya terminó una carrera, y que va por la mitad de la segunda, que dizque lee y lee, que no se aguanta “la superficialidad que asfixia a la mayoría de la gente”, sale con una vaina de esas, Benjamín. La perorata de Juaco duró como dos horas. Hablaba y hablaba, y estoy seguro de que quiso darme en la jeta pero se contuvo. Estaba indignado, indignado y preocupado, tal vez más que yo. Bueno tiene que quitarse la pendejada, eso debe ser estrés o algo así. Fresco que yo lo apoyo para que recupere la sensatez y vuelva a ser el mismo de antes, y tranquilo que no le voy a contar a nadie. Lo más importante es que no vuelva a ver ese DVD. Ah, porque ese día me compré el DVD en que el salía Helena. Mi último resguardo de sensatez me lo gasté saliendo de la tienda discos. La vieja aguanta, pero no es para tanto, me dije intentando recordar el camino a la librería. No había dado ni veinte pasos cuando me devolví, compré el DVD, y procurando que nadie me viera, lo guardé en la maleta junto al libro de Bolaño. Con los cinco mil pesos que quedaron pagué unas pilas para el control remoto y me devolví a mi casa. Llegué, saqué el disco de Kill Bill Vol.1 del aparato y puse en el que salía Helena, un concierto que su grupo había dado en Buenos Aires. Lo vi toda la noche, especialmente las partes en las que Helena cantaba. Ella lo hacia bien, no era una cosa salida de lo común, no desbordaba talento, pero lo hacía decentemente. Verla y oírla me estremecía, no exagero, sus movimientos me cortaban el aliento.
Antes de contarle todo a Juaco yo mismo me dije mil o dos mil veces lo mismo que él casi me gritó haciendo un esfuerzo por no salirse de sus casillas. Lo que estaba pasando era una ridiculez descomunal y yo era su único doliente. Claro, luché a brazo partido, y no me resigné hasta el último momento cuando todo estuvo perdido. Eso -me excuso por ser tan genérico cuando me refiero a… a eso, si eso, a haberme casi enamorado de Helena, lo dije esta vez y no pienso repetirlo- me quitó media vida, no soy drástico, así fue. Me caí mal, muy mal, tanto que no quería volver a verme, porque ese no era yo, no, era un tipo que esperó pacientemente un instante de flaqueza, y me sometió con una llave de lucha libre, hasta que finalmente me rendí. Pero repito, di la pelea, traté de sacarme de la cabeza toda esa idiotez y recuperar la cordura, me encerré en el estudio, traté de escaparme a Troya, a Venecia, a París, a Barcelona, incluso a Macondo, pero todo fue en vano, y por las noches, con el cuerpo cansado de nadar contra la corriente, siempre terminaba en los brazos de Helena, es un decir, siempre terminaba frente al televisor viéndola mientras cantaba. Dediqué muchas horas a ver en cámara lenta y a repetir una y otra, y otra y tal vez otra vez sus guiños. A eso quedé reducido. Helena me convirtió en eso, en el campo de batalla de una guerra, en la que fui yo mismo el que puso los muertos -ahora poco a poco se recuperan-. Ella fue la culpable de que me cortara la cabeza y la botara por la ventana.
El día que firmé conmigo mismo las capitulaciones en las que me comprometí a asumir eso como un hombre así pareciera un adolescente, le conté todo a Juaco. Me prometí a mi mismo no cometer más estupideces, y afrontar eso con gallardía, nada de andar por ahí cantando las letras tontas del grupo de Helena, y mucho menos comprando afiches para pegarlos en el cuarto, y menos afiliarse a algún club de fans, eso hubiera sido demasiado. Una cosa era ella, y otra todo ese mundo fashion que la rodeaba. El hecho de ser valiente no significaba perder la dignidad pavoneándose por ahí de la propia miseria, por eso además de Juaco, nadie supo nada de eso. Cuando terminó el semestre, hablo de unas dos semanas después de ese día, todo estaba controlado. Mi vida continuó normal, con la salvedad de que tenía a Helena la mayoría del tiempo en la cabeza. Estaba siempre pendiente del final del noticiero para ver si de pronto ella salía en una entrevista. Creo que ella es un tanto tímida, si yo sé que al verla bailar no parece, pero así es, es de pocas palabras -¿o de pocos sesos?-, eso lo noté tras hacerle un profundo estudio a las respuestas que daba en televisión. Gracias a Dios nunca llegué a coleccionar recortes de prensa, ni a llamar para ganarme la camiseta oficial del grupo, ni cosas de esas que hacen los tarados que se fijan en alguien inalcanzable. Menos mal, porque ya me había rebajado suficiente. Por esos días escribí una canción, obviamente para Helena e irónicamente la mejor en mucho tiempo. No tiene nombre, siempre tengo problemas en esa parte de ponerle título a las cosas, incluso en este momento. Dice algo así como, bueno si tuviera un piano o una guitarra al menos, cantaría ahora mismo una estrofa, pero el pudor me impide hacerlo sin acompañamiento. Dejémoslo en que es una buena canción, por favor. También llené un cuaderno con posibles letras, está bien con ‘poemas’, que resultaron iguales de ridículos a toda la situación. Me gustaba pensar en Helena como mi Beatriz, idealizada cómo mi guía personalizada por el cielo; me servia como atenuante en el tamaño de pendejada que estaba viviendo. Por esos días leí poco, y eso es lo que más vergüenza me da de todo el asunto. Dejé tirados mis pobres libros que siempre han estado ahí, leales, para irme con una vieja. Inclusive me gasté la plata de Rulfo y Cortazar, de Rulfo y Cortazar, en un DVD. Llamadas telefónicas, el de Bolaño, se quedó con el separador en la pagina once hasta que volví a sacarlo para que me hiciera compañía mientras hacía una fila de cómo cinco horas, para comprar una boleta del concierto que iba a dar el grupo de Helena. Aunque yo había prometido conservar mi dignidad y no ceder a los fanatismos, no podía perder la oportunidad de verla, así la cita fuera en el Campín con treinta mil personas alrededor y pocas probabilidades de que me determinara. Lo siento Roberto. En la fila avancé como seis cuentos del libro a pesar de la gritería de los mocosos que también querían comprar su boleta -estaban extasiados ante la posibilidad de ver al grupito ese-, llevaban camisetas, carteles, pulseras y cuanta cosa consiguieron. Yo en cambio estaba ahí movido por un motivo muy noble, mi amor hacia Helena, para mí todo era una cuestión más profunda, visceral si se quiere. Por mí hubiera fumigado a todos esos niñitos a patadas en ese mismo instante. Cómo se puede ir por la vida enganchado a cosas tan tontas. Les decía: en la fila avancé como seis cuentos del libro. Hacia como un mes que no leía nada, y fue como salir de un cuarto en el que se echaron un pedo, casi me sentí como el de antes.
Cuando tuve la boleta en mi mano se me fueron las luces, casi me voy al suelo de la emoción. Para que no se arrugara la boletita la metí entre el libro, me subí en el Transmilenio, y durante todo el recorrido no descuidé la maleta ni un segundo, que tal que me la roboran. Juaco no supo nada del concierto, y así fue mejor, a él le dio muy duro todo este asunto, y apenas ahora está logrando volver a la normalidad. Quedaban menos de ocho días para que viera a Beatriz, esto, a Helena. La espera se tornó en un ¿ya casi llegamos?, ¿ya?, ¿ya casi?, ¿Ma ya casi llegamos?. Por eso tomé la decisión de ir a aeropuerto a recibir a Helena, por supuesto ella no sabía que yo iba estar ahí. Seamos realistas, me dije en el bus que me llevaba a El Dorado, hay muchas posibilidades de que ella me vea y le diga a alguno de sus asistentes que quiere conocerme, de que me lleve a su hotel, de que hablemos toda la noche y de que yo pueda contarle mientras se duerme todos los planes que tengo para nosotros. Tú puedes separarte del grupito ese y empezar a cantar sola mis canciones. Imagínate, yo acompañándote con el piano, le diría. La salida de los vuelos internacionales estaba llena de mocosos, yo claro, hice lo posible para no confundirme con ellos y hacer notoria la diferencia. Ajá, nada de mezclarse. La espera se prolongó y yo poco a poco me puse al frente, donde ella pudiera verme. Cuando apareció por la puerta usaba una gorra, tenía ojeras de cansancio, nada de maquillaje y pantalones anchos, estaba hermosa. Alzó la mirada, yo creo que me estaba buscando. Saludó a la gente, me miró por un instante, y yo con los ojos le dije que la necesitaba, después, siguió hacia una camioneta con vidrios polarizados. En el concierto tendría otra oportunidad. La multitud se dispersó rápidamente, yo preferí ir a orinar antes de irme.
¿Cómo supiste que llegaba hoy? Me preguntó Sofía cuando me la encontré saliendo del aeropuerto con un par de maletas. Ni siquiera me enteré de que te habías ido, respondí, ¿te digo algo?, últimamente he estado pensando mucho en ti.
No tenía afán así que caminé despacio hasta Unicentro pensando en el reloj que dañé escalando -cómo me gustaba-, en un idiota que llevaba el radio del carro a todo volumen, al punto que el chis-pum se nos metía en el pecho a todos los que íbamos por la acera, y en lo bonito que sería ir, desmontar el radio y bailar chis-pum encima de él. No te rayes, hubiera dicho Sofía si todavía estuviéramos saliendo. Y por algún tiempo -el que estuve con Sofía- no me rayé por nada, hasta que peleamos y volví a rayarme con cierta frecuencia. ¿Qué será de la vida de Sofí?. Unicentro estaba lleno de mocosos de colegio por todos lados. Claro, los viernes siempre es así, ojalá me hubiera acordado. Bueno, quería comprar Pedro Páramo y uno de Cortazar, el que fuera, y comerme un burrito. Antes que nada fui a lavarme las manos, tenerlas sucias me hace sentirlas pesadas como un par de barriles. Fui a la librería y empecé a recorrerla -cuando no hay prisa uno se toma todo el tiempo del mundo para ver libros- con el firme propósito de terminar mi paseo en la sección de Literatura Hispanoamericana en donde Rulfo y Cortazar iban a estar esperándome; después el burrito, pensé. Ya llevaba como veinte minutos leyendo contraportadas de libros cuando Antonio me sacudió de una palmada en la espalda. No nos veíamos desde hacia rato, como dos años, calculo. Toño y yo nos cansamos de hablar en medio de las estanterías de la librería y nos fuimos para el café del centro comercial. Mi plan era volver por los libros, en serio, pero se me embolató el camino, y no sólo ese día. La conversación fue igual que todas, Antonio habló de todo y yo de muy poco. El tipo se había ido a Inglaterra, había vuelto, se compró una moto y la vendió para comprar un carro, y lo vendió para irse para Australia, y terminó con Mariana, y volvieron, pero terminaron otra vez porque ella se fue a vivir a Lima con los papás, y ese día estaba en la librería comprando unos comics cuando me vio. ¿Y usted qué? preguntó, bien, dándole, respondí con simpleza, y es que Toño no es el tipo de persona a la que uno le cuenta que ya no anda con Sofía porque esa vaina no iba para ningún lado y que estaba mamado, o que ha decidido no volver a componer porque sólo sale basura, mucho menos, que uno está seguro de que su destino es estar sólo, porque por alguna razón no se aguanta ninguna vieja. Pero con todo eso quiero a Toño y es mi amigo, no el de hablar, más bien el de ver muy de vez en cuando –preferiblemente por casualidad- para tomarse un café en Unicentro una tarde en la que todo da lo mismo. Menos mal que Antonio está tan ocupado contando sus ires y venires que no se molesta en conocer con detalle los de los demás, así es mejor, prefiero no decir mucho. Me dio gusto hablar con él, me dio gusto encontrármelo, y me dio más gusto que pagara los cafés. Nos vemos en unos cinco años, pensé con algo de nostalgia cuando nos despedimos. De verdad que quiero al Toñito.
El principal problema para que usted no se meta con ninguna vieja es usted mismo, me dijo Juaco un día, es que se pasa de neurótico, con todo respeto, me advirtió, ese ego suyo es el caparazón en el que se esconde cuando lo intimidan, por eso cualquier vieja por bonita -o fea- que sea para usted termina reducida a una pobre bruta con la que no se puede ni hablar, se lo digo por puro cariño, porque los amigos se deben escupir esas vainas en la cara. ¿Por qué no les da una oportunidad? No le estoy diciendo que se las cuadre, pero siempre es bueno tener amigas, además, uno no puede ser sólo profundidad, hay que relajarse, vea que en cualquier momento llega la que le da tres vueltas sin importar lo bruta, y se le devuelve el taponazo.
Toño cogió para la izquierda, yo, por supuesto para la derecha, así tuviera que dar una vuelta larga para volver a la librería. El libro de Cortazar que quería, y ya estaba decidido, era Todos los fuegos el fuego, ese lo leí en el colegio y alguien me lo robó. Era un buen momento para recuperarlo y releerlo. Entré a orinar, luego seguí caminado y cuando pasaba frente a la tienda de discos la vi. Nadie lo notó estoy seguro. A ella seguramente no le hubiera gustado la forma en que la miraba. No, nada de morbo, más bien era un cóctel de miedo y extrañeza el que me estaba tomando. Supongo que a estas alturas es obvio que no fui capaz de quitarle los ojos de encima en un buen rato; me la aprendí de memoria, el cabello, los ojos, la piel, las manos, los labios brillantes, incluso el cuello largo. Debía ser tan alta como yo, pero no se fíen de mi habilidad para calcular esas cosas. Aunque me sonroje, espero que entiendan el que me quede así, debo reconocer que empecé a respirar agitadamente, y que una ansiedad se me metió en el cuerpo repentinamente, como si estuviera esperando una noticia de vida o muerte. Pero yo no era el único que la observaba, ya que sus movimientos, para nada vulgares, aclaro, no le permitían pasar desapercibida. Sin darme cuenta me acerqué hasta que la tuve enfrente, y atrás en tamaño natural, y a mi derecha en un afiche gigante. En la pantalla que tenía delante de mí ella seguía cantando sin parar de bailar. Venga míreme que yo sé cuando usted dice mentiras. No joda, es en serio, mucho imbécil, respóndame algo, ¿en qué momento se volvió tan guevón como para tragarse de una culicagada que vio en un DVD que tenían puesto en una tienda de discos?. No, que pena pero es en serio, usted definitivamente perdió el sentido de las proporciones. ¿Cuántos fue que cumplió? ¿2…?. Por eso, cómo un tipo de veintitantos años que ya terminó una carrera, y que va por la mitad de la segunda, que dizque lee y lee, que no se aguanta “la superficialidad que asfixia a la mayoría de la gente”, sale con una vaina de esas, Benjamín. La perorata de Juaco duró como dos horas. Hablaba y hablaba, y estoy seguro de que quiso darme en la jeta pero se contuvo. Estaba indignado, indignado y preocupado, tal vez más que yo. Bueno tiene que quitarse la pendejada, eso debe ser estrés o algo así. Fresco que yo lo apoyo para que recupere la sensatez y vuelva a ser el mismo de antes, y tranquilo que no le voy a contar a nadie. Lo más importante es que no vuelva a ver ese DVD. Ah, porque ese día me compré el DVD en que el salía Helena. Mi último resguardo de sensatez me lo gasté saliendo de la tienda discos. La vieja aguanta, pero no es para tanto, me dije intentando recordar el camino a la librería. No había dado ni veinte pasos cuando me devolví, compré el DVD, y procurando que nadie me viera, lo guardé en la maleta junto al libro de Bolaño. Con los cinco mil pesos que quedaron pagué unas pilas para el control remoto y me devolví a mi casa. Llegué, saqué el disco de Kill Bill Vol.1 del aparato y puse en el que salía Helena, un concierto que su grupo había dado en Buenos Aires. Lo vi toda la noche, especialmente las partes en las que Helena cantaba. Ella lo hacia bien, no era una cosa salida de lo común, no desbordaba talento, pero lo hacía decentemente. Verla y oírla me estremecía, no exagero, sus movimientos me cortaban el aliento.
Antes de contarle todo a Juaco yo mismo me dije mil o dos mil veces lo mismo que él casi me gritó haciendo un esfuerzo por no salirse de sus casillas. Lo que estaba pasando era una ridiculez descomunal y yo era su único doliente. Claro, luché a brazo partido, y no me resigné hasta el último momento cuando todo estuvo perdido. Eso -me excuso por ser tan genérico cuando me refiero a… a eso, si eso, a haberme casi enamorado de Helena, lo dije esta vez y no pienso repetirlo- me quitó media vida, no soy drástico, así fue. Me caí mal, muy mal, tanto que no quería volver a verme, porque ese no era yo, no, era un tipo que esperó pacientemente un instante de flaqueza, y me sometió con una llave de lucha libre, hasta que finalmente me rendí. Pero repito, di la pelea, traté de sacarme de la cabeza toda esa idiotez y recuperar la cordura, me encerré en el estudio, traté de escaparme a Troya, a Venecia, a París, a Barcelona, incluso a Macondo, pero todo fue en vano, y por las noches, con el cuerpo cansado de nadar contra la corriente, siempre terminaba en los brazos de Helena, es un decir, siempre terminaba frente al televisor viéndola mientras cantaba. Dediqué muchas horas a ver en cámara lenta y a repetir una y otra, y otra y tal vez otra vez sus guiños. A eso quedé reducido. Helena me convirtió en eso, en el campo de batalla de una guerra, en la que fui yo mismo el que puso los muertos -ahora poco a poco se recuperan-. Ella fue la culpable de que me cortara la cabeza y la botara por la ventana.
El día que firmé conmigo mismo las capitulaciones en las que me comprometí a asumir eso como un hombre así pareciera un adolescente, le conté todo a Juaco. Me prometí a mi mismo no cometer más estupideces, y afrontar eso con gallardía, nada de andar por ahí cantando las letras tontas del grupo de Helena, y mucho menos comprando afiches para pegarlos en el cuarto, y menos afiliarse a algún club de fans, eso hubiera sido demasiado. Una cosa era ella, y otra todo ese mundo fashion que la rodeaba. El hecho de ser valiente no significaba perder la dignidad pavoneándose por ahí de la propia miseria, por eso además de Juaco, nadie supo nada de eso. Cuando terminó el semestre, hablo de unas dos semanas después de ese día, todo estaba controlado. Mi vida continuó normal, con la salvedad de que tenía a Helena la mayoría del tiempo en la cabeza. Estaba siempre pendiente del final del noticiero para ver si de pronto ella salía en una entrevista. Creo que ella es un tanto tímida, si yo sé que al verla bailar no parece, pero así es, es de pocas palabras -¿o de pocos sesos?-, eso lo noté tras hacerle un profundo estudio a las respuestas que daba en televisión. Gracias a Dios nunca llegué a coleccionar recortes de prensa, ni a llamar para ganarme la camiseta oficial del grupo, ni cosas de esas que hacen los tarados que se fijan en alguien inalcanzable. Menos mal, porque ya me había rebajado suficiente. Por esos días escribí una canción, obviamente para Helena e irónicamente la mejor en mucho tiempo. No tiene nombre, siempre tengo problemas en esa parte de ponerle título a las cosas, incluso en este momento. Dice algo así como, bueno si tuviera un piano o una guitarra al menos, cantaría ahora mismo una estrofa, pero el pudor me impide hacerlo sin acompañamiento. Dejémoslo en que es una buena canción, por favor. También llené un cuaderno con posibles letras, está bien con ‘poemas’, que resultaron iguales de ridículos a toda la situación. Me gustaba pensar en Helena como mi Beatriz, idealizada cómo mi guía personalizada por el cielo; me servia como atenuante en el tamaño de pendejada que estaba viviendo. Por esos días leí poco, y eso es lo que más vergüenza me da de todo el asunto. Dejé tirados mis pobres libros que siempre han estado ahí, leales, para irme con una vieja. Inclusive me gasté la plata de Rulfo y Cortazar, de Rulfo y Cortazar, en un DVD. Llamadas telefónicas, el de Bolaño, se quedó con el separador en la pagina once hasta que volví a sacarlo para que me hiciera compañía mientras hacía una fila de cómo cinco horas, para comprar una boleta del concierto que iba a dar el grupo de Helena. Aunque yo había prometido conservar mi dignidad y no ceder a los fanatismos, no podía perder la oportunidad de verla, así la cita fuera en el Campín con treinta mil personas alrededor y pocas probabilidades de que me determinara. Lo siento Roberto. En la fila avancé como seis cuentos del libro a pesar de la gritería de los mocosos que también querían comprar su boleta -estaban extasiados ante la posibilidad de ver al grupito ese-, llevaban camisetas, carteles, pulseras y cuanta cosa consiguieron. Yo en cambio estaba ahí movido por un motivo muy noble, mi amor hacia Helena, para mí todo era una cuestión más profunda, visceral si se quiere. Por mí hubiera fumigado a todos esos niñitos a patadas en ese mismo instante. Cómo se puede ir por la vida enganchado a cosas tan tontas. Les decía: en la fila avancé como seis cuentos del libro. Hacia como un mes que no leía nada, y fue como salir de un cuarto en el que se echaron un pedo, casi me sentí como el de antes.
Cuando tuve la boleta en mi mano se me fueron las luces, casi me voy al suelo de la emoción. Para que no se arrugara la boletita la metí entre el libro, me subí en el Transmilenio, y durante todo el recorrido no descuidé la maleta ni un segundo, que tal que me la roboran. Juaco no supo nada del concierto, y así fue mejor, a él le dio muy duro todo este asunto, y apenas ahora está logrando volver a la normalidad. Quedaban menos de ocho días para que viera a Beatriz, esto, a Helena. La espera se tornó en un ¿ya casi llegamos?, ¿ya?, ¿ya casi?, ¿Ma ya casi llegamos?. Por eso tomé la decisión de ir a aeropuerto a recibir a Helena, por supuesto ella no sabía que yo iba estar ahí. Seamos realistas, me dije en el bus que me llevaba a El Dorado, hay muchas posibilidades de que ella me vea y le diga a alguno de sus asistentes que quiere conocerme, de que me lleve a su hotel, de que hablemos toda la noche y de que yo pueda contarle mientras se duerme todos los planes que tengo para nosotros. Tú puedes separarte del grupito ese y empezar a cantar sola mis canciones. Imagínate, yo acompañándote con el piano, le diría. La salida de los vuelos internacionales estaba llena de mocosos, yo claro, hice lo posible para no confundirme con ellos y hacer notoria la diferencia. Ajá, nada de mezclarse. La espera se prolongó y yo poco a poco me puse al frente, donde ella pudiera verme. Cuando apareció por la puerta usaba una gorra, tenía ojeras de cansancio, nada de maquillaje y pantalones anchos, estaba hermosa. Alzó la mirada, yo creo que me estaba buscando. Saludó a la gente, me miró por un instante, y yo con los ojos le dije que la necesitaba, después, siguió hacia una camioneta con vidrios polarizados. En el concierto tendría otra oportunidad. La multitud se dispersó rápidamente, yo preferí ir a orinar antes de irme.
¿Cómo supiste que llegaba hoy? Me preguntó Sofía cuando me la encontré saliendo del aeropuerto con un par de maletas. Ni siquiera me enteré de que te habías ido, respondí, ¿te digo algo?, últimamente he estado pensando mucho en ti.
Cuento: Control + Z
“¿Para quién?”. “Para Camilo, maestro” me dice el muchacho con una emoción que se le derrama por la cara. “Su obra me inspirado mucho”. Las palabras salen con tropiezos acompañadas de una respiración acelerada. “Estar aquí frente a usted, para que me firme uno de sus libros y poder estrechar su mano, es un sueño hecho realidad. Discúlpeme tanta alharaca, pero es que no puedo creer que lo tenga tan cerca”.
¿Maestro? ¿Firma?. “Este libro se ha vendido como ninguno en los últimos años” asegura el hombre que está parado a mi lado, sosteniendo un ejemplar entre sus manos. No puedo ver cómo se llama el libro pero qué importa, es mi libro, y además el mejor vendido en los últimos años. Eso sólo lo podemos hacer los más talentosos narradores. Siempre lo supe. Nunca me cupo la menor duda. Siempre supe que iba a ser uno de los más grandes escritores del país. “En el exterior ya se agotó la primera edición” me recuerda el hombre son una risita de satisfacción.
Qué digo del país, ¡del mundo entero!. “No te distraigas, faltan muchos libros por firmar”. Levanto la mirada. Parece que la librería va a reventar. La fila se enrosca como una culebra, formado un espiral que da varias vueltas dentro del salón. “Cada momento hay más gente. Estamos aquí hace horas y mira todo lo que falta”. Mi mano adormilada de tanto firmar, constata las palabras del hombre. “De aquí vamos a la feria del libro de Guadalajara, y la otra semanatenemos una rueda de prensa en Buenos Aires. Quedan miles de libros por firmar”, recuerda mientras revisa su agenda. No. Su agenda no. Mi agenda. Mi futuro no podía ser otro que este, el reconocimiento a mis facultades. Seguidores, para los que soy un ídolo en esto de las letras, a diestra y siniestra, esperando horas para tener mi autógrafo acompañado de una dedicatoria estándar. Seguramente también doy conferencias, y me invitan a conversatorios para que hable de mi experiencia creativa. Cuántos muchachos deben ver en mí a su maestro. Definitivamente te mereces esto Daniel Ramírez, por tu dedicación, tu esfuerzo, tu tenacidad. Ah. Estoy conmovido, tantos sueños hechos realidad.
Los flashes no paran de destellar, los de los seguidores y los de los periodistas. ¿Ese que está hasta atrás no es Rafael Castro? Claro que es. Todavía sigue trabajando en ese pasquín de dos pesos. Me mira con desdén. Debe ser la envidia, que para variar debe estarle dando una tunda sin tregua. ¿Qué piensa ahora cabrón? ¿Qué piensa? Yo sé que debe estar que se muere, pero qué le vamos a hacer, así son las cosas, y el talento se tiene o no se tiene. Yo lo tengo, y usted no, por eso yo firmo libros y me toman fotos, y usted está allá atrás. Siempre fue tan cuadriculado, Castro, visitando siempre los lugares comunes son su prosa sosa y perezosa. Desde la universidad se acostumbró a ser un segundón, lugar del que ni su zalamería recalcitrante lo pudo sacar. Bueno si quiere le doy unos consejos para que mejore su forma de escribir, no creo que sirvan de mucho, pero bueno, hagamos el intento.
¡Qué sorpresa! Susana, Susanita. Seguro que me reconociste. Se nota que no puedes esperar la hora de que llegue tu turno para tenerme enfrente nuevamente. Me tuviste cerca cinco años en la universidad y me desaprovechaste. Tranquila, ya te tocará. ¿Pero que haces aquí?, hasta donde me acuerdo tu gusto literario se inclinó siempre a los librejos de superación. Bueno, parece que eso era antes. No queda duda de que te has rehabilitado. Ahora lees libros interesantes, de narrativa envolvente y metáforas perfectas. Vas a recibir un regalo. Cuando llegues te voy a saludar como una amiga.
Todo esto resulta tan natural para mí, las cosas no hubieran podido ser diferentes. Por fin el gran escritor.
“¿Perdón para quién?”. “Para Camilo”.
“Ah si. Bueno, a ver”:
Camilo:
La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.
Con afecto.
Firma ¿Paulo Coelho?
¿Maestro? ¿Firma?. “Este libro se ha vendido como ninguno en los últimos años” asegura el hombre que está parado a mi lado, sosteniendo un ejemplar entre sus manos. No puedo ver cómo se llama el libro pero qué importa, es mi libro, y además el mejor vendido en los últimos años. Eso sólo lo podemos hacer los más talentosos narradores. Siempre lo supe. Nunca me cupo la menor duda. Siempre supe que iba a ser uno de los más grandes escritores del país. “En el exterior ya se agotó la primera edición” me recuerda el hombre son una risita de satisfacción.
Qué digo del país, ¡del mundo entero!. “No te distraigas, faltan muchos libros por firmar”. Levanto la mirada. Parece que la librería va a reventar. La fila se enrosca como una culebra, formado un espiral que da varias vueltas dentro del salón. “Cada momento hay más gente. Estamos aquí hace horas y mira todo lo que falta”. Mi mano adormilada de tanto firmar, constata las palabras del hombre. “De aquí vamos a la feria del libro de Guadalajara, y la otra semanatenemos una rueda de prensa en Buenos Aires. Quedan miles de libros por firmar”, recuerda mientras revisa su agenda. No. Su agenda no. Mi agenda. Mi futuro no podía ser otro que este, el reconocimiento a mis facultades. Seguidores, para los que soy un ídolo en esto de las letras, a diestra y siniestra, esperando horas para tener mi autógrafo acompañado de una dedicatoria estándar. Seguramente también doy conferencias, y me invitan a conversatorios para que hable de mi experiencia creativa. Cuántos muchachos deben ver en mí a su maestro. Definitivamente te mereces esto Daniel Ramírez, por tu dedicación, tu esfuerzo, tu tenacidad. Ah. Estoy conmovido, tantos sueños hechos realidad.
Los flashes no paran de destellar, los de los seguidores y los de los periodistas. ¿Ese que está hasta atrás no es Rafael Castro? Claro que es. Todavía sigue trabajando en ese pasquín de dos pesos. Me mira con desdén. Debe ser la envidia, que para variar debe estarle dando una tunda sin tregua. ¿Qué piensa ahora cabrón? ¿Qué piensa? Yo sé que debe estar que se muere, pero qué le vamos a hacer, así son las cosas, y el talento se tiene o no se tiene. Yo lo tengo, y usted no, por eso yo firmo libros y me toman fotos, y usted está allá atrás. Siempre fue tan cuadriculado, Castro, visitando siempre los lugares comunes son su prosa sosa y perezosa. Desde la universidad se acostumbró a ser un segundón, lugar del que ni su zalamería recalcitrante lo pudo sacar. Bueno si quiere le doy unos consejos para que mejore su forma de escribir, no creo que sirvan de mucho, pero bueno, hagamos el intento.
¡Qué sorpresa! Susana, Susanita. Seguro que me reconociste. Se nota que no puedes esperar la hora de que llegue tu turno para tenerme enfrente nuevamente. Me tuviste cerca cinco años en la universidad y me desaprovechaste. Tranquila, ya te tocará. ¿Pero que haces aquí?, hasta donde me acuerdo tu gusto literario se inclinó siempre a los librejos de superación. Bueno, parece que eso era antes. No queda duda de que te has rehabilitado. Ahora lees libros interesantes, de narrativa envolvente y metáforas perfectas. Vas a recibir un regalo. Cuando llegues te voy a saludar como una amiga.
Todo esto resulta tan natural para mí, las cosas no hubieran podido ser diferentes. Por fin el gran escritor.
“¿Perdón para quién?”. “Para Camilo”.
“Ah si. Bueno, a ver”:
Camilo:
La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.
Con afecto.
Firma ¿Paulo Coelho?
Cuento. Relojito
"¡Tic-tac Relojito!, ¡tic-tac!" aulló el Pote Mejía desde el banco, mientras marcaba con las palmas el ritmo al que el jugador debía mover las manecillas. Claro, las manecillas. El Pote decía que el Relojito Salcedo no tenía piernas, sino manecillas, "Si no, no sería un reloj que da la hora exacta" le decía a todo el mundo.
El Relojito dio una mirada a la tribuna sin parar de estirarse. "Tic-tac" gritaba la gente señalando su reloj con el índice, y el brazo estirado hacía el centro de la cancha. "Tic-tac".
Hasta ese día, no el día del partido, sino el que el Pote Mejía vio a Nahúm Filemón Salcedo García -no le decíamos Relojito todavía- corriendo hacia la ferretería muy bien peinadito y con ropa nueva, apenas unos pocos se interesaban por el fútbol en el barrio. El mocoso iba por unas puntillas al trote y el Pote lo siguió con la mirada. Midió cada zancada, la forma en que Filemón movía los brazos y los gestos que hacía mientras andaba. Era perfecto. El Pote no vio otra cosa que elegancia, disposición para el juego fluido, facilidad. A decir verdad el niño corría chueco. En cada paso parecía que iba a descuadernarse y se notaba por encima que en la vida había pateado un balón. Nadie hubiera visto un crack en ese flacucho, además del Pote Mejía. Él de inmediato entendió que el chinp era como una hoja en blanco, limpiecita, en la que podía escribir todo el fútbol que tenía en la cabeza. ¿Cuánto? Mucho. Muchísimo. Tanto fútbol como se pueda aprender viéndolo día y noche, leyendo cuanto libro del tema se tenga a la mano, haciendo anotaciones de las cualidades y flaquezas de cada jugador conocido, analizando lo bueno y lo malo de todos movimientos posibles dentro de la cancha. Esa mañana y sin darle muchas vueltas, Mejía decidió enseñarle a jugar al niño que corría chueco, inyectarle el fútbol en las venas, y modelarlo a su antojo para que fuera -si yo sé que va a sonar demasiado romántico pero qué le vamos a hacer- el mejor de todos.
Siendo francos, el Pote era el mejor tutor que cualquier jugador pudiera tener y el tipo que más conocía de balompié en todo el país, más que los periodistas y dirigentes, y más que la mitad de los técnicos que cobran millones en las mejores ligas del mundo. De lejos era el único director técnico capaz de ponerle orden a la selección nacional y llevarla a un mundial otra vez. Lástima que nadie lo sabía, ni él mismo. De ahí que únicamente dirigió un equipo en toda su carrera: el Plateados F.C., el que conformó con pelaos de todo el barrio, para que Filemón tuviera en donde jugar de delantero. Eso sólo después de los años en los que se gastó los ahorros de paciencia que había acumulado toda su vida, buscando que el chino le cogiera cariño al balón, porque al comienzo lo miraba con desconfianza y lo golpeaba con timidez. A punta de coscorrones el Pote logró que lo pisara, que gambeteara a un lado y al otro, que levantara la cabeza para decidir qué hacer, que aprendiera a moverse por toda la cancha, que jugara con gusto y bonito. Dándole plenamente la razón a aquello de que “con la práctica se domina la técnica” que dijo no sé quien, Filemón consiguió moverse mejor que los jugadores que tenían talento innato, tan diferentes a él, moldeado de la nada por el pulso del Pote.
“Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar Relojito. Pote, dale cuerda a ese Reloj, harta cuerda que le dure hasta mañana”. El canto de Juan Ramón Cortés, o el ‘Caruso del gol’ como él mismo se puso, obviamente sin medir las proporciones, hizo que las graderías marcaran el ritmo del segundero con más fuerza. Eso no distrajo al Relojito, que seguía calentando: picando un rato, y trotando el otro. Estaba acostumbrado a los gritos de los hinchas del Plateados desde que su puntualidad lo convirtió en una estrella del fútbol aficionado. ‘El Caruso’ desde el puesto de transmisión improvisado en su Renault 12 anaranjado, volvió a acercarse el micrófono a la boca, para darle gusto a la gente y narrar cómo Nahúm Filemón se convirtió en el Relojito Salcedo. A ese cuento era que le debía sus hinchas el equipo del Pote. La historia se puede resumir en que Filemón en sus cuatro primeros partidos hizo goles en los minutos 25 y 70. Si, todo fue casualidad, una casualidad que atrajo seguidores en un barrio en el que si acaso había dos balones de fútbol. Todos, incluyendo al Pote, tuvieron la certeza de que la puntualidad de Salcedo era un presagio de lo constante que iba a llegar a ser en su carrera deportiva, y si hay algo constante es un reloj, ¿o no?. Siempre hace Tic.tac, así se atrase un poquito.
En los encuentros que vinieron la puntualidad del Relojito Salcedo siguió impecable. Ya no metía dos en el 25 y 70, pero tuvo rachas de cinco juegos haciendo goles en el primer tiempo; dos, mandándola al fondo de la red tres veces, un juego si y otro no empujándola de cabeza. Y siempre el Caruso y el Pote lograban encontrarle alguna periodicidad a las actuaciones del Relojito. Desde eso Mejía cogió la costumbre de poner todas las noches los guayos del pelao junto a un reloj para que descansaran al ritmo del Tic-tac, y no perdieran el pulso.
El Plateados ya estaba en la cancha esperando a su rival, mientras, Relojito Salcedo se metió la camiseta entre la pantaloneta, y se acomodó la cinta de capitán para que no se fuera a soltar con el trajín. La gente estaba tan emocionada como siempre acordándose sólo de las victorias. Ajá, los Plateados también perdían y con alguna frecuencia, con Reloj abordo y todo, y a pesar de ser un equipazo orgullo del Pote y cómplice perfecto de su Opera Prima, quien para su pesar no había podido superar un defecto.
"Mi única frustración con el Reloj es que no he logrado que se vuelva hincha" le confesó melancólico el Pote a su esposa una noche, cuando ya estaban acostados. "Si, le gusta el fútbol, y hay cracks a los que admira, pero ningún equipo le roba el corazón. Ajá, estoy seguro. Le he repetido hasta el cansancio que si no es uno de acá, que busque uno extranjero, pero nada, nada de nada. En últimas a mi no me importaría que fuera un equipo grande o chico". Es que esas cosas no pueden enseñarse, y eso mantenía preocupado al Pote. Él estaba convencido de que un jugador que no sabe lo que siente un hincha, no disfruta el juego del todo. "NI siquiera le gusta Millos, el mejor equipo del mundo y sus alrededores mija, figúrese".
“¡Que grite todo el que sea Plateadoooooo, porque ahí se vienen el rival: los Leones!” anunció Caruso sin respirar, “Ojala que cuando escuchen el Tic-tac del Relojito no sean capaces ni de hacer miau”. Los Leones salieron a la cancha y al Relojito le temblaron las piernas, no de nervios. La sacudida le subió al estómago y se le aceleró el corazón, empezó a respirar disparejo. La casaca carmesí de los once que tenía en frente lo hipnotizó, y fue incapaz de dejar de mirarla. Sin darse cuenta ganó el sorteo y escogió cancha. Lo que sintió en ese momento no podía igualarse ni siquiera con la emoción del primer gol de tiro libre que hizo. Fue amor a primera vista. Relojito quiso esa camiseta como si la conociera de toda la vida, como si hubiera festejado por ella cientos de veces. Sin que se diera cuenta el balón le pasó por el lado. Los llamados de atención de sus compañeros no surtieron efecto. El Reloj estaba atolondrado. No le cupo duda: estaba enamorado. En sus ojos se reflejaba la bandera roja con un león dorado de fauces abiertas en el centro. Sintió ganas de arroparse con ella y meterse en la tribuna a cantar. El rugido en su corazón lo estremeció. Él era un león que se había encontrado con su manada sorpresivamente. Un pitazo profundo lo sacó de su trance. Cuando miró a su lado, un león estaba tirado en el suelo a causa de un patadón plateado. Ansioso el Pote se metió a la cancha, y fue directo a donde estaba Relojito. “¡Muévete, búscala!. Quiero ver andar esas manecillas No te vayas a atrasar justo hoy. Por mí”. El pito puso a rodar el balón otra vez. Las palabras del Pote calaron profundo en el delantero. Casi pudo sentir los coscorrones. Cuando cogió la pelota empezó a moverla como sabía, con una amargura que casi le hace salir lágrimas. Un león gambeteando leones, y buscando herirlos de un derechazo. La tribuna contuvo la respiración cuando salió el zapatazo que finalmente se estrelló en la raíz del palo. El Relojito Salcedo no quiso ver, no pudo ver. El alma volvió al cuerpo del Pote, por fin el muchacho había encontrado el paso, y hacía tic-tac como siempre. Después de un saque de banda un león se desbordó por la derecha, Relojito fue en barrida pero el felino saltó, hizo una pared y mordiendo el área centró, el balón fue cazado en el área por una melena y se fue hasta el fondo. “No pasa nada señores, un gol no es nada cuando el Relojito es de los nuestros” animó el Caruso a la tribuna desinflada que cayó sentada después del golpe. “Que golazó” pensó el Relojito y empezó a saltar por dentro. El grito retenido casi le hace estallar los pulmones. Rumbo a la charla de medio tiempo Relojito tuvo que apretar la boca para no dejar ver la sonrisa que salía de corazón. Iba obnubilado echándose agua en la cara, tanto que no escuchó la charla del Pote a pesar de ir dirigida a él, solo recordó el “no te vayas a atrasar”. En el segundo tiempo los Plateados encimaron, tuvieron unas seis o siete llegadas estériles, que animaron a la tribuna. Las manecillas del Relojito estaban jugándose un partidazo, mientras su corazón hacía fuerza para que la pelota no entrara. “Aguanten que vamos ganando” suplicó entre dientes a los Leones. Sobre la línea bajó el balón con el pecho, y centró hacía atrás. Un plateado entró al área y desenfundó un cañonazo. Un león se barrió y, sin tocarlo, le movió la pelota, con lo que el atacante cayó al suelo, y aprovechando se revolcó un rato. La mano del arbitro señalando el penalti fue como un una lanza que atravesó el vientre del Relojito, era él quien siempre cobraba. Con el balón en el punto blanco Relojito Salcedo tomó impulsó, venciendo la ganas de salir corriendo. Miró al Pote que con sus dedos simulaba unas manecillas y no fue capaz de levantar la cabeza cuando empezó la carrera para pegarle al balón. Desde ahí el Relojito no sabía fallar. Le pegaba secó y colocado, siempre el arquero tenía que sacarla del fondo. Suspiró y le dio con toda sus fuerzas, engañando al arquero león que se estiró hacia el lado contrario. Sin duda un cobro a sangre fría, como de profesional. El balón fue ceñido al poste, tanto que lo tocó, desviándolo de la red. Giró por la línea hasta que el portero se le echó encima, asesinando cualquier posibilidad plateada. Aunque el fue un cobro perfecto no quiso entrar. Relojito quiso abrazar al arquero igual que los demás leones. Pitazo final 1-0 ganaron los leones. “Aun no se nos traza el Relojito” comentó el Caruso con a voz cortada, “peleó con toda, pero el viento le jugó una mala pasada desviándole un balón que tenía rótulo de gol. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar nunca Relojito. Arriiiiiiiiiiiba Plateados”.
El Relojito fue a buscar al otro capitán, le estrechó la mano con la misma emoción que lo hizo el Pote años atrás, cuando tuvo enfrente a Alejandro Brand. “¿Me cambia la camiseta?”, preguntó tembloroso. El león se quitó la carmesí y el Reloj la plateada. Sin importarle que estuviera sudada se la puso, con la sangre golpeándole el cuello de la emoción. Era el símbolo de su primer y único amor: los Leones. No pudo esperar para verse de rojo, era un Relojito carmesí. Era la alegría del hincha que se pone los colores de su equipo.
El Relojito dio una mirada a la tribuna sin parar de estirarse. "Tic-tac" gritaba la gente señalando su reloj con el índice, y el brazo estirado hacía el centro de la cancha. "Tic-tac".
Hasta ese día, no el día del partido, sino el que el Pote Mejía vio a Nahúm Filemón Salcedo García -no le decíamos Relojito todavía- corriendo hacia la ferretería muy bien peinadito y con ropa nueva, apenas unos pocos se interesaban por el fútbol en el barrio. El mocoso iba por unas puntillas al trote y el Pote lo siguió con la mirada. Midió cada zancada, la forma en que Filemón movía los brazos y los gestos que hacía mientras andaba. Era perfecto. El Pote no vio otra cosa que elegancia, disposición para el juego fluido, facilidad. A decir verdad el niño corría chueco. En cada paso parecía que iba a descuadernarse y se notaba por encima que en la vida había pateado un balón. Nadie hubiera visto un crack en ese flacucho, además del Pote Mejía. Él de inmediato entendió que el chinp era como una hoja en blanco, limpiecita, en la que podía escribir todo el fútbol que tenía en la cabeza. ¿Cuánto? Mucho. Muchísimo. Tanto fútbol como se pueda aprender viéndolo día y noche, leyendo cuanto libro del tema se tenga a la mano, haciendo anotaciones de las cualidades y flaquezas de cada jugador conocido, analizando lo bueno y lo malo de todos movimientos posibles dentro de la cancha. Esa mañana y sin darle muchas vueltas, Mejía decidió enseñarle a jugar al niño que corría chueco, inyectarle el fútbol en las venas, y modelarlo a su antojo para que fuera -si yo sé que va a sonar demasiado romántico pero qué le vamos a hacer- el mejor de todos.
Siendo francos, el Pote era el mejor tutor que cualquier jugador pudiera tener y el tipo que más conocía de balompié en todo el país, más que los periodistas y dirigentes, y más que la mitad de los técnicos que cobran millones en las mejores ligas del mundo. De lejos era el único director técnico capaz de ponerle orden a la selección nacional y llevarla a un mundial otra vez. Lástima que nadie lo sabía, ni él mismo. De ahí que únicamente dirigió un equipo en toda su carrera: el Plateados F.C., el que conformó con pelaos de todo el barrio, para que Filemón tuviera en donde jugar de delantero. Eso sólo después de los años en los que se gastó los ahorros de paciencia que había acumulado toda su vida, buscando que el chino le cogiera cariño al balón, porque al comienzo lo miraba con desconfianza y lo golpeaba con timidez. A punta de coscorrones el Pote logró que lo pisara, que gambeteara a un lado y al otro, que levantara la cabeza para decidir qué hacer, que aprendiera a moverse por toda la cancha, que jugara con gusto y bonito. Dándole plenamente la razón a aquello de que “con la práctica se domina la técnica” que dijo no sé quien, Filemón consiguió moverse mejor que los jugadores que tenían talento innato, tan diferentes a él, moldeado de la nada por el pulso del Pote.
“Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar Relojito. Pote, dale cuerda a ese Reloj, harta cuerda que le dure hasta mañana”. El canto de Juan Ramón Cortés, o el ‘Caruso del gol’ como él mismo se puso, obviamente sin medir las proporciones, hizo que las graderías marcaran el ritmo del segundero con más fuerza. Eso no distrajo al Relojito, que seguía calentando: picando un rato, y trotando el otro. Estaba acostumbrado a los gritos de los hinchas del Plateados desde que su puntualidad lo convirtió en una estrella del fútbol aficionado. ‘El Caruso’ desde el puesto de transmisión improvisado en su Renault 12 anaranjado, volvió a acercarse el micrófono a la boca, para darle gusto a la gente y narrar cómo Nahúm Filemón se convirtió en el Relojito Salcedo. A ese cuento era que le debía sus hinchas el equipo del Pote. La historia se puede resumir en que Filemón en sus cuatro primeros partidos hizo goles en los minutos 25 y 70. Si, todo fue casualidad, una casualidad que atrajo seguidores en un barrio en el que si acaso había dos balones de fútbol. Todos, incluyendo al Pote, tuvieron la certeza de que la puntualidad de Salcedo era un presagio de lo constante que iba a llegar a ser en su carrera deportiva, y si hay algo constante es un reloj, ¿o no?. Siempre hace Tic.tac, así se atrase un poquito.
En los encuentros que vinieron la puntualidad del Relojito Salcedo siguió impecable. Ya no metía dos en el 25 y 70, pero tuvo rachas de cinco juegos haciendo goles en el primer tiempo; dos, mandándola al fondo de la red tres veces, un juego si y otro no empujándola de cabeza. Y siempre el Caruso y el Pote lograban encontrarle alguna periodicidad a las actuaciones del Relojito. Desde eso Mejía cogió la costumbre de poner todas las noches los guayos del pelao junto a un reloj para que descansaran al ritmo del Tic-tac, y no perdieran el pulso.
El Plateados ya estaba en la cancha esperando a su rival, mientras, Relojito Salcedo se metió la camiseta entre la pantaloneta, y se acomodó la cinta de capitán para que no se fuera a soltar con el trajín. La gente estaba tan emocionada como siempre acordándose sólo de las victorias. Ajá, los Plateados también perdían y con alguna frecuencia, con Reloj abordo y todo, y a pesar de ser un equipazo orgullo del Pote y cómplice perfecto de su Opera Prima, quien para su pesar no había podido superar un defecto.
"Mi única frustración con el Reloj es que no he logrado que se vuelva hincha" le confesó melancólico el Pote a su esposa una noche, cuando ya estaban acostados. "Si, le gusta el fútbol, y hay cracks a los que admira, pero ningún equipo le roba el corazón. Ajá, estoy seguro. Le he repetido hasta el cansancio que si no es uno de acá, que busque uno extranjero, pero nada, nada de nada. En últimas a mi no me importaría que fuera un equipo grande o chico". Es que esas cosas no pueden enseñarse, y eso mantenía preocupado al Pote. Él estaba convencido de que un jugador que no sabe lo que siente un hincha, no disfruta el juego del todo. "NI siquiera le gusta Millos, el mejor equipo del mundo y sus alrededores mija, figúrese".
“¡Que grite todo el que sea Plateadoooooo, porque ahí se vienen el rival: los Leones!” anunció Caruso sin respirar, “Ojala que cuando escuchen el Tic-tac del Relojito no sean capaces ni de hacer miau”. Los Leones salieron a la cancha y al Relojito le temblaron las piernas, no de nervios. La sacudida le subió al estómago y se le aceleró el corazón, empezó a respirar disparejo. La casaca carmesí de los once que tenía en frente lo hipnotizó, y fue incapaz de dejar de mirarla. Sin darse cuenta ganó el sorteo y escogió cancha. Lo que sintió en ese momento no podía igualarse ni siquiera con la emoción del primer gol de tiro libre que hizo. Fue amor a primera vista. Relojito quiso esa camiseta como si la conociera de toda la vida, como si hubiera festejado por ella cientos de veces. Sin que se diera cuenta el balón le pasó por el lado. Los llamados de atención de sus compañeros no surtieron efecto. El Reloj estaba atolondrado. No le cupo duda: estaba enamorado. En sus ojos se reflejaba la bandera roja con un león dorado de fauces abiertas en el centro. Sintió ganas de arroparse con ella y meterse en la tribuna a cantar. El rugido en su corazón lo estremeció. Él era un león que se había encontrado con su manada sorpresivamente. Un pitazo profundo lo sacó de su trance. Cuando miró a su lado, un león estaba tirado en el suelo a causa de un patadón plateado. Ansioso el Pote se metió a la cancha, y fue directo a donde estaba Relojito. “¡Muévete, búscala!. Quiero ver andar esas manecillas No te vayas a atrasar justo hoy. Por mí”. El pito puso a rodar el balón otra vez. Las palabras del Pote calaron profundo en el delantero. Casi pudo sentir los coscorrones. Cuando cogió la pelota empezó a moverla como sabía, con una amargura que casi le hace salir lágrimas. Un león gambeteando leones, y buscando herirlos de un derechazo. La tribuna contuvo la respiración cuando salió el zapatazo que finalmente se estrelló en la raíz del palo. El Relojito Salcedo no quiso ver, no pudo ver. El alma volvió al cuerpo del Pote, por fin el muchacho había encontrado el paso, y hacía tic-tac como siempre. Después de un saque de banda un león se desbordó por la derecha, Relojito fue en barrida pero el felino saltó, hizo una pared y mordiendo el área centró, el balón fue cazado en el área por una melena y se fue hasta el fondo. “No pasa nada señores, un gol no es nada cuando el Relojito es de los nuestros” animó el Caruso a la tribuna desinflada que cayó sentada después del golpe. “Que golazó” pensó el Relojito y empezó a saltar por dentro. El grito retenido casi le hace estallar los pulmones. Rumbo a la charla de medio tiempo Relojito tuvo que apretar la boca para no dejar ver la sonrisa que salía de corazón. Iba obnubilado echándose agua en la cara, tanto que no escuchó la charla del Pote a pesar de ir dirigida a él, solo recordó el “no te vayas a atrasar”. En el segundo tiempo los Plateados encimaron, tuvieron unas seis o siete llegadas estériles, que animaron a la tribuna. Las manecillas del Relojito estaban jugándose un partidazo, mientras su corazón hacía fuerza para que la pelota no entrara. “Aguanten que vamos ganando” suplicó entre dientes a los Leones. Sobre la línea bajó el balón con el pecho, y centró hacía atrás. Un plateado entró al área y desenfundó un cañonazo. Un león se barrió y, sin tocarlo, le movió la pelota, con lo que el atacante cayó al suelo, y aprovechando se revolcó un rato. La mano del arbitro señalando el penalti fue como un una lanza que atravesó el vientre del Relojito, era él quien siempre cobraba. Con el balón en el punto blanco Relojito Salcedo tomó impulsó, venciendo la ganas de salir corriendo. Miró al Pote que con sus dedos simulaba unas manecillas y no fue capaz de levantar la cabeza cuando empezó la carrera para pegarle al balón. Desde ahí el Relojito no sabía fallar. Le pegaba secó y colocado, siempre el arquero tenía que sacarla del fondo. Suspiró y le dio con toda sus fuerzas, engañando al arquero león que se estiró hacia el lado contrario. Sin duda un cobro a sangre fría, como de profesional. El balón fue ceñido al poste, tanto que lo tocó, desviándolo de la red. Giró por la línea hasta que el portero se le echó encima, asesinando cualquier posibilidad plateada. Aunque el fue un cobro perfecto no quiso entrar. Relojito quiso abrazar al arquero igual que los demás leones. Pitazo final 1-0 ganaron los leones. “Aun no se nos traza el Relojito” comentó el Caruso con a voz cortada, “peleó con toda, pero el viento le jugó una mala pasada desviándole un balón que tenía rótulo de gol. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. Tiiiiiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaaaac. No te nos vayas a atrasar nunca Relojito. Arriiiiiiiiiiiba Plateados”.
El Relojito fue a buscar al otro capitán, le estrechó la mano con la misma emoción que lo hizo el Pote años atrás, cuando tuvo enfrente a Alejandro Brand. “¿Me cambia la camiseta?”, preguntó tembloroso. El león se quitó la carmesí y el Reloj la plateada. Sin importarle que estuviera sudada se la puso, con la sangre golpeándole el cuello de la emoción. Era el símbolo de su primer y único amor: los Leones. No pudo esperar para verse de rojo, era un Relojito carmesí. Era la alegría del hincha que se pone los colores de su equipo.
Opinión: Al cine colombiano apenas le está saliendo barba
El cine colombiano llegó a la adultez. La frase se puso de moda desde que algunos de los dueños de la palabra en cuestiones cinematográficas se apresuraron a cantarla a diestra y siniestra. Como siempre pasa, un comentario zalamero crece, crece y crece, y por supuesto como nuestro país no es precisamente el de las excepciones, éste creció, al punto de que -fisgoneando una conversación de tienda- escuché a un par de señores dando por sentado que en 2009 el Oscar reposaría en alguna vitrina colombiana.
Es que ya estamos para eso, no tenemos nada que envidiarle a los gringos, decía uno de los señores a los que era muy fácil diagnosticarles, a simple vista, serias fallas en el sentido de las proporciones.
No aprendemos ¿cierto? Nos fascina estarnos tragando nuestras palabras todos los años. Ahora nos convertimos en la gran potencia cinematográfica que va arrasar con los Oscar. Mesura, por favor mesura, qué tal que nos escuchen en el exterior y volvamos a quedar como un cuero.
No es que esté en contra del cine colombiano. Nada de eso. Yo soy de los que hincha pecho si en CNN hablan de Paraíso Travel, o de Bluff, o de Al final del espectro. Yo soy de los que estaban cansados de las mismas películas en las hacíamos gala de nuestra ramplonada, de nuestra chavacanería recalcitrante, y que por supuesto no gustaban en ningún lado ni iban a festivales.
Y es que el cine colombiano de hoy hace ver al que se hacia hace tres años como un desenfriolito. Las cosas han cambiado del cielo a la tierra. Ahora nos atrevemos -sí, nos atrevemos porque yo voy a cine y pago la boleta con la que se financian nuevas películas- a hacer historias sin ese tufo barrial que en un principio funcionaba, pero que se prostituyó porque todo el que quiso hacer cine se colgó de él. Ahora además de comedias hay dramas y hasta películas de terror hechas en Colombia.
Hace un par de semanas Marlon Moreno, uno de los actores de mostrar que hay en Colombia, se quedó con el premio a Mejor actor en el Festival de Guadalajara, uno de los más importantes de Latinoamérica, al que van los que saben de este asunto. Marlon se ganó el reconocimiento a pulso con una excelente actuación en Perro come perro, una película colombiana que no se ha estrenado pero que ya fue al Sundance. Menciono a Moreno por dos cosas. Uno. Su premio demuestra que se está haciendo buen cine en Colombia. Dos. En una entrevista que el actor concedió a este diario se le cuestionó acerca de la famosa llegada a la adultez, y la respuesta fue sencilla “No nos podemos a poner a pensar eso. Para mí ni siquiera estamos en la adolescencia” dijo y después explicó que lo estamos haciendo bien pero que falta. Totalmente de acuerdo, apenas nos está saliendo la barba en las lides del séptimo arte, pero ahí vamos, dándole fuerte, cada vez haciendo, más y mejor. Disfrutemos el proceso y tomémoslo con calma, que la sed de Oscar espere un ratico.
Es que ya estamos para eso, no tenemos nada que envidiarle a los gringos, decía uno de los señores a los que era muy fácil diagnosticarles, a simple vista, serias fallas en el sentido de las proporciones.
No aprendemos ¿cierto? Nos fascina estarnos tragando nuestras palabras todos los años. Ahora nos convertimos en la gran potencia cinematográfica que va arrasar con los Oscar. Mesura, por favor mesura, qué tal que nos escuchen en el exterior y volvamos a quedar como un cuero.
No es que esté en contra del cine colombiano. Nada de eso. Yo soy de los que hincha pecho si en CNN hablan de Paraíso Travel, o de Bluff, o de Al final del espectro. Yo soy de los que estaban cansados de las mismas películas en las hacíamos gala de nuestra ramplonada, de nuestra chavacanería recalcitrante, y que por supuesto no gustaban en ningún lado ni iban a festivales.
Y es que el cine colombiano de hoy hace ver al que se hacia hace tres años como un desenfriolito. Las cosas han cambiado del cielo a la tierra. Ahora nos atrevemos -sí, nos atrevemos porque yo voy a cine y pago la boleta con la que se financian nuevas películas- a hacer historias sin ese tufo barrial que en un principio funcionaba, pero que se prostituyó porque todo el que quiso hacer cine se colgó de él. Ahora además de comedias hay dramas y hasta películas de terror hechas en Colombia.
Hace un par de semanas Marlon Moreno, uno de los actores de mostrar que hay en Colombia, se quedó con el premio a Mejor actor en el Festival de Guadalajara, uno de los más importantes de Latinoamérica, al que van los que saben de este asunto. Marlon se ganó el reconocimiento a pulso con una excelente actuación en Perro come perro, una película colombiana que no se ha estrenado pero que ya fue al Sundance. Menciono a Moreno por dos cosas. Uno. Su premio demuestra que se está haciendo buen cine en Colombia. Dos. En una entrevista que el actor concedió a este diario se le cuestionó acerca de la famosa llegada a la adultez, y la respuesta fue sencilla “No nos podemos a poner a pensar eso. Para mí ni siquiera estamos en la adolescencia” dijo y después explicó que lo estamos haciendo bien pero que falta. Totalmente de acuerdo, apenas nos está saliendo la barba en las lides del séptimo arte, pero ahí vamos, dándole fuerte, cada vez haciendo, más y mejor. Disfrutemos el proceso y tomémoslo con calma, que la sed de Oscar espere un ratico.
Opinión: Ya no me mamo a los críticos (I)
Estoy de acuerdo con Luis Ospina: en cuestión de cine, cantidad es calidad. Los realizadores colombianos deben apuntarle a hacer cuantas películas puedan y no pretender rodar una cinta cada cinco años, con la aspiración de que sea una obra maestra. Bajo el sol no hay nada oculto. En estos caminos del séptimo arte apenas nos están saliendo los dientes, por eso ese es el primer paso para convertir esto que hacemos ‘tímidamente’ en una industria de verdad. Vamos bien.
Pero esto tiene su ‘pelo en la leche’. Por un lado los directores, guionistas, productores, luminotécnicos, etcétera, etcétera, le apuestan al sueño de hacer cine. Por el otro, ‘algunos’ -repito, ‘algunos’- críticos parecen querer impedirlo a toda costa.
Y es que los críticos tienen el poder en sus manos. En un párrafo suben las películas al cielo, o en un par de líneas las tiran al suelo, rebajándolas sin piedad. En pocas palabras, convierten el trabajo de varios meses, en el que se han invertido millones –obtenidos después de hipotecas y carros vendidos- en una ‘basura que no merece ser vista’. Eso se lo dicen a sus lectores, y ellos, por consiguiente, ni se asoman a las salas a ver la cinta.
Lo peor de todo es que ‘algunos’ de esos críticos, que están en el grupo de los ‘algunos que no quieren que haya industria’, lo hacen de ‘mala leche’. En serio. De eso me convenció el director de una película que se estrenó este año, cuando me contó que un crítico se había encargado de despedazar su obra –antes del estreno-, y además había ‘pasado la bola’ a sus colegas, que también hablaron muy mal de ella. ¿Hay buenas intenciones en eso? No creo.
Otra muestra. El experto en cine de una reconocida cadena radial, catalogó ‘El colombian dream’ de Felipe Aljure como la peor cinta de 2006. Eso no tendría nada de llamativo si, en segundo lugar, no hubiera puesto a ‘Chiquito pero peligroso’. Palabras más, palabras menos, una seudo comedia gringa, floja, muy floja desde su título, tiene más merito que una propuesta colombiana hecha con las uñas. Muy objetivo, ¿cierto?.
Tengo claro que hay películas colombianas que son malas, pero también que si hay diez pésimas y una buena, ya estamos ganando. Por eso, entre más, mucho mejor. Para que haya más, necesitamos que la gente vaya a las salas, para recuperar alguna platica y volverla a invertir en cine. Por eso exhorto a los que hacen parte del ‘reducido’ grupo de ‘algunos críticos mala leche’, que si no les gusta alguna película colombiana, se limiten a poner una estrellita en la escala que le da cinco a una obra maestra. Con eso es suficiente. No hay necesidad de sobreactuarse. En serio, si lo que buscan es desquitarse, pues ahí tienen los filmes de Tarantino o Scorsese. Hablen pestes que a ellos no les importa.
Me despido con una frase del músico francés André Gedalce: “los críticos hacen pipí sobre la música, y creen que la están ayudando a crecer”.
Pero esto tiene su ‘pelo en la leche’. Por un lado los directores, guionistas, productores, luminotécnicos, etcétera, etcétera, le apuestan al sueño de hacer cine. Por el otro, ‘algunos’ -repito, ‘algunos’- críticos parecen querer impedirlo a toda costa.
Y es que los críticos tienen el poder en sus manos. En un párrafo suben las películas al cielo, o en un par de líneas las tiran al suelo, rebajándolas sin piedad. En pocas palabras, convierten el trabajo de varios meses, en el que se han invertido millones –obtenidos después de hipotecas y carros vendidos- en una ‘basura que no merece ser vista’. Eso se lo dicen a sus lectores, y ellos, por consiguiente, ni se asoman a las salas a ver la cinta.
Lo peor de todo es que ‘algunos’ de esos críticos, que están en el grupo de los ‘algunos que no quieren que haya industria’, lo hacen de ‘mala leche’. En serio. De eso me convenció el director de una película que se estrenó este año, cuando me contó que un crítico se había encargado de despedazar su obra –antes del estreno-, y además había ‘pasado la bola’ a sus colegas, que también hablaron muy mal de ella. ¿Hay buenas intenciones en eso? No creo.
Otra muestra. El experto en cine de una reconocida cadena radial, catalogó ‘El colombian dream’ de Felipe Aljure como la peor cinta de 2006. Eso no tendría nada de llamativo si, en segundo lugar, no hubiera puesto a ‘Chiquito pero peligroso’. Palabras más, palabras menos, una seudo comedia gringa, floja, muy floja desde su título, tiene más merito que una propuesta colombiana hecha con las uñas. Muy objetivo, ¿cierto?.
Tengo claro que hay películas colombianas que son malas, pero también que si hay diez pésimas y una buena, ya estamos ganando. Por eso, entre más, mucho mejor. Para que haya más, necesitamos que la gente vaya a las salas, para recuperar alguna platica y volverla a invertir en cine. Por eso exhorto a los que hacen parte del ‘reducido’ grupo de ‘algunos críticos mala leche’, que si no les gusta alguna película colombiana, se limiten a poner una estrellita en la escala que le da cinco a una obra maestra. Con eso es suficiente. No hay necesidad de sobreactuarse. En serio, si lo que buscan es desquitarse, pues ahí tienen los filmes de Tarantino o Scorsese. Hablen pestes que a ellos no les importa.
Me despido con una frase del músico francés André Gedalce: “los críticos hacen pipí sobre la música, y creen que la están ayudando a crecer”.
Conversando con Montt
Nahum Montt y sus ‘memorias’de un magnicidioDecenas de ojos miran fijamente a todo aquel que entra al estudio de Nahum Montt, desde unas pequeñas fotografías colgadas detrás del escritorio. Poe, Cortázar, Tolstoi, Twain, Freud, Dostoievski... dice el escritor señalándolas como quien presenta a sus amigos, para después aclarar que antes las tenía al frente pero que lo inquietaban y entonces decidió cambiarlas de lugar.
Esos ojos fueron testigos del nacimiento de Lara, una novela basada en hechos reales, en la que el escritor santandereano reconstruye literariamente los hechos que rondaron el asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, enmarcado en uno de los episodios más oscuros de la historia nacional.
¿Cómo nace la obsesión con la historia de Lara Bonilla?
Estoy tratando en este momento de exorcizarla. Siento que cada entrevista es una oportunidad para liberarme de esa obsesión. El libro fue una posibilidad, pero permanece. Cuando uno escribe una novela siempre hay una imagen nuclear, primaria. En este caso es una que tenemos buena parte de los colombianos con respecto a Lara, y es la del carro del ministro después del atentado.
Cuando escribí mi anterior novela, El Esquimal y la mariposa, que cuenta la muerte de Jaramillo y Pizarro en el noventa, yo decía, “sin embargo todo se originó la noche del 30 de abril de 1984 cuando fue asesinado el ministro Lara Bonilla”. El esquimal se ubica desde los criminales y la conspiración; en este libro se mira desde las víctimas. Siento que también es necesario narrar este país desde la mirada de las víctimas sin idealizarlas.
¿Por qué esa fijación de tomar la historia reciente como elemento central en sus libros?
No es algo conciente y deliberado que yo haya decidido. Uno nunca elige los temas. Ellos se terminan imponiendo. Ahora estoy tratando, en los proyectos que vienen, de exorcizar un poco más y distanciarme. Pero siempre termino contando las historias de este país.
No es cuestión de reivindicar a nadie, la literatura está más allá de eso. Hay que contar de la mejor forma esa historia en la que han quedado tantos cabos sueltos, como lo relacionado con la muerte de Lara Bonilla. En cierta forma la literatura nos ayuda a liberarnos de esos fantasmas históricos.
Muy cerca del principio de la novela hay una escena que le muestra al lector lo que puede esperar en adelante, es una conversación muy cercana entre Guillermo Cano y Lara ¿cómo los ‘hizo hablar’?
Eso es lo mágico y misterioso de la literatura, que nos permite darle vida a aquellos que han partido, nos da la posibilidad de volverlos a sentir cerca. Descubrí en Cano, un personaje bellísimo, que me servía para iluminar a Lara. Y esas conversaciones responden a esa intencionalidad estética.
Un personaje se construye en relación a su entorno y en su interacción con otros personajes. Desde ese punto de vista, Cano le dio fuerza a Lara.
Reconstruir, imaginar esa escena fue muy bonito, porque está en el centro de la paradoja, entre el rigor histórico -fueron más de dos años inmerso, rastreando todo- y por el otro la imaginación. Uno puede compensar una con la otra. Las dos se necesitan. Yo le aposté a que esos diálogos fueran creíbles.
Una de las virtudes de ‘Lara’ es que es un libro muy corto (214 pág.). Usualmente los libros fruto de grandes investigaciones son muy largos
¿Cómo logró que la historia fuera tan esencial?
Yo le aposté a la eficacia narrativa. Sabía que la novela tenía que ser eficaz sin dejarla ir entre las ramas. La historia me reclamó la necesidad de ser narrada así. En ‘El esquimal y la mariposa’ yo me regodeaba en los detalles, esta vez la novela me salió seca. Yo decía “le voy a meter atmósfera, y no, no era verosímil”. Siento que es una gran ventaja escribir de esa forma, en la que uno apunta a ser más contundente, y en la que el lector sabe que está leyendo un texto esencial.
Hablemos de la carpintería de ‘Lara’ ¿cómo va tomando forma la obra?
Después de rastrear información y de empezar a captar posibles imágenes del texto, no tenía la estructura todavía, pero sabía que la imagen del carro iba a ser muy importante.
Yo tenía un supuesto. En mis planes no estaba nombrar a Pablo Escobar, porque se ha convertido en una especie de fetiche literario. Cuando empecé a estructurar la novela, supe que tenía que darse el debate, el encuentro con Cano y hasta ahí.
Pero me di cuenta que el lector iba a quedar sin contexto para saber quiénes estuvieron detrás de la muerte de Lara. Por eso tuve que meter a Escobar como la figura del antagonista, y aumentar la tensión dramática.
¿Ha hablado con la familia del ministro Lara? ¿Qué piensan ellos del libro?
Es durísima esa imagen. Yo hice todo el proceso de reconstrucción de la historia y tuve plena autonomía.
Conversé mucho con ellos, sobre todo con Nancy Restrepo de Lara, la viuda, ella fue muy importante en este proyecto, y finalmente le dedico el libro a ella. Descubrí que el otro lado heroico de la historia era ella, quien entonces era una joven de 26 años que tuvo que largarse a Europa con sus tres hijos.
Cuando se la mostré a Rodrigo hijo le gustó, a pesar de que se incomodó un poco, porque aparece en algunas escenas finales. La lectura de Paulo José, el hijo menor, fue la que más me conmovió, el tenía dos años cuando pasó todo. El tenía imágenes fragmentarias, retazos de su padre. Él me dijo que agradecía esta novela porque por primera vez tenía una imagen completa de su padre, y que pese a conocer el final, quiso tener el poder de cambiarlo.
Es durísima esa imagen. Yo hice todo el proceso de reconstrucción de la historia y tuve plena autonomía.
Conversé mucho con ellos, sobre todo con Nancy Restrepo de Lara, la viuda, ella fue muy importante en este proyecto, y finalmente le dedico el libro a ella. Descubrí que el otro lado heroico de la historia era ella, quien entonces era una joven de 26 años que tuvo que largarse a Europa con sus tres hijos.
Cuando se la mostré a Rodrigo hijo le gustó, a pesar de que se incomodó un poco, porque aparece en algunas escenas finales. La lectura de Paulo José, el hijo menor, fue la que más me conmovió, el tenía dos años cuando pasó todo. El tenía imágenes fragmentarias, retazos de su padre. Él me dijo que agradecía esta novela porque por primera vez tenía una imagen completa de su padre, y que pese a conocer el final, quiso tener el poder de cambiarlo.
Algo de McOndo
McOndo: la gran rebelión contra el realismo mágico
En 1996, la publicación de una antología de nuevos escritores latinoamericanos hizo las veces de manifiesto que anunciaba la ruptura de sus páginas con el boom latinoamericano
VAMOS A hablar de McOndo. No se preocupe, está bien escrito. Sí. No es Macondo sino McOndo, como McDonald’s, como MacGyver, y como McIntosh.
McOndo es América Latina vista con otros ojos, un ‘país’ que, según sus promotores, dista mucho del pueblo de la familia Buendía, el de las mariposas amarillas, hombres con cola de cerdo y mujeres que vuelan.
En 1996, los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez publicaron la antología de cuentos McOndo -editada por Gijalbo-Mondadori-, en la que reunieron relatos de escritores de la nueva generación literaria latinoamericana, esa que según ellos es “post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual".
El nombre del libro fue suficiente para que la crítica del continente enfilara armas en contra Fuguet, Gómez y sus secuaces, quienes fueron vistos como herejes por atreverse a satirizar el hasta entonces sacrosanto nombre de Macondo, gran símbolo del tan venerado Realismo Mágico.
El prólogo de McOndo fue tomado como una declaración que anunciaba la ruptura de los nuevos narradores con el boom y postboom, y por supuesto, con su máximo baluarte cargado de mariposas amarillas, pese a que Fuguet y Gómez anunciaron en las líneas que precedían a los relatos que esa no era la intención de la compilación.
“Sabemos que muchos leerán este libro como un tratado generacional o como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones”, escribieron.
La otra orilla
El Realismo Mágico, garciamarquiano sobretodo, fungió por varías décadas como rector principal del código literario latinoamericano, como vara de medición de cuanta página se escribiera por estos lares. A partir de Cien años de soledad surgieron imitadores de la técnica -de la cual sólo Gabo posee las llaves- debido a la demanda internacional de historias sorprendentes venidas del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, lo cual castró muchos intentos de hacer cosas diferentes.
McOndo, sin desconocer el riquísimo valor literario de Macondo, quiso proponerse como una alternativa joven en la narrativa moderna.
“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países –declararon Gómez y Fuguet en el prólogo de la antología- pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercanos al concepto de aldea global o mega red”.
Y es que los nuevos narradores, los que aceptan ser llamados ‘MacOndianos’, querían dar al mundo una visión más amplia de nuestro continente, apartada del ruralismo de Gabo y Ruflo, pues según ellos América Latina, desde hace un par de décadas, no se limita al campo sino que está también integrada por grandes y desordenadas urbes que no son ajenas a las últimas tecnologías, que hacen parte de la modernidad (¿o postmodernidad?), fruto de una amalgama de culturas autóctonas e importadas a través de los medios.
“Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje”, escribieron.
Un poco de McOndo
Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato.
Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y Magneto, Soda Stéreo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
Fragmento del prólogo de McOndo, (una anotología de nueva literatura hispanoamericana)
En 1996, la publicación de una antología de nuevos escritores latinoamericanos hizo las veces de manifiesto que anunciaba la ruptura de sus páginas con el boom latinoamericano
VAMOS A hablar de McOndo. No se preocupe, está bien escrito. Sí. No es Macondo sino McOndo, como McDonald’s, como MacGyver, y como McIntosh.
McOndo es América Latina vista con otros ojos, un ‘país’ que, según sus promotores, dista mucho del pueblo de la familia Buendía, el de las mariposas amarillas, hombres con cola de cerdo y mujeres que vuelan.
En 1996, los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez publicaron la antología de cuentos McOndo -editada por Gijalbo-Mondadori-, en la que reunieron relatos de escritores de la nueva generación literaria latinoamericana, esa que según ellos es “post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual".
El nombre del libro fue suficiente para que la crítica del continente enfilara armas en contra Fuguet, Gómez y sus secuaces, quienes fueron vistos como herejes por atreverse a satirizar el hasta entonces sacrosanto nombre de Macondo, gran símbolo del tan venerado Realismo Mágico.
El prólogo de McOndo fue tomado como una declaración que anunciaba la ruptura de los nuevos narradores con el boom y postboom, y por supuesto, con su máximo baluarte cargado de mariposas amarillas, pese a que Fuguet y Gómez anunciaron en las líneas que precedían a los relatos que esa no era la intención de la compilación.
“Sabemos que muchos leerán este libro como un tratado generacional o como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones”, escribieron.
La otra orilla
El Realismo Mágico, garciamarquiano sobretodo, fungió por varías décadas como rector principal del código literario latinoamericano, como vara de medición de cuanta página se escribiera por estos lares. A partir de Cien años de soledad surgieron imitadores de la técnica -de la cual sólo Gabo posee las llaves- debido a la demanda internacional de historias sorprendentes venidas del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, lo cual castró muchos intentos de hacer cosas diferentes.
McOndo, sin desconocer el riquísimo valor literario de Macondo, quiso proponerse como una alternativa joven en la narrativa moderna.
“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países –declararon Gómez y Fuguet en el prólogo de la antología- pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercanos al concepto de aldea global o mega red”.
Y es que los nuevos narradores, los que aceptan ser llamados ‘MacOndianos’, querían dar al mundo una visión más amplia de nuestro continente, apartada del ruralismo de Gabo y Ruflo, pues según ellos América Latina, desde hace un par de décadas, no se limita al campo sino que está también integrada por grandes y desordenadas urbes que no son ajenas a las últimas tecnologías, que hacen parte de la modernidad (¿o postmodernidad?), fruto de una amalgama de culturas autóctonas e importadas a través de los medios.
“Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje”, escribieron.
Un poco de McOndo
Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato.
Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y Magneto, Soda Stéreo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
Fragmento del prólogo de McOndo, (una anotología de nueva literatura hispanoamericana)
Muy cerca a Efraím Medina
El ‘video’ de Efraim Medina en su Cinema Árbol
El autor cartagenero presenta por estos días la nueva edición del libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura hace 21 años. La versión incluye nuevos relatos
Efraim Medina Reyes, escritor cartagenero radicado hace varios años en Italia, presenta la Extended version de Cinema Árbol, la colección de cuentos con la que obtuvo en 1995 Premio Nacional de Literatura de Colcultura, con algunas modificaciones, entre ellas la inclusión de nuevos relatos y la corrección y modificación de otros.
El autor cartagenero presenta por estos días la nueva edición del libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura hace 21 años. La versión incluye nuevos relatos
Efraim Medina Reyes, escritor cartagenero radicado hace varios años en Italia, presenta la Extended version de Cinema Árbol, la colección de cuentos con la que obtuvo en 1995 Premio Nacional de Literatura de Colcultura, con algunas modificaciones, entre ellas la inclusión de nuevos relatos y la corrección y modificación de otros.
¿Por qué volver a Cinema Árbol?
El libro nunca fue comercial. Lo publicó el Premio Nacional de Literatura. Circuló, básicamente, a través de universidades, de bibliotecas, embajadas. Fueron mil ejemplares y en eso se fueron.
Pasó el tiempo, y empezaron a salir mis novelas, y era un libro que estaba ahí, y que yo estaba seguro de que iba a retomarlo, tanto para trabajarlo como para pulirlo con lo que fui aprendiendo con los años. También quería cerrar un ciclo que comprendería Cinema Árbol, y las tres novelas que he publicado hasta ahora. Además, el tono de lo que estoy haciendo ahora es diferente, porque soy una persona que ha cambiado con relación a eso en algunos aspectos, no lo esencial, porque la gente no cambia eso.
Sé que se inicia una segunda etapa que empieza con La mejor cosa que nunca tendrás, mi próxima novela, que pienso, va un paso más allá en lo que yo quiero ser como escritor, y en los temas que me interesan.
El libro nunca fue comercial. Lo publicó el Premio Nacional de Literatura. Circuló, básicamente, a través de universidades, de bibliotecas, embajadas. Fueron mil ejemplares y en eso se fueron.
Pasó el tiempo, y empezaron a salir mis novelas, y era un libro que estaba ahí, y que yo estaba seguro de que iba a retomarlo, tanto para trabajarlo como para pulirlo con lo que fui aprendiendo con los años. También quería cerrar un ciclo que comprendería Cinema Árbol, y las tres novelas que he publicado hasta ahora. Además, el tono de lo que estoy haciendo ahora es diferente, porque soy una persona que ha cambiado con relación a eso en algunos aspectos, no lo esencial, porque la gente no cambia eso.
Sé que se inicia una segunda etapa que empieza con La mejor cosa que nunca tendrás, mi próxima novela, que pienso, va un paso más allá en lo que yo quiero ser como escritor, y en los temas que me interesan.
¿Qué significa para usted este libro?
Es como recoger veinte años de escritura, porque ese libro contiene mi cuento más antiguo y también el último de este período, escrito en el 2000. El más antiguo se llama Días iniciales y con él yo gané un premio en 1986. Además fui a México por el II Premio Latinoamericano de Cuento, de una revista que se llamaba Plural, del diario Excelsior. Cinema Árbol recoge todo ese tiempo. Es algo, para mí al menos, importante, de motivo de reflexión como escritor. Es como decir, esto es lo que he hecho, estos son mis elementos, y ante los lectores es la forma de hacer que se vea toda la trayectoria. Es una amalgama de cosas.
¿Quién era el Efraím Medina que escribió Cinema Árbol?
En realidad era como un híbrido entre alguien que empezó a escribir como una forma de defenderse, no solamente del mundo en su parte más física y cruel, sino también de las mismas taras y problemas. Alguien que encontró en esto un refugio. Como la mayoría, tuve una adolescencia muy atormentada y encontré en los libros, primero en la lectura y luego en el escribir, una especie de sosiego, de defensa, de respuesta a lo que me agredía. Después también fue como mi forma de llegar al mundo, de salir del encierro, de la oscuridad en la que me había metido. Creo que era alguien lleno de incertidumbres con muchos temores en torno a la realidad, y al futuro, y a todas esas cosas que ya no me preocupan tanto.
En realidad era como un híbrido entre alguien que empezó a escribir como una forma de defenderse, no solamente del mundo en su parte más física y cruel, sino también de las mismas taras y problemas. Alguien que encontró en esto un refugio. Como la mayoría, tuve una adolescencia muy atormentada y encontré en los libros, primero en la lectura y luego en el escribir, una especie de sosiego, de defensa, de respuesta a lo que me agredía. Después también fue como mi forma de llegar al mundo, de salir del encierro, de la oscuridad en la que me había metido. Creo que era alguien lleno de incertidumbres con muchos temores en torno a la realidad, y al futuro, y a todas esas cosas que ya no me preocupan tanto.
Suena extrañó que un escritor diga que entre un libro y un Cd, su elección siempre sería el disco ¿Por qué ?
Yo no me siento escritor, a mí me gusta escribir desde que tengo 18 años pero no me gusta ser escritor, porque me parece que hay una diferencia grande, porque yo conozco los escritores y sé que no soy como ellos, como Héctor Abad, o Santiago Gamboa, ni siquiera me llevo bien con ellos, con los que me llevo bien lo hago de una forma distante, sin las sensaciones que me produce la amistad. No soy como ellos se toman en serio, ellos piensan que eso que hacen es un fin en si mismo. Para mi la literatura es una excusa, es un forma de diálogo, pero no es una de las formas de la importancia. Yo no considero que la literatura sea trascendental, ellos piensan que sus libros les dan una categoría especial en el mundo, como si fueran particulares. Yo he escrito libros, y no me siento así, no creo que sea un escritor.
No es para atacar ni molestar a alguien, pero yo me siento más próximo a los músicos, es gente desenfadada, que sabe que lo que hace es un divertimento, que le puede gusta a algunos y a otros no, y que sólo tratan de comunicar honestamente. Además, a mi me parece triste que los escritores colombianos, los que conozco al menos, no tienen ningún compromiso, y no lo digo porque debieran escribir sobre ciertas cosas. Ellos como personas cuando se expresan en las entrevistas -yo los llamo escritores de juguete- no se han pronunciado en un país en el que se violan las mínimas reglas de la condición humana. Ni parece interesarles, es como si su literatura fuera una coartada, un ‘salvo conducto’ para olvidarse del mundo.
Yo no me siento escritor, a mí me gusta escribir desde que tengo 18 años pero no me gusta ser escritor, porque me parece que hay una diferencia grande, porque yo conozco los escritores y sé que no soy como ellos, como Héctor Abad, o Santiago Gamboa, ni siquiera me llevo bien con ellos, con los que me llevo bien lo hago de una forma distante, sin las sensaciones que me produce la amistad. No soy como ellos se toman en serio, ellos piensan que eso que hacen es un fin en si mismo. Para mi la literatura es una excusa, es un forma de diálogo, pero no es una de las formas de la importancia. Yo no considero que la literatura sea trascendental, ellos piensan que sus libros les dan una categoría especial en el mundo, como si fueran particulares. Yo he escrito libros, y no me siento así, no creo que sea un escritor.
No es para atacar ni molestar a alguien, pero yo me siento más próximo a los músicos, es gente desenfadada, que sabe que lo que hace es un divertimento, que le puede gusta a algunos y a otros no, y que sólo tratan de comunicar honestamente. Además, a mi me parece triste que los escritores colombianos, los que conozco al menos, no tienen ningún compromiso, y no lo digo porque debieran escribir sobre ciertas cosas. Ellos como personas cuando se expresan en las entrevistas -yo los llamo escritores de juguete- no se han pronunciado en un país en el que se violan las mínimas reglas de la condición humana. Ni parece interesarles, es como si su literatura fuera una coartada, un ‘salvo conducto’ para olvidarse del mundo.
Encuentro con Alberto Fuguet
Escritor, realizador y cinéfilo por vocación, este chileno ha logrado convertirse en una de las más importantes figuras de las letras latinoamericanas.
”El dar tantas charlas es como realismo mágico”, bromea Alberto Fuguet, refiriéndose a su apretadísima agenda durante la Feria del Libro de Bogotá. Es víspera de su viaje a Caracas y se nota complacido de estar un poco alejado del bullicio de Corferias.
Mientras se sienta en el sillón de una librería en la que un rato más tarde presentará Cortos, su nuevo libro de cuentos, Fuguet, -considerado anatema por ir en contra de los valores literarios del sacrosanto Macondo, toma café de una pequeña taza y observa los anaqueles a su alrededor.
Definitivamente el autor de Sobredosis, Mala Onda, Por Favor Rebobinar y Las películas de mi vida -entre otros libros- y director del largometraje chileno Se arrienda, ese que tengo en frente, no es el tipo soberbio y antipático que tantos pintan.
“Pregunta lo que quieras” dice.
¿Se sigue sintiendo cómodo hablando de realismo mágico?
Cada vez más cómodo porque cada vez me interesa menos, y cada vez se más como abordarlo. Me gustaría, de alguna manera, que no me lo preguntaran. Son como pecados de juventud, y al final tenés que hacerte cargo de eso. Tampoco creo que fue algo tan tremendo lo que hice. Creo que he aprendido a manejar ese pecado, que fue haber hablado...
Además, estoy de acuerdo con todo lo que dije, lo que no me gusta -y no tengo nada de que avergonzarme- es que se ha vuelto como repetitivo, y me da miedo que en mi obituario lo único que digan es que yo era McOndo, yo siento que soy mucho más.
Entonces ahora estoy tratando, simplemente, y aunque no puedo evitarlo, porque sería mala educación, de la mano del cine también, ser más que McOndo. Y a la larga, veamos, espero que mi obra sea más fuerte que el nombrecito, que en todo caso no me molesta, es simpático, es divertido oír “McOndo”- Sigo creyendo que en algunas cosas tengo la razón.
Te cuento un dato freak. Me acabo de enterar que en Venezuela, a donde viajo mañana, yo voy a presentar el libro del Alfaguara y de la RAE de Cien años de soledad. Eso me parece superdivertido. Todavía no se de qué voy a hablar porque no lo leo hace cuarenta mil años, pero voy a googlear a ver que han dicho otros. Eso puede ser una buena expiación. Después de que yo presente Cien años de soledad -voy a pedir que me tomen muchas fotos- nadie va a poder decir que yo odio a García Márquez, porque además no lo odio, simplemente no soy tan fan.
Aquí en América Latina la gente es muy blanco y negro, es muy histérica, y la vida no es así. Con el tiempo uno puede dudar de uno mismo, quizás hasta contradecirse. Capaz que el día de mañana me llega a gustar García Márquez, pero por ahora no me gusta mucho, y no creo que por eso deban asesinarme. Deberían estar orgullosos de él, pero también de otras cosas más.
Cada vez más cómodo porque cada vez me interesa menos, y cada vez se más como abordarlo. Me gustaría, de alguna manera, que no me lo preguntaran. Son como pecados de juventud, y al final tenés que hacerte cargo de eso. Tampoco creo que fue algo tan tremendo lo que hice. Creo que he aprendido a manejar ese pecado, que fue haber hablado...
Además, estoy de acuerdo con todo lo que dije, lo que no me gusta -y no tengo nada de que avergonzarme- es que se ha vuelto como repetitivo, y me da miedo que en mi obituario lo único que digan es que yo era McOndo, yo siento que soy mucho más.
Entonces ahora estoy tratando, simplemente, y aunque no puedo evitarlo, porque sería mala educación, de la mano del cine también, ser más que McOndo. Y a la larga, veamos, espero que mi obra sea más fuerte que el nombrecito, que en todo caso no me molesta, es simpático, es divertido oír “McOndo”- Sigo creyendo que en algunas cosas tengo la razón.
Te cuento un dato freak. Me acabo de enterar que en Venezuela, a donde viajo mañana, yo voy a presentar el libro del Alfaguara y de la RAE de Cien años de soledad. Eso me parece superdivertido. Todavía no se de qué voy a hablar porque no lo leo hace cuarenta mil años, pero voy a googlear a ver que han dicho otros. Eso puede ser una buena expiación. Después de que yo presente Cien años de soledad -voy a pedir que me tomen muchas fotos- nadie va a poder decir que yo odio a García Márquez, porque además no lo odio, simplemente no soy tan fan.
Aquí en América Latina la gente es muy blanco y negro, es muy histérica, y la vida no es así. Con el tiempo uno puede dudar de uno mismo, quizás hasta contradecirse. Capaz que el día de mañana me llega a gustar García Márquez, pero por ahora no me gusta mucho, y no creo que por eso deban asesinarme. Deberían estar orgullosos de él, pero también de otras cosas más.
Cortos es un libro diferente desde la portada. En su interior se manejan distintos tipos de fuentes, dibujos, e incluso algunos cuentos están escritos a manera de libreto de cine ¿por qué hacerlo de esta forma?
¿Por qué no?. Yo lo escribí con cansancio. Hay miles de libros, algunos de ellos muy, muy buenos, pero hay muchos de ellos que libros que yo no leo porque su formato me empezó a aburrir.
Yo soy partidario de la tesis de que no se puede escribir ahora igual que en el siglo XIX o en el XX. Hay libros increíbles que se han escrito en esa época. Si yo voy a escribir tengo que hacer algo distinto, pero no distinto porque sí, o como pose, o como para romper, sino por convicción.
Yo siento que la gente piensa en imágenes. El cine está super ligado a la literatura. No tengo muy claro por qué, pero más bien era un poco luchar contra el cuento clásico típico, que yo sentí que ya se estaba volviendo cómo formula, ese ‘cuento perfectito’. A mí me interesan mucho los personajes, para mí son lo más importante, por eso traté de hacer un libro de cuentos donde ellos importaban más que nada. En el fondo se podría titular el libro Nueve amigos, más que Nueve historias supoercreativas. Yo nunca me he sentido tan creativo para contar historias, pero si creo que puedo ser bueno para conectar con personajes que no son muy ganadores.
¿Por qué no?. Yo lo escribí con cansancio. Hay miles de libros, algunos de ellos muy, muy buenos, pero hay muchos de ellos que libros que yo no leo porque su formato me empezó a aburrir.
Yo soy partidario de la tesis de que no se puede escribir ahora igual que en el siglo XIX o en el XX. Hay libros increíbles que se han escrito en esa época. Si yo voy a escribir tengo que hacer algo distinto, pero no distinto porque sí, o como pose, o como para romper, sino por convicción.
Yo siento que la gente piensa en imágenes. El cine está super ligado a la literatura. No tengo muy claro por qué, pero más bien era un poco luchar contra el cuento clásico típico, que yo sentí que ya se estaba volviendo cómo formula, ese ‘cuento perfectito’. A mí me interesan mucho los personajes, para mí son lo más importante, por eso traté de hacer un libro de cuentos donde ellos importaban más que nada. En el fondo se podría titular el libro Nueve amigos, más que Nueve historias supoercreativas. Yo nunca me he sentido tan creativo para contar historias, pero si creo que puedo ser bueno para conectar con personajes que no son muy ganadores.
¿Los cuentos tienen algún parentesco?
Yo creo que sí. Uno, superficialmente, todos tratan de ser visuales, ligados al cine, unos literalmente y otros no. Dos, todos los cuentos son sobre gente que está en una edad en que está a punto de fracasar, o de no ser. A mí me parece fascinante el momento en que alguien se transforma en lo que es y no en lo que quiso ser, que un día se despierta, se ducha, se mira al espejo y dice “¡Oh, no fui el que quise ser, y voy a tener que matarme o aceptar que la vida no me trató también como yo quería”. Yo lo hago no riéndome de los personajes, sino más bien estando a su lado, como diciendo “no es tan malo”. Hay muy poca gente que llega a ser justamente lo que quiso. Yo me siento cercano a los que no les va también, a los que no se sienten seguros de sí mismos, los que llaman ‘looser’. Yo pienso que ser así no es tan malo, es como reivindicar la palabra. Todo el mundo trata de ser un ganador. Esto es diferente.
Yo creo que sí. Uno, superficialmente, todos tratan de ser visuales, ligados al cine, unos literalmente y otros no. Dos, todos los cuentos son sobre gente que está en una edad en que está a punto de fracasar, o de no ser. A mí me parece fascinante el momento en que alguien se transforma en lo que es y no en lo que quiso ser, que un día se despierta, se ducha, se mira al espejo y dice “¡Oh, no fui el que quise ser, y voy a tener que matarme o aceptar que la vida no me trató también como yo quería”. Yo lo hago no riéndome de los personajes, sino más bien estando a su lado, como diciendo “no es tan malo”. Hay muy poca gente que llega a ser justamente lo que quiso. Yo me siento cercano a los que no les va también, a los que no se sienten seguros de sí mismos, los que llaman ‘looser’. Yo pienso que ser así no es tan malo, es como reivindicar la palabra. Todo el mundo trata de ser un ganador. Esto es diferente.
A propósito de Cortos ¿qué características debe tener un buen cuentista?
No lo sé porque en este libro quiero salirme de los buenos cuentistas. No se si estos son buenos cuentos, por lo menos en el modo tradicional. Existen libros y recetas que dicen que el relato debe golpear por knockout al final, que deben contar poco y sólo mostrar la punta, y yo no hago nada de eso. En general sea cuento, novela, crónica o poesía, la única clave es tratar de no mentir, de que te guste el tema. Esa es la única receta que uno puede dar sin sentirse un charlatán. Si vas a escribir escribe algo que te guste, y no para tratar de seducir a tu mamá, y menos a la crítica. No hay que publicar para tratar de vender y agradar a los demás. Tenés que escribir y arriesgarte a que todo el mundo te pueda hasta odiar. Una de las cosas que me molestan de García Márquez es una frase que aquí además la tienen puesta hasta en los eslogans: “Escribo para que me quieran más”. Para eso búscate una novia. Uno no puede escribir para que lo quieran más, debe hacerlo para arriesgarse a que lo quieran menos. Tenés que escribir a riesgo de que tu familia te quite el saludo.
No lo sé porque en este libro quiero salirme de los buenos cuentistas. No se si estos son buenos cuentos, por lo menos en el modo tradicional. Existen libros y recetas que dicen que el relato debe golpear por knockout al final, que deben contar poco y sólo mostrar la punta, y yo no hago nada de eso. En general sea cuento, novela, crónica o poesía, la única clave es tratar de no mentir, de que te guste el tema. Esa es la única receta que uno puede dar sin sentirse un charlatán. Si vas a escribir escribe algo que te guste, y no para tratar de seducir a tu mamá, y menos a la crítica. No hay que publicar para tratar de vender y agradar a los demás. Tenés que escribir y arriesgarte a que todo el mundo te pueda hasta odiar. Una de las cosas que me molestan de García Márquez es una frase que aquí además la tienen puesta hasta en los eslogans: “Escribo para que me quieran más”. Para eso búscate una novia. Uno no puede escribir para que lo quieran más, debe hacerlo para arriesgarse a que lo quieran menos. Tenés que escribir a riesgo de que tu familia te quite el saludo.
¿Qué libro llevaría al cine?
Tendría que ser un libro ojalá no tan famoso para que no me comparen. Otra cosa es tomar uno malo, pero no me veo así. Clint Eastwood está super bien, adaptó un libro horrorosamente cursi para señoras como Los puentes de Madison e hizo una película muy buena. Ando con alguna idea. Ahora estoy adaptando un libro poco conocido de crónicas que se llama El empampado Riquelme, un periodista chileno que se obsesionó con un caso. Tengo otras ideas. Creo que me da mucho miedo adaptar, pero me atrae el hecho de que sea inadaptable, una novela de Ray Loriga que se llama Tokyo ya no nos quiere. También me encantaría llevar al cine –aunque todo el mundo me seguiría con lupa- Tokyo blues de Murakami.
Tendría que ser un libro ojalá no tan famoso para que no me comparen. Otra cosa es tomar uno malo, pero no me veo así. Clint Eastwood está super bien, adaptó un libro horrorosamente cursi para señoras como Los puentes de Madison e hizo una película muy buena. Ando con alguna idea. Ahora estoy adaptando un libro poco conocido de crónicas que se llama El empampado Riquelme, un periodista chileno que se obsesionó con un caso. Tengo otras ideas. Creo que me da mucho miedo adaptar, pero me atrae el hecho de que sea inadaptable, una novela de Ray Loriga que se llama Tokyo ya no nos quiere. También me encantaría llevar al cine –aunque todo el mundo me seguiría con lupa- Tokyo blues de Murakami.
¿Cuál no llevaría a la pantalla?
No sé si responder. Siento que no quiero ser mala persona y atacar a nadie gratuitamente pero diría que son millones, incluso muchos que no he leído. Yo ya, a estas alturas, no leo cosas que no me interesan o que no vienen muy recomendadas por alguien. No llevaría al cine, probablemente, los libros de Grisham o de los Clancy. No me veo haciendo películas sobre presidentes y espionajes. En cambio siento que podría, si me seducen bien, hacer algo de Stephen King.
No sé si responder. Siento que no quiero ser mala persona y atacar a nadie gratuitamente pero diría que son millones, incluso muchos que no he leído. Yo ya, a estas alturas, no leo cosas que no me interesan o que no vienen muy recomendadas por alguien. No llevaría al cine, probablemente, los libros de Grisham o de los Clancy. No me veo haciendo películas sobre presidentes y espionajes. En cambio siento que podría, si me seducen bien, hacer algo de Stephen King.
Si le pido que me recomiende un libro ¿cuál sería?
Bueno, Tokyo Blues. No se sabe mucho de él pero es mejor, porque en España se ha vuelto una clase de ‘mito urbano’, y es que es distinto leer un libro que todo el mundo está leyendo y que se vuelve número uno o moda, como las películas ganadoras del Oscar, que unos las ve y dice “ah, no era pa’ tanto”, a uno no tan famoso. Tokyo Blues te lo recomiendo de corazón.
Hay otro que también me gustaría sugerirte, que aquí es un poco difícil de conseguir, que lo tiene Alfaguara, y que yo lo reedité Chile. Ha sido muy mal muy mal publicitado, porque es de no ficción. Habla de un tipo que lo encierran tres meses en un centro para abandonar la droga, es alguien que lo tiene todo y lo pierde todo. Además me encanta el título: En mil pedazos.
Bueno, Tokyo Blues. No se sabe mucho de él pero es mejor, porque en España se ha vuelto una clase de ‘mito urbano’, y es que es distinto leer un libro que todo el mundo está leyendo y que se vuelve número uno o moda, como las películas ganadoras del Oscar, que unos las ve y dice “ah, no era pa’ tanto”, a uno no tan famoso. Tokyo Blues te lo recomiendo de corazón.
Hay otro que también me gustaría sugerirte, que aquí es un poco difícil de conseguir, que lo tiene Alfaguara, y que yo lo reedité Chile. Ha sido muy mal muy mal publicitado, porque es de no ficción. Habla de un tipo que lo encierran tres meses en un centro para abandonar la droga, es alguien que lo tiene todo y lo pierde todo. Además me encanta el título: En mil pedazos.
¿Y qué película?
Bueno, Se arrienda de Alberto Fuguet, que ha tenido problemas de distribución pero que creo que es una película cariñosa, quizás no parte tan bien, pero va creciendo. También sugiero una que me encantó, que tiene distintos títulos depende del país. A América Latina llegó como El latido de mi corazón y en España se llamó De tanto latir mi corazón se ha parado, el cual me parece un título para sacarme el sombrero. Es una película muy interesante porque es un remake de una película buena o más o menos buena, setentera, reinterpretada en Francia. Me encanta el hecho de que el personaje es la película, está rendida a los píes del personaje.
Bueno, Se arrienda de Alberto Fuguet, que ha tenido problemas de distribución pero que creo que es una película cariñosa, quizás no parte tan bien, pero va creciendo. También sugiero una que me encantó, que tiene distintos títulos depende del país. A América Latina llegó como El latido de mi corazón y en España se llamó De tanto latir mi corazón se ha parado, el cual me parece un título para sacarme el sombrero. Es una película muy interesante porque es un remake de una película buena o más o menos buena, setentera, reinterpretada en Francia. Me encanta el hecho de que el personaje es la película, está rendida a los píes del personaje.
Conversaciones con Juan José MIllás
Juan José Millás y su historia ‘al otro lado del espejo’El galardonado escritor español presentó en nuestro país Laura y Julio, su más reciente novela, en la que según los críticos, retoma el registro narrativo de sus inicios
Julio, recién separado, decide, sin que nadie lo sepa, ocupar el apartamento vacío de su vecino Manuel, a quien también usurpa su ropa, sus costumbres y su manera de mirar el mundo. Julio también se adueña de la forma en que su vecino lo ve a él y a su ex esposa. Esa es la historia de Laura y Julio, la más reciente novela del reconocido periodista y escritor español Juan José Millás.
¿Cuál fue el génesis de Laura y Julio?
La verdad es que es muy difícil rastrear, porque en general una obra que se escribe hoy empezó a fraguarse en la cabeza hace 10 años. Pero yo si tengo un dato, el más remoto, creo, que da origen a Laura y Julio. En mi adolescencia, yo tendría 13 ó 14 años, y mi madre me pidió que pasara a casa de la vecina a recoger una cosa. Yo nunca había estado en esa casa, y me sorprendí mucho al entrar y ver que el apartamento de la vecina era idéntico al nuestro, solamente que lo que en el nuestro estaba la derecha en el otro estaba la izquierda. Yo me quedé espantado, fue un proceso que para otra persona hubiera sido trivial, y que a mí me hizo el mismo efecto que el primer vaso de vino a alguien que va ser alcohólico. Hasta el punto que tengo la percepción de que cuando yo volví a mi casa era otro niño. Esta imagen nunca desapareció mi mente. Yo creo que la sospecha que se introdujo en mi en ese instante, aunque entonces no lo pude verbalizar, es que el mundo ha estado construido así. Que todo era un conjunto de reflejos, y que en el futuro me iba a ser muy difícil saber en qué lado del espejo estaba yo, cuál imagen era más real, la que estaba al otro lado del espejo o esta. Esa idea me persiguió durante toda la vida. Yo sabía que tenía que hacer algo con ella, pero no supe qué hasta que se me ocurrió empezar esta novela.
¿Por qué hacer que los espacios sean tan importantes dentro de la historia?
La única idea que tenía cuando empecé era la de dos casas vecinas idénticas, pero puestas en espejo, y la sospecha de que por eso los habitantes mantendrían entre sí una relación espectacular. Y empecé a trabajar en eso, y a medida de que iba avanzando, me di cuenta de que me interesaba mucho hablar de la relación entre original y copia; entre la realidad y la ficción. Es decir, lo que metaforiza la imagen del espejo. Acerca de los espacios, están meticulosamente trabajados porque yo sí tenía claro que quería que esos espacios físicos, conforme avanzaba la novela, se convirtieran en espacios morales, y que la conciencia dentro de ellos fueran sus habitantes.
La única idea que tenía cuando empecé era la de dos casas vecinas idénticas, pero puestas en espejo, y la sospecha de que por eso los habitantes mantendrían entre sí una relación espectacular. Y empecé a trabajar en eso, y a medida de que iba avanzando, me di cuenta de que me interesaba mucho hablar de la relación entre original y copia; entre la realidad y la ficción. Es decir, lo que metaforiza la imagen del espejo. Acerca de los espacios, están meticulosamente trabajados porque yo sí tenía claro que quería que esos espacios físicos, conforme avanzaba la novela, se convirtieran en espacios morales, y que la conciencia dentro de ellos fueran sus habitantes.
La idea de que Julio se adueñe de la vida de su vecino ausente resulta muy interesante para el lector ¿De dónde surge?
Para mí fue un descubrimiento cuando me di cuenta de que el deseo de Julio era pasar al otro lado espejo, es decir, vivir en el piso de Manuel, a quien admira y detesta al mismo tiempo porque lo envidia, porque quiere ser como él, piensa que tiene lo que a él le falta. Eso es muy de los seres humanos, que creemos que el otro tiene lo que nos falta, y que de tenerlo nosotros estaríamos completos. Entonces surge este punto de partida en el que Manuel, por el destino, debe dejar el piso temporalmente. La pareja se deshace en ese instante y Julio pasa clandestinamente al apartamento de su vecino. Ésa fue la idea inicial, el que él quisiera pasar al otro lado del espejo para espiarse, para observar su mujer y observarse a si mismo. La pregunta todo el tiempo es ¿en dónde soy más real?
Fundamentalmente la novela establece la historia de una persona que va al otro lado del espejo y que regresa, y lo puede contar, porque hay gente que va y no regresa. Julio vuelve más articulado de lo que se fue, comprendiendo que el otro también tiene carencias, y que lo que tiene el otro lo tapan los agujeros de él.
El original y la copia. Hablemos de eso
En Laura y Julio a todo momento se están enfrentando el original y la copia y al final la novela busca definir qué es lo más verdadero. Julio hace decorados para películas, imita casas, justamente porque no está seguro de que las casas reales sean más reales que los decorados que él hace. Toda la novela está atravesada por ese cuestionamiento, está llevando al lector a una reflexión, no consciente, sobre las relaciones entre original y la copia. Yo tengo la impresión de que el mundo está dividido en dos mitades, y que la una es el reflejo de la otra. En la vida cotidiana se aprecia en la piratería, cuál es la diferencia entre un libro copiado y de un libro original, el precio, nada más. Todo se copia: la ropa, los discos... En muchos países hay estados paralelos. La pregunta es cuál de esos dos lados el real. Muchas veces la copia es mejor que el original.
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