Nahum Montt y sus ‘memorias’de un magnicidioDecenas de ojos miran fijamente a todo aquel que entra al estudio de Nahum Montt, desde unas pequeñas fotografías colgadas detrás del escritorio. Poe, Cortázar, Tolstoi, Twain, Freud, Dostoievski... dice el escritor señalándolas como quien presenta a sus amigos, para después aclarar que antes las tenía al frente pero que lo inquietaban y entonces decidió cambiarlas de lugar.
Esos ojos fueron testigos del nacimiento de Lara, una novela basada en hechos reales, en la que el escritor santandereano reconstruye literariamente los hechos que rondaron el asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, enmarcado en uno de los episodios más oscuros de la historia nacional.
¿Cómo nace la obsesión con la historia de Lara Bonilla?
Estoy tratando en este momento de exorcizarla. Siento que cada entrevista es una oportunidad para liberarme de esa obsesión. El libro fue una posibilidad, pero permanece. Cuando uno escribe una novela siempre hay una imagen nuclear, primaria. En este caso es una que tenemos buena parte de los colombianos con respecto a Lara, y es la del carro del ministro después del atentado.
Cuando escribí mi anterior novela, El Esquimal y la mariposa, que cuenta la muerte de Jaramillo y Pizarro en el noventa, yo decía, “sin embargo todo se originó la noche del 30 de abril de 1984 cuando fue asesinado el ministro Lara Bonilla”. El esquimal se ubica desde los criminales y la conspiración; en este libro se mira desde las víctimas. Siento que también es necesario narrar este país desde la mirada de las víctimas sin idealizarlas.
¿Por qué esa fijación de tomar la historia reciente como elemento central en sus libros?
No es algo conciente y deliberado que yo haya decidido. Uno nunca elige los temas. Ellos se terminan imponiendo. Ahora estoy tratando, en los proyectos que vienen, de exorcizar un poco más y distanciarme. Pero siempre termino contando las historias de este país.
No es cuestión de reivindicar a nadie, la literatura está más allá de eso. Hay que contar de la mejor forma esa historia en la que han quedado tantos cabos sueltos, como lo relacionado con la muerte de Lara Bonilla. En cierta forma la literatura nos ayuda a liberarnos de esos fantasmas históricos.
Muy cerca del principio de la novela hay una escena que le muestra al lector lo que puede esperar en adelante, es una conversación muy cercana entre Guillermo Cano y Lara ¿cómo los ‘hizo hablar’?
Eso es lo mágico y misterioso de la literatura, que nos permite darle vida a aquellos que han partido, nos da la posibilidad de volverlos a sentir cerca. Descubrí en Cano, un personaje bellísimo, que me servía para iluminar a Lara. Y esas conversaciones responden a esa intencionalidad estética.
Un personaje se construye en relación a su entorno y en su interacción con otros personajes. Desde ese punto de vista, Cano le dio fuerza a Lara.
Reconstruir, imaginar esa escena fue muy bonito, porque está en el centro de la paradoja, entre el rigor histórico -fueron más de dos años inmerso, rastreando todo- y por el otro la imaginación. Uno puede compensar una con la otra. Las dos se necesitan. Yo le aposté a que esos diálogos fueran creíbles.
Una de las virtudes de ‘Lara’ es que es un libro muy corto (214 pág.). Usualmente los libros fruto de grandes investigaciones son muy largos
¿Cómo logró que la historia fuera tan esencial?
Yo le aposté a la eficacia narrativa. Sabía que la novela tenía que ser eficaz sin dejarla ir entre las ramas. La historia me reclamó la necesidad de ser narrada así. En ‘El esquimal y la mariposa’ yo me regodeaba en los detalles, esta vez la novela me salió seca. Yo decía “le voy a meter atmósfera, y no, no era verosímil”. Siento que es una gran ventaja escribir de esa forma, en la que uno apunta a ser más contundente, y en la que el lector sabe que está leyendo un texto esencial.
Hablemos de la carpintería de ‘Lara’ ¿cómo va tomando forma la obra?
Después de rastrear información y de empezar a captar posibles imágenes del texto, no tenía la estructura todavía, pero sabía que la imagen del carro iba a ser muy importante.
Yo tenía un supuesto. En mis planes no estaba nombrar a Pablo Escobar, porque se ha convertido en una especie de fetiche literario. Cuando empecé a estructurar la novela, supe que tenía que darse el debate, el encuentro con Cano y hasta ahí.
Pero me di cuenta que el lector iba a quedar sin contexto para saber quiénes estuvieron detrás de la muerte de Lara. Por eso tuve que meter a Escobar como la figura del antagonista, y aumentar la tensión dramática.
¿Ha hablado con la familia del ministro Lara? ¿Qué piensan ellos del libro?
Es durísima esa imagen. Yo hice todo el proceso de reconstrucción de la historia y tuve plena autonomía.
Conversé mucho con ellos, sobre todo con Nancy Restrepo de Lara, la viuda, ella fue muy importante en este proyecto, y finalmente le dedico el libro a ella. Descubrí que el otro lado heroico de la historia era ella, quien entonces era una joven de 26 años que tuvo que largarse a Europa con sus tres hijos.
Cuando se la mostré a Rodrigo hijo le gustó, a pesar de que se incomodó un poco, porque aparece en algunas escenas finales. La lectura de Paulo José, el hijo menor, fue la que más me conmovió, el tenía dos años cuando pasó todo. El tenía imágenes fragmentarias, retazos de su padre. Él me dijo que agradecía esta novela porque por primera vez tenía una imagen completa de su padre, y que pese a conocer el final, quiso tener el poder de cambiarlo.
Es durísima esa imagen. Yo hice todo el proceso de reconstrucción de la historia y tuve plena autonomía.
Conversé mucho con ellos, sobre todo con Nancy Restrepo de Lara, la viuda, ella fue muy importante en este proyecto, y finalmente le dedico el libro a ella. Descubrí que el otro lado heroico de la historia era ella, quien entonces era una joven de 26 años que tuvo que largarse a Europa con sus tres hijos.
Cuando se la mostré a Rodrigo hijo le gustó, a pesar de que se incomodó un poco, porque aparece en algunas escenas finales. La lectura de Paulo José, el hijo menor, fue la que más me conmovió, el tenía dos años cuando pasó todo. El tenía imágenes fragmentarias, retazos de su padre. Él me dijo que agradecía esta novela porque por primera vez tenía una imagen completa de su padre, y que pese a conocer el final, quiso tener el poder de cambiarlo.

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