McOndo: la gran rebelión contra el realismo mágico
En 1996, la publicación de una antología de nuevos escritores latinoamericanos hizo las veces de manifiesto que anunciaba la ruptura de sus páginas con el boom latinoamericano
VAMOS A hablar de McOndo. No se preocupe, está bien escrito. Sí. No es Macondo sino McOndo, como McDonald’s, como MacGyver, y como McIntosh.
McOndo es América Latina vista con otros ojos, un ‘país’ que, según sus promotores, dista mucho del pueblo de la familia Buendía, el de las mariposas amarillas, hombres con cola de cerdo y mujeres que vuelan.
En 1996, los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez publicaron la antología de cuentos McOndo -editada por Gijalbo-Mondadori-, en la que reunieron relatos de escritores de la nueva generación literaria latinoamericana, esa que según ellos es “post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual".
El nombre del libro fue suficiente para que la crítica del continente enfilara armas en contra Fuguet, Gómez y sus secuaces, quienes fueron vistos como herejes por atreverse a satirizar el hasta entonces sacrosanto nombre de Macondo, gran símbolo del tan venerado Realismo Mágico.
El prólogo de McOndo fue tomado como una declaración que anunciaba la ruptura de los nuevos narradores con el boom y postboom, y por supuesto, con su máximo baluarte cargado de mariposas amarillas, pese a que Fuguet y Gómez anunciaron en las líneas que precedían a los relatos que esa no era la intención de la compilación.
“Sabemos que muchos leerán este libro como un tratado generacional o como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones”, escribieron.
La otra orilla
El Realismo Mágico, garciamarquiano sobretodo, fungió por varías décadas como rector principal del código literario latinoamericano, como vara de medición de cuanta página se escribiera por estos lares. A partir de Cien años de soledad surgieron imitadores de la técnica -de la cual sólo Gabo posee las llaves- debido a la demanda internacional de historias sorprendentes venidas del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, lo cual castró muchos intentos de hacer cosas diferentes.
McOndo, sin desconocer el riquísimo valor literario de Macondo, quiso proponerse como una alternativa joven en la narrativa moderna.
“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países –declararon Gómez y Fuguet en el prólogo de la antología- pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercanos al concepto de aldea global o mega red”.
Y es que los nuevos narradores, los que aceptan ser llamados ‘MacOndianos’, querían dar al mundo una visión más amplia de nuestro continente, apartada del ruralismo de Gabo y Ruflo, pues según ellos América Latina, desde hace un par de décadas, no se limita al campo sino que está también integrada por grandes y desordenadas urbes que no son ajenas a las últimas tecnologías, que hacen parte de la modernidad (¿o postmodernidad?), fruto de una amalgama de culturas autóctonas e importadas a través de los medios.
“Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje”, escribieron.
Un poco de McOndo
Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato.
Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y Magneto, Soda Stéreo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
Fragmento del prólogo de McOndo, (una anotología de nueva literatura hispanoamericana)
En 1996, la publicación de una antología de nuevos escritores latinoamericanos hizo las veces de manifiesto que anunciaba la ruptura de sus páginas con el boom latinoamericano
VAMOS A hablar de McOndo. No se preocupe, está bien escrito. Sí. No es Macondo sino McOndo, como McDonald’s, como MacGyver, y como McIntosh.
McOndo es América Latina vista con otros ojos, un ‘país’ que, según sus promotores, dista mucho del pueblo de la familia Buendía, el de las mariposas amarillas, hombres con cola de cerdo y mujeres que vuelan.
En 1996, los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez publicaron la antología de cuentos McOndo -editada por Gijalbo-Mondadori-, en la que reunieron relatos de escritores de la nueva generación literaria latinoamericana, esa que según ellos es “post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual".
El nombre del libro fue suficiente para que la crítica del continente enfilara armas en contra Fuguet, Gómez y sus secuaces, quienes fueron vistos como herejes por atreverse a satirizar el hasta entonces sacrosanto nombre de Macondo, gran símbolo del tan venerado Realismo Mágico.
El prólogo de McOndo fue tomado como una declaración que anunciaba la ruptura de los nuevos narradores con el boom y postboom, y por supuesto, con su máximo baluarte cargado de mariposas amarillas, pese a que Fuguet y Gómez anunciaron en las líneas que precedían a los relatos que esa no era la intención de la compilación.
“Sabemos que muchos leerán este libro como un tratado generacional o como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones”, escribieron.
La otra orilla
El Realismo Mágico, garciamarquiano sobretodo, fungió por varías décadas como rector principal del código literario latinoamericano, como vara de medición de cuanta página se escribiera por estos lares. A partir de Cien años de soledad surgieron imitadores de la técnica -de la cual sólo Gabo posee las llaves- debido a la demanda internacional de historias sorprendentes venidas del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, lo cual castró muchos intentos de hacer cosas diferentes.
McOndo, sin desconocer el riquísimo valor literario de Macondo, quiso proponerse como una alternativa joven en la narrativa moderna.
“No desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de nuestros países –declararon Gómez y Fuguet en el prólogo de la antología- pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercanos al concepto de aldea global o mega red”.
Y es que los nuevos narradores, los que aceptan ser llamados ‘MacOndianos’, querían dar al mundo una visión más amplia de nuestro continente, apartada del ruralismo de Gabo y Ruflo, pues según ellos América Latina, desde hace un par de décadas, no se limita al campo sino que está también integrada por grandes y desordenadas urbes que no son ajenas a las últimas tecnologías, que hacen parte de la modernidad (¿o postmodernidad?), fruto de una amalgama de culturas autóctonas e importadas a través de los medios.
“Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje”, escribieron.
Un poco de McOndo
Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato.
Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y Magneto, Soda Stéreo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
Fragmento del prólogo de McOndo, (una anotología de nueva literatura hispanoamericana)

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